Opinión

Algunas inquietudes del informe

Catedrático de la Facultad de Economía – UNAM.

Correo:semerena@unam.mx

El pasado primero de septiembre del año en curso, el actual presidente de la república presentó su segundo informe de gobierno, mismo que funge como balance de las acciones realizadas durante su segundo año de administración. Dicho informe está centrado en las cinco Metas-Nacionales presentadas en el Plan Nacional de Desarrollo; México en Paz, México Incluyente, México con Educación de Calidad, México Próspero y finalmente, México con Responsabilidad Global.

Si bien, cada uno de los rubros abordados en este documento son de suma importancia para desenvolvimiento de México, existen ciertas variables que, dada su naturaleza, son imprescindibles para el desarrollo del mismo y de la sociedad en su conjunto. Estas variables son: la educación, la salud, el empleo, la energía; y dado el contexto socio-político en el cual estamos inmersos, también el impacto de las reformas “estructurales” en el crecimiento económico.

La educación representa uno de los pilares de las sociedades en general, ya que implica no sólo la capacitación de su capital humano, sino que también es uno de los principales indicadores de desarrollo social. Dentro de los alcances en este rubro, presentados por el ejecutivo se encuentra la ya muy cercana cobertura universal de la educación básica 96%, así como el incremento de la edad promedio de la población y el mejoramiento de las tasas de cobertura y eficiencia terminal. Sin embargo, si bien el incremento en la cobertura educativa es un gran logro, no debe hacerse a un lado el hecho de que según datos de la OECD (2014), México ocupa el penúltimo lugar en su desempeño en matemáticas. Aquí vale la pena realizarnos la siguiente pregunta, ¿cuál es la finalidad de incrementar el grueso de estudiantes, si el sistema educativo estará reproduciendo alumnos con herramientas y conocimientos necesarios muy insuficientes en su formación? Así como maestros y lógicas que reproducen ciertos círculos de perversos, impulsados también por círculos perversos en el funcionamiento, por ejemplo, el pase inercial de los alumnos de educación básica con el simple hecho de asistir a las aulas. Lo anterior va generando un atraso y rezago en los conocimientos básicos, que a nivel medio-superior y superior es difícil de cubrir. Otro de los problemas es que no hay una política dirigida para crear un piso universal, donde los alumnos en las zonas más marginadas tengan a los profesores mejor capacitados y evaluados. La razón es simple, porque no hay incentivos para que éstos vayan a aquellos lugares.

Por el contrario, al magisterio al groso, es decir, a los que están impartiendo clases y no a la corrupta cúpula sindical que lo “representa” y secciones que están lejos ya de intereses legítimos, se les ha aplicado una especie de reforma laboral en la cual se evalúa su desempeño de acuerdo con las capacidades de un niño [lo cual depende no sólo de condiciones institucionales si no materiales], y una evaluación directa que gran parte de ella evalúa lo normativo y no del área de conocimiento en turno. Si bien someter a evaluación un sistema educativo es lo esperado, habrá que hacerlo con mucho cuidado. La educación y el aprendizaje de un niño dependen de variables antes que institucionales, materiales, es decir, que los niños no vivan en condiciones de hacinamiento, que tengan una buena alimentación, que no sean pobres. Y todo eso parece difícil en un país como México en donde es difícil la movilidad social. Como señala el estudio del Centro de Estudios Espinosa Yglesias en su recient estudio sobre la pobreza y la desigualdad, en México los pobres difícilmente dejan de serlo, lo cual dificulta sin lugar a duda el aprendizaje de cualquier estudiante. El mismo estudio señala que sólo cinco de cada 100 personas con padres sin estudios superiores llega a tener estudios de nivel superior, lo que indica una alta correlación entre los bajos ingresos de su familia y la deserción en la escuela. Como dicen los economistas, las dotaciones iniciales marcan y las intervenciones gubernamentales poco efecto tienen para cambiar el rumbo inicial de los individuos.

El impacto de las reformas estructurales en el crecimiento de la economía, particularmente la energética, ha promovido varias posturas polarizadas ante este hecho. Con la finalidad de presentar un análisis conservador se dejarán de lado la gama de dichas posturas y nos centraremos en la evidencia empírica existente y plantaremos algunos cuestionamientos. Durante el presente mandato, las tasas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) mexicano tiene una tendencia claramente decreciente, siendo del 1.1% para el caso del 2013 (IMF, 2014). Sin embargo, debido a la naturaleza de las reformas realizadas, los resultados no pueden ser cuantificados en el corto plazo. Se argumenta que las reformas, y particularmente la energética, tendrán un efecto en el crecimiento del país hasta el 2018. En otras notas ya he mencionado los cuestionamientos que considero son importantes para dicha reforma. Primero, la restricción interna al crecimiento que marca el hecho de exportar más petróleo pero también importar más insumo como maquinaria y equipo para el desarrollo de dichas actividades. Segundo, la sostenibilidad de un modelo extensivo e intensivo en la extracción de petróleo, tercero, y más importante ¿realmente se generarán los circuitos en la economía interna con las reformas? Pues si bien el sector petrolero puede crecer al estar vinculado al mercado mundial, el ritmo de crecimiento de la economía interna afecta marginalmente, ya que el verdadero indicador que hará mover este sector serán los precios internacionales.

De tal suerte, las reformas y su éxito penden de supuestos muy heroicos y condiciones muy específicas para llegar a buen puerto, condiciones que se antojan difíciles en el México actual.

El informe, tal y como lo considera el presidente, da cuenta que México se está moviendo. La pregunta que sigue es: ¿hacia dónde necesitamos?