El último y nos vamos
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El último y nos vamos

04/09/2018
Actualización 04/09/2018 - 12:53

Palacio Nacional fue testigo del Sexto Informe de Gobierno del presidente Peña Nieto, en el que, a diferencia de otros, predominó la calidad sobre la cantidad. Estuvieron todos los que tenían que estar, particularmente los empresarios que inciden notablemente en el PIB. Allí también los gobernadores en funciones y electos, aunque faltaron seis, al igual que los jerarcas de las iglesias, dueños de los medios de comunicación, mandos superiores del Ejército y la Marina, actores, académicos e investigadores, diplomacia, embajadores, grupos indígenas y en general líderes de diversos sectores de la sociedad.

Tristeza y resignación, dolor y alegría, y sobre todo el deseo vehemente de que los mexicanos reconozcan la tarea del presidente saliente, fueron las emociones que se entremezclaron en la despedida del mexiquense.

El último Informe de Peña estuvo plagado de claroscuros, en donde hay innumerables logros que se enturbiaron con el enunciado de las grandes asignaturas pendientes, como el fracaso en el combate a la inseguridad pública, a la corrupción y a la impunidad.

Cierto, hay importantes fortalezas en diversos rubros, principalmente en las finanzas públicas, que se reflejan en los indicadores macroeconómicos; en los logros de la política social; educación; desarrollo económico, y política internacional, pero la percepción de la población dice lo contrario y esto se debe a que el gobierno peñista no supo instrumentar una política de comunicación social eficaz y eficiente. El nombramiento de improvisados en la segunda parte del sexenio, ha pasado factura a Peña Nieto.

Justamente la evaluación del sexenio que está por concluir debe calificarse con el paso de los años y, sobre todo, con el contraste con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, y con estos comparativos se verá qué tanto avanzó México en el sexenio 2012-2018.

Ningún presidente de la República ha estado bombardeado permanentemente por el torpedeo indiscriminado de las redes sociales, millones de fake news se dedicaron en su administración para desprestigiarlo; en contraparte, el gobierno federal nunca pudo contrarrestar el efecto.

Claro, los yerros y excesos de Peña y su equipo se difundieron en las redes sociales, al instante, y ello contribuyó a esa percepción negativa que tiene la mayoría de la población sobre su gestión.

Los acuerdos comerciales hechos en el mundo, particularmente el que se está cocinando con Estados Unidos y Canadá, así como las grandes obras de infraestructura como el propio aeropuerto internacional de la CDMX, recibieron aplausos de reconocimiento, al igual que el mayor de los logros, a decir de él, las reformas estructurales.

Calificado como un presidente reformista y estigmatizado por frívolo e ignorante, sale Enrique Peña reconocido por algunos y aborrecido por la mayoría, pero que tuvo los arrestos suficientes para colocar a nuestro país como la economía número once en el mundo y mantenerlo con estabilidad y en paz.

Ahora viene la soledad más angustiante que pueda tener un hombre que alcanzó la cúspide del poder político, que al igual que sus predecesores, gozaron del elogio fácil, del reconocimiento y del culto a la personalidad que raya en el paroxismo y que en la medida que mengua el poder se transforma en lo contrario, lo que lo convierte en un ser humano común y corriente.

El último Informe del hombre del copete, del personaje refinado y frívolo a la vez, pero enormemente patriótico y profundamente orgulloso de ser mexicano, y sobre todo de haber cumplido con la alta responsabilidad que le fue conferida hace seis años.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.