Felicidad, a la baja
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Felicidad, a la baja

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Felicidad, a la baja

07/09/2018
Actualización 07/09/2018 - 8:21

Medir el bienestar subjetivo de las sociedades se volvió una tarea frecuente en años recientes, bajo la premisa de que los datos de desarrollo económico y riqueza de las naciones deberían ser complementados con los sentimientos de felicidad y niveles de satisfacción de la gente. La Encuesta Mundial de Valores (o World Values Survey, WVS) se adelantó a la moda y comenzó a medir la felicidad y la satisfacción con la vida desde principios de los años ochenta, en olas de encuestas que se levantan cada cinco o diez años y en un número creciente de países.

En nuestro país, el WVS se ha realizado en todas sus rondas, incluida la séptima que arrancó el año pasado y que se espera culmine el próximo año. La nueva encuesta de México revela una notable caída de la felicidad, baja que coincide con el ciclo sexenal de gobierno. A inicios de 2012, antes de las elecciones presidenciales, el 68 por ciento de los entrevistados afirmó ser “muy feliz”. En la primera mitad de este 2018, también antes de las elecciones, la proporción de mexicanos que dijo ser muy feliz bajó a 59 por ciento. El declive en la felicidad a lo largo del actual sexenio fue de 9 puntos porcentuales.

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La felicidad en México.Fuente: Especial

Este “retroceso” nos ubica en niveles similares a los del año 2000, con 57 por ciento, y 2005, con 59 por ciento. En otras palabras, el porcentaje de mexicanos que dice ser muy feliz bajó drásticamente en los últimos seis años, sólo para volver a los niveles de principios del milenio. No obstante, si miramos más atrás, las encuestas de 1990 y 1996 arrojaron solamente 26 y 32 por ciento de mexicanos muy felices, lo cual, siendo los puntos de partida de la serie, indica que la felicidad había aumentado en cada estudio posterior hasta 2012. La felicidad era ascendente. Esta es la primera vez que la tendencia se revierte en casi tres décadas. ¿Por qué? Habrá que discutir con calma las posibles causas del deterioro de este componente del bienestar subjetivo nacional, así como sus implicaciones, pero por lo pronto planteo algunas ideas.

Entre los especialistas hay por lo menos dos visiones: quienes argumentan que la felicidad es un rasgo casi genético y, por lo tanto, poco variable, por lo que sus niveles suelen ser “puntos fijos” en las sociedades. Otros, por el contrario, argumentan que la felicidad refleja los cambios en el contexto. Benjamin Radcliff vincula los cambios en la felicidad a la política pública, mientras que Ronald Inglehart, el padre fundador del WVS, los ve como ajustes a las estrategias de vida de las sociedades ante circunstancias económicas y políticas cambiantes. En su reciente libro (Cultural Evolution), Inglehart ilustra los cambios en el nivel de felicidad que experimentó la sociedad rusa ante el colapso del sistema soviético, y argumenta, provocativamente, que la caída en la felicidad se adelantó al cambio de régimen político. Estirando su argumento, me pregunto si el deterioro de la felicidad también era señal de qué esperar en estas últimas elecciones. Por otro lado, el vínculo que se ha encontrado entre la felicidad y el sentido de libertad para elegir tiene algo que ver en el reciente deterioro de la primera: acaso la inseguridad, como otros problemas que aquejan a los mexicanos, ha restringido el sentido de libertad a hacer lo que uno desee y eso le ha pegado también a la felicidad. Por cualquier lado que se les vea, ambos son indicadores de la calidad de vida.

El tema ofrece mucho qué analizar y entender, incluidas las diferencias entre los grupos sociales que son más felices que otros. Esta medición del WVS en México queda como registro al final de un gobierno que fue castigado en las urnas y al principio de otro que inicia acompañado de grandes expectativas. Cuando López Obrador era jefe de Gobierno del DF, en varias ocasiones mencionó la felicidad, por lo que imagino que su gobierno podría tener esta variable muy en cuenta.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.