Opinión

Algunas enseñanzas de los sismos y huracanes

 
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Sismo

Por Víctor Manuel Pérez Valera*

Ante las inundaciones y los sismos que recientemente han sacudido a la Ciudad de México y a varias ciudades de provincia, surgen diversas interrogantes, entre ellas, algunas de tipo religioso: ¿Estos acontecimientos son castigo de Dios? Antes de responsabilizar a Dios de los males físicos, debemos honradamente analizar las responsabilidades del ser humano.

Cuando el ser humano actúa irresponsablemente o utiliza mal su inteligencia o su poder, él mismo puede ser el causante directo de muchos males, o al menos, puede tener un buen grado de responsabilidad. Corrupción, afán de lucro, desidia, pereza, incompetencia o descuido, son sin duda los cimientos de algunos edificios. En estos casos, estos desastres son en parte atribuibles a los seres humanos, por ejemplo, provocamos el calentamiento global que origina numerosas catástrofes.

El misterio del sufrimiento se inserta directamente en el corazón de la experiencia humana y de la experiencia religiosa. Desde muy antiguo el sufrimiento ha sido abordado desde el punto de vista de una rama de la filosofía, la Teodicea, en la que el dolor humano ha llegado a ser un campo de batalla en donde se juega la existencia de Dios.

El misterio del mal, no puede separarse del misterio del hombre. El hombre, según Karl Jaspers, gran filósofo existencialista, vive siempre en situaciones, pero entre estas situaciones sobresalen por su importancia, las situaciones-límite. Las situaciones-límite son aquellas circunstancias que el hombre no puede eludir, y que llevan a profundizar su existencia y lo acercan a la frontera límite de la trascendencia. A estas situaciones pertenecen el sufrimiento y el dolor en sus múltiples manifestaciones, y sobre todo la muerte. Estas situaciones hacen surgir en el hombre las preguntas más radicales, las interrogantes más profundas, que nos llevan a la búsqueda del sentido del dolor, de la muerte y de la vulnerabilidad del ser humano.

Los estudiosos de las experiencias religiosas, nos hablan sobre todo de dos tipos de experiencias que nos aproximan a lo sagrado: experiencias de plenitud y experiencias abismales. Las experiencias de plenitud son aquellas en las que la persona se siente colmada, plena, realizada. El hombre generalmente se aproxima a lo sagrado en las experiencias de plenitud. En cambio, casi siempre llega a la experiencia de lo trascendente desde las experiencias abismales.

En las experiencias abismales el hombre se siente desamparado, desprotegido, inseguro, vulnerable. Esta sensación es contraria a la de sentirse realizado: da la impresión que el hombre cae a un abismo. Como ejemplo de este tipo de experiencias, se pone el encuentro con lo inexorable y cruel de los fenómenos naturales, como un terremoto o un huracán.

Estas experiencias negativas nos abren al sentido último de la existencia: se vislumbra algo de su significado profundo, una realidad misteriosa que nos envuelve y nos sobrepasa. Así, en la experiencia del mal, el hombre experimenta profundamente su creaturidad, su precariedad, su ser deficitario, su vulnerabilidad. Este sentimiento de humildad es un saludable antídoto del orgullo de una civilización prometeica y tecnocrática.

Ahora cobramos conciencia de que hay mucho por reconstruir, pero esa reconstrucción no debe reducirse a lo material. Todos estamos llamados a una conversión interior, a una mayor sensibilidad ante las necesidades de los demás, desde una educación vial a una mayor conciencia social. Es demasiado costoso y duro el golpe que sufren nuestros conciudadanos, como para seguir viviendo sin una profunda reflexión y sin un deseo profundo de cambio de actitudes.

Estos hechos deberían ser una saludable sacudida a nuestra conciencia en múltiples aspectos. Afortunadamente, han brotado a propósito del sismo y del huracán, extraordinarias actitudes humanas de heroísmo, solidaridad, fraternidad y servicio. Estas actitudes deben perdurar, si queremos reconstruir un país con rostro más humano.

*El autor es Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

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