El abandono
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El abandono

05/10/2018
Actualización 05/10/2018 - 12:43

“No nos corresponde a nosotros juzgar el desempeño o la capacidad para gobernar de nuestro partido; eso solamente lo debe y lo puede juzgar la gente. Si somos pretenciosos y nos distanciamos de la gente, o nos ponemos por encima de ellos, lo más seguro es que la gente nos abandone”. Estas palabras las podría haber dicho cualquier líder de partido o jefe de Estado en un país democrático, a la luz de la competencia electoral, donde el voto sirve para premiar o castigar a los gobiernos, y para fortalecer o debilitar a los partidos. Quizás le sorprenderá saber que provienen de un discurso de Xi Jingpin, presidente de China y secretario general del Partido Comunista de ese país, pronunciado en diciembre de 2013, en el marco del 120 aniversario del nacimiento de Mao Tse-Tung.

Lo que más me llama la atención de esta cita no es el reconocimiento al poder de la gente aun en ausencia de competencia electoral, sino la noción del potencial abandono, del “divorcio”, para utilizar otra palabra que empleó el líder chino en su discurso. ¿Cómo saber cuando la gente se distancia o abandona a sus gobernantes? Una aproximación por la vía de las encuestas es el creciente nivel de desconfianza en el gobierno y en los partidos políticos que se ha venido observando en varios países. En México, las encuestas también constatan un creciente descrédito.

De acuerdo con la Encuesta Mundial de Valores (WVS), la confianza de los mexicanos en el gobierno, luego de haber registrado una mejora, ha entrado en declive. En 1990, la proporción de mexicanos que decía confiar mucho o algo en el gobierno era de 24 por ciento. La confianza creció a 42 por ciento, en 1996, y promedió 41 por ciento entre ese año y 2012, alcanzando un punto máximo de 45 por ciento en 2005. Sin embargo, en los últimos seis años la confianza en el gobierno cayó 22 puntos, de 39 por ciento, en 2012, a 17 por ciento este año. En contraste, la proporción de mexicanos que desconfía del gobierno subió de 61 a 83 por ciento, en ese mismo periodo. Esta podría ser una señal de abandono, y sobra decir que abona a las múltiples explicaciones de lo que sucedió en las elecciones del 1 de julio.

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Mantener una actitud crítica hacia el gobierno es un rasgo saludable de las sociedades, pero llegar a niveles tan altos de desconfianza en el gobierno quizás pueda ser nocivo. En México, como en otros países, llegó a florecer un discurso de ciudadanos contra gobierno, como si la solución a los distintos problemas fuera que los primeros se deshagan del segundo; pero lo cierto es que hay una relación de codependencia. La mayoría de la gente espera que haya un buen gobierno, no que no haya gobierno.

Además del descrédito gubernamental, los partidos políticos están al borde del abandono total. Según la Encuesta Mundial de Valores, en los años noventa, el porcentaje de mexicanos que confiaba mucho o algo en los partidos era equivalente a una tercera parte de la población (30-34 por ciento); la siguiente década bajó a una cuarta parte (24-25 por ciento); en 2012 bajó a casi una quinta parte (22 por ciento), y en 2018 cayó hasta una décima parte (11 por ciento). La confianza en los partidos está casi fulminada. Las consecuencias de esto no solamente son electorales. Los partidos juegan una importante labor en representar los intereses de los ciudadanos en las diversas instancias de gobierno, pero hoy están prácticamente divorciados de la gente. Y la ola de desconfianza se extiende al Congreso y al sistema judicial. Hay todo un síndrome de desconfianza.

Hace unos días hablábamos de la erosión de la confianza social. Hoy ponemos sobre la mesa el resquebrajamiento de la confianza política. Las encuestas son contundentes: el abandono es real. Vale preguntarse si es definitivo, o si el gobierno y los partidos podrán nuevamente ganarse el crédito ciudadano.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.