Socialismo USA
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05/12/2018

En las primarias demócratas de 2016 Bernie Sanders le hubiera ganado la nominación presidencial a Hillary Clinton, de no ser porque la presidente del Comité Nacional Demócrata, Debbie Wasserman Schultz, maniobró descaradamente a favor de ella. A media convención en Filadelfia se conocieron correos electrónicos en los que Debbie manipulaba a los delegados, por lo que tuvo que renunciar inmediatamente. Aun así, en la votación final todo indica que hubo un empate. Nunca se sabrá porque antes de terminar el conteo el senador por Vermont se rindió y pidió el apoyo para Hillary, que sin embargo no fue declarada ganadora por aclamación, como se acostumbra.

Lo interesante es que Sanders se identifica como socialista y sostiene posiciones que en el contexto estadounidense se consideran de izquierda radical. Él y Elizabeth Warren, senadora por Massachusetts, son fuertes prospectos para la nominación en 2020. Son parte de una corriente dentro de su partido que considera que los trabajadores de Wisconsin, Pennsylvania y Michigan, que fueron clave para la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, son recuperables con una plataforma que atienda sus demandas.

Esa corriente patrocinó a medio centenar de candidatos en las elecciones legislativas de hace un mes. Tuvieron un gran impacto en los medios y en la opinión pública, pero pocos salieron adelante. El caso más conocido es el de Alexandria Ocasio-Cortez, una activista de la organización Democratic Socialists of America, que fue electa representante por el distrito 14 (Queens y Bronx) de Nueva York. Ella comparó su triunfo con la llegada del hombre a la luna (por ser la persona más joven que ha arribado al Capitolio y por ser latina). El ala izquierda de su partido no exagera tanto, pero si mantiene que eso prueba que hay que intentar propuestas más atrevidas.

Entre los demócratas siempre ha habido una fracción que añora las políticas estatistas del presidente Franklin D. Roosevelt. La seguridad social, el seguro de desempleo, la electrificación y otras medidas permitieron paliar la dislocación social y económica que había producido la industrialización. Ellos estiman que la inseguridad laboral que ahora se vive, por el avance de la automatización y la intensa competencia de la globalización, podría enfrentarse con programas parecidos.

Piensan que además de subir el salario mínimo federal a quince dólares la hora, el gobierno debería ser un empleador de última instancia; que tendría que garantizar un trabajo, con salarios y condiciones laborales dignas, a las víctimas de la desindustrialización. Creen que se podría universalizar el servicio médico (Medicare for all) en lugar de seguir defendiendo el fracasado Obamacare. Consideran que las universidades públicas deben ser gratuitas y no sólo ofrecer becas o créditos baratos.

Todo eso asusta a los moderados, que han visto como el presidente Donald Trump ha sacado ventaja convenciendo a muchos de que los demócratas se volvieron... “soviéticos”. Ven peligroso alejarse de su tradicional estrategia de agregar grupos identitarios (big tent). En los próximos meses veremos cuál de las dos líneas prevalece.

Las causas

Lo cierto es que las administraciones de Bill Clinton y Barack Obama resultaron decepcionantes para los que los eligieron. Sienten que no se preocuparon por la clase trabajadora y se entregaron a los intereses de las grandes corporaciones. Como lo denunció el movimiento Occupy Wall Street, el gobierno de Obama a los banqueros los rescató y los perdonó; a los deudores los abandonó.

A los pobres de las ciudades los han utilizado políticamente haciéndoles grandes promesas de progreso, para luego sujetarlos a una gentrificación que los deja en el desamparo.

Nada han hecho tampoco los demócratas para ayudar a los jóvenes, que han tenido una mala experiencia con el capitalismo. Las colegiaturas universitarias se fueron a la estratósfera, dejándolos sin oportunidad de estudiar o endeudados de por vida.

Los empleos son precarios y los sueldos no les alcanzan para hacerse de una vivienda y establecer una familia. Esta nueva generación tampoco se siente a gusto con la rigidez del régimen bipartidista y con la tremenda polarización que afecta a la vida política.

Voltean a la izquierda porque están desilusionados de un sistema que crea prosperidad y abundancia, pero no para todos; que sorprende con sus innovaciones pero no deja de degradar el medio ambiente y romper la cohesión social. En realidad no lo quieren reemplazar, pero sí atemperarlo, hacerlo menos salvaje, menos injusto.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.