Opinión

Alerta musulmana

Graves luces de alarma se encienden en el mundo árabe. Ya habíamos consignado en este espacio la amenaza que para la estabilidad regional y para los siempre frágiles equilibrios entre sunitas y chiitas representaba el grupo denominado ISIS (por sus siglas en inglés), Estado Islámico de Irak y Levante.

Se trata de un grupo radical ultrareligioso y conservador, que ha crecido significativamente en los últimos dos años, construyendo un vigoroso arsenal militar, efectivos, simpatizantes y seguidores.

El Estado islámico peleó fuertemente por el control territorial en Siria desde finales de 2012 y todo 2013, sin mucho éxito pero con presencia en Medio Oriente. En las últimas semanas, aprovechando la crisis política que vive Irak después de la salida del ejército estadounidense, ha obtenido el control de una franja considerable de territorio que va desde Aleppo en Siria, cruza todo el territorio sirio hasta el norte de Irak, el Kurdistán y asume el control de importantes ciudades como Tikrit, Mosul, Qaim, Kirkuk y hasta las inmediaciones de Bagdad.

El ISIS tiene vínculos con la Yihad islámica y con Al Qaeda, pero ha crecido a niveles insospechados, al grado de que justamente esta semana decretó la fundación de un nuevo califato, al que deberán obedecer todos “los musulmanes donde se encuentren”.

El último califato existente fue el Imperio Otomano, cuyo esplendor y gloria le llevó a controlar grandes territorios desde el siglo VI hasta el XX, cuando el líder turco Kemal Ataturk lo declaró abolido en 1924. La Primera Guerra Mundial –en estos días conmemoramos su centenario–, acabó con imperios y dinastías, como el Austro-Húngaro, el Alemán y el Otomano, que concluyó después de una prolongada decadencia.

Califa significa “sucesor” y es la forma de gobierno único y monárquico que los seguidores del profeta Mahoma eligieron para designar a los sucesores del profeta. El grupo chiita siguió la ruta familiar en los descendientes del profeta, su sobrino o su yerno; mientras que otra rama, los sunitas, construyeron la figura de un líder político y religioso sobre el que recayera todo el poder y liderazgo espiritual: el califa. El primero fue Abu Bakr, cercano amigo y compañero de Mahoma.

Esta diferencia entre dos sectas árabes y musulmanas está en la raíz de buena parte de las confrontaciones en el mundo islámico. ISIS –de orientación sunita– pretende regresar al pasado medieval, al designar califa a su líder Abu Bakr el Bagdadi, como autoridad suprema del mundo musulmán, a quién “todos los creyentes deben obediencia plena”. El nuevo califa será conocido a partir de ahora como Ibrahim y hacen un llamado a todos los monarcas, príncipes y gobernantes de las repúblicas árabes a “jurarle lealtad”.

Esto representa  altos riesgos para la estabilidad del mundo árabe. Con el control del norte de Irak y algunas provincias sirias, este califato pretenderá extender su control a toda la península arábiga y al Medio Oriente. Otros importantes estados musulmanes como Irán –gobernado y con extensa mayoría chiita– no le otorgarán respaldo ni reconocimiento. Es el mismo caso de Arabia Saudita, que si bien es de mayoría sunita, se ha adjudicado siempre cierta relevancia por ser el país que custodia los sitios sagrados del islám: La Meca y Medina.

Pero países de menor peso militar e importancia geopolítica como Jordania, Siria y eventualmente Turquía, podrían enfrentar ataques del llamado califato. Irán ha acusado ya a Arabia Saudita de ser la responsable del financiamiento del grupo radical, lo que el gobierno saudí ha rechazado.

Por lo pronto, en Washington se encienden alertas ante la aparición y crecimiento de un grupo extremista, que pretende restituir el pasado musulmán unificado y sólido.