Opinión

Algunas discusiones carecen de civilidad

Noah Smith, un profesor de finanzas de la Universidad de Stony Brook, escribió recientemente en Bloomberg que no deberíamos ser descorteses con gente con la que discrepamos porque podría ser que tengan razón. Efectivamente. ¿Qué posible propósito podría tener, digamos, referirse a la economía austriaca como “gusano del cerebro” (como lo hizo Noah en una columna de Bloomberg publicada a principios de año: bv.ms/1vEtzEf)?

De hecho, pienso que Noah hizo lo correcto cuando trajo el tema de los gusanos del cerebro y que se ha embarcado en un mal ataque con su argumento de civilidad. Así que permítanme tomar el caso de los gusanos del cerebro.

Primero, el lenguaje pintoresco, utilizado correctamente, tiene un propósito importante. “Las palabras deberían ser un poco salvajes
-escribió el economista John Maynard Keynes-, ya que son los ataques de reflexión sobre los irreflexivos”. Alguien podría decir “tengo dudas sobre el caso a favor de la austeridad expansiva, que se basa en evidencia empírica cuestionable y zzzzzzzz …”; o podría acusar a los austeritarios de creer en el “hada de la confianza”. ¿Cuál creen que es más eficaz para desafiar una doctrina económica realmente mala?

Más allá de eso, la civilidad es un gesto de respeto, y sin lugar a dudas las exigencias más fuertes de civilidad vienen de los que no han hecho nada para ganarse ese respeto. Noah se sintió justificado (y lo estaba) en ridiculizar a los austriacos porque no discuten de buena fe. De cara al devastador fracaso de sus predicciones sobre la inflación, no han concedido que se equivocaron ni han intentado explicar por qué. En cambio, simplemente han negado la realidad o han intentado redefinir el significado de inflación.

Y si analiza las declaraciones inciviles de gente como, bueno, como yo, encontrará que similarmente apuntan a individuos que discute de mala fe. De vez en cuando hablo de “zombis” y de ideas “cucaracha”. Los zombis son ideas que deberían haber muerto con la evidencia, pero siguen arrastrando los pies; por ejemplo, la afirmación de que todos los países deudores de Europa en problemas fueron fiscalmente irresponsables antes de la crisis.

Las cucarachas son ideas de las que creíamos habernos librado, pero vuelven, como la afirmación de que Keynes nunca hubiera apelado a favor de un estímulo fiscal de cara a los niveles actuales de deuda (en la década de 1930 Gran Bretaña tenía una proporción deuda/Producto Interno Bruto mucho más alta que la actual). Lo que estoy haciendo es perseguir la economía de mala fe, la economía que sigue haciendo trotar afirmaciones que ya han sido desacreditadas.

Ni los zombis ni las cucarachas son el único tipo de mala fe; la peor, en lo que a mí respecta, conlleva negarse a asumir responsabilidad por declaraciones propias. “Que no se haya materializado inflación alta no significa que me haya equivocado, porque sólo dije que había riesgo de inflación”. Y, por supuesto, la gente que participa de ese tipo de mala fe pide a gritos civilidad cuando queda expuesta.

Seamos civiles cuando hay un debate económico honesto, de buena fe, desde luego. Pero en mi experiencia, las exigencias de civilidad casi siempre vienen de gente que ha perdido derecho al respeto que exige.

Twitter: @NYTimeskrugman