La mano que mecía la cuna en el PRI
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La mano que mecía la cuna en el PRI

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La mano que mecía la cuna en el PRI

08/05/2018
Actualización 08/05/2018 - 9:33

Tuvieron que pasar seis meses para que a José Antonio Meade le cayera el veinte de ponerse la camiseta del PRI, en lugar de hacerlo a un lado.

De movilizar primero a las bases y con ello a la sociedad. De hacer a un lado a los corruptos del PRI y quedarse con los honrados y con aquellos que tienen la vocación y determinación de trabajar por un México mejor. Con aquellos que los cautivó su plataforma ideológica y de principios.

Ese PRI se sentía traicionado por Enrique Ochoa Reza, quien llegó con la consigna de gradualmente alinear al partido a un proyecto transexenal que comanda no Enrique Peña Nieto, sino Luis Videgaray.

Desde que llegó a la dirigencia nacional Enrique Ochoa Reza se empezó a escribir una historia negra, en la cual se pretendía refundarlo con nuevos cuadros que respondieran a sus intereses, acabando con liderazgos regionales y estatales en donde, por ejemplo, los actuales senadores y diputados tienen una positiva ascendencia.

Con el destape de un no priista, de un candidato ciudadano, el PRI terminó de perder el rumbo y no por culpa de Meade, sino de sus asesores y de la mano que mece la cuna, que le recomendaron desvincularse del Revolucionario Institucional si pretendía ganar.

Claro, el lastre que representa ese partido en el imaginario colectivo es muy pesado; sin embargo, con ese deslinde se traicionó a cientos de miles de priistas en todo el país que creen en esa opción política y que dedican una buena parte de su tiempo a actividades proselitistas y a aliviar los males de algunos sectores de la población, que están abandonados por los gobiernos estatales y municipales.

Esos priistas que aun con el gobierno de Enrique Peña Nieto no recibieron ni siquiera una palmada de aliento o de gratitud, fueron olvidados después de cumplir con el cometido de llevarlo a la presidencia de la República.

En 2016, con la derrota que sufrió el partido en el poder en siete gubernaturas, salió del partido Manlio Fabio Beltrones, empujado al precipicio por Luis Videgaray y por el fuego amigo para encumbrar a Enrique Ochoa Reza, un improvisado de la política.

Cierto que se ganó el Estado de México y Coahuila. Sin embargo, hay que decirlo, no fue mérito de la cúpula priista, sino de los aliados políticos como Nueva Alianza y el PVEM, que le dieron ese margen para evitar que Alfredo del Mazo sufriera una derrota estrepitosa. En Coahuila, Rubén Moreira fue el padre de esa cerrada victoria que se resolvió en tribunales.

Cuando Meade es el ungido, sus brillantes estrategas le recomiendan deslindarse del PRI, además de insistir hasta el cansancio sobre su etiqueta de candidato ciudadano y no priista. Esa decisión, aunada al maltrato que daba Ochoa a sus correligionarios, fue mellando el ánimo en unos, y otros de plano se hicieron a un lado.

En todas las conversaciones en donde estaba presente un senador o diputado del PRI no ocultaban su malestar contra la dirigencia priista y con el gabinete del presidente Peña, quienes los castigaban con el látigo de su desprecio.

A 52 días de las elecciones se corrige el rumbo y se relanza la campaña para triunfar el 1 de julio. ¿Habrá sido demasiado tarde para ello? Sólo el tiempo lo dirá. Lo que se debe hacer desde ahora, independientemente de que se gane o se pierda, es dejar al PRI en manos de auténticos militantes y no de improvisados y oportunistas, que sólo vieron al partido como un botín político en aras de un proyecto transexenal.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.