Meteórico ascenso, estrepitosa caída
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Meteórico ascenso, estrepitosa caída

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Meteórico ascenso, estrepitosa caída

23/02/2018
Actualización 23/02/2018 - 13:33

Si hay un político en el país que ha escalado posiciones político-administrativas en un periodo breve, es Ricardo Anaya, quien hasta hace 17 años no figuraba en ningún cargo de relevancia, y merced a una combinación de factores, unos construidos por él y otros por eventos circunstanciales, le han permitido estar en la antesala de la presidencia de la República.

Con 39 años de edad y tres hijos, el mayor de nueve años, Anaya se recibió con honores en su licenciatura, maestría y doctorado. En 2000 compitió por una diputación local por el XIV distrito de Querétaro. Luego de ocupar varias carteras en el gobierno de esa entidad, fue particular del gobernador Francisco Garrido. Pasó por el Poder Legislativo local y de allí saltó a la Secretaría de Turismo federal.

En 2012 fue electo diputado plurinominal. Es en esa posición en donde se vuelve uno de los liderazgos más confiables del PAN, y con ello logra una interlocución privilegiada con el equipo del presidente Enrique Peña Nieto. Su relación personal con Aurelio Nuño le brinda una especie de picaporte con el propio presidente de la República. Merced de ello y, por supuesto, a sus buenos oficios políticos, alcanza la presidencia de la Cámara de Diputados.

Después es de sobra conocido cómo llega a la presidencia del PAN, luego de 'tenderle la cama' a Gustavo Madero. Ya en Acción Nacional se dedica a desplazar a sus potenciales enemigos que le estorbaban para lograr la nominación presidencial.

Los resultados electorales de las elecciones de 2016, en donde el PAN en alianza con el PRD obtiene siete gubernaturas, le dan el respaldo necesario a una gestión exitosa.

En 2017 viene el rompimiento con el presidente Peña, merced de los resultados en los comicios del Estado de México y Coahuila; en esta última, Anaya exigía la victoria a como diera lugar.

Fueron 17 años de una meteórica carrera que lo encumbró. Sin embargo, sus propios yerros, producto de una personalidad mezquina y excluyente, y por supuesto su cuestionado patrimonio del que apenas conocemos la punta del iceberg, lo empiezan a empujar a una peligrosa caída que va directa hacia el precipicio.

La investigación de la PGR que está en curso por el delito de lavado de dinero en la compra-venta de un inmueble en Querétaro, ha puesto contra la pared al candidato del PAN, PRD y MC y, por ende, sobra decir que su buena estrella se aleja y con ello su sueño guajiro. Sólo falta encontrar el eslabón perdido llamado Manuel Barreiro para cerrar el caso.

Desde luego que en política no hay casualidades y justo cuando la inercia al alza se estanca, apareció como por arte de magia la revelación que lo inculpa en delitos graves y, con ello, el cruce con José Antonio Meade es una realidad. Es decir, Ricardo ha perdido gas y en los próximos resultados de las encuestas se comprobará esta tesis.

Mientras tanto, el tiempo que le dedica a su defensa y en litigar en los medios de comunicación le impide dar la pelea a sus adversarios políticos.

Por primera vez en su vida está ante un obstáculo de proporciones mayúsculas, provocado por él mismo. Son de "risa loca" los argumentos que ha esgrimido en su defensa, al acusar a la mafia del poder de todos sus males, sin siquiera mostrarse capaz de hilar una versión convincente que lo pudiera exculpar en la investigación referida.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.