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¿Quiénes son?

27/06/2018
Actualización 27/06/2018 - 13:37

Está claro cuál es la reforma que el presidente Donald Trump desea conseguir para frenar el flujo de inmigrantes ilegales a su territorio. Pretende criminalizarlos más y facilitar su encausamiento penal reduciendo sus garantías procesales. Quiere reforzar la vigilancia y las barreras fronterizas. Busca castigar a los que se atreven a entrar irregularmente, haciendo imposible que tengan un empleo formal y servicios sociales mínimos. Es manifiesto que adicionalmente va a procurar disminuir la inmigración legal, dando prioridad a los que tengan mayor calificación y no compitan con los americanos por los puestos laborales. Para ello intenta limitar las oportunidades de reunificación familiar y hacer más difícil la obtención de las visas, los permisos de residencia y la naturalización.

Es evidente el grosero chantaje que hace a los congresistas, urgidos de solucionar la situación de más de 700 mil dreamers. Con tal de que le concedan todo aquello antes de las elecciones de noviembre, no se tienta el corazón para abusar descaradamente de los que son detenidos tratando de ingresar a su país, e incluso de los que ya llevan años viviendo allá. Ordena políticas y medidas drásticas sabiendo que gran parte de la opinión pública mundial las reprobará. Pero también que muchos de sus votantes las aplaudirán o al menos las tolerarán como necesarias.

¿Por qué sucede eso en una nación que se ha caracterizado por incorporar a los que llegan de fuera, al grado de mezclar su cultura (melting pot)? En Estados Unidos se producen más matrimonios interraciales o interétnicos que en cualquier otra parte del mundo. La tercera parte de sus habitantes tiene algún pariente de otra raza.

Y entonces...

¿Quiénes son los votantes (más del 40 por ciento) que aceptan que su gobierno llegue a esos extremos?

Están los que creen que los extranjeros les arrebatan los empleos a los nativos y además, al aceptar una remuneración menor, jalan a la baja los salarios. Esto lo sostienen principalmente los sindicatos agrícolas y de la construcción. En la industria algunos patrones han usado a indocumentados como esquiroles. Es muy comentado el caso de los empacadores de carne, cuyo sindicato fue desplazado y cuyo sueldo promedio cayó de dieciocho a ocho dólares la hora. En cambio, las organizaciones de los empleados de servicios han tenido éxito en afiliarlos y, de hecho, éstos han sido su salvación, ante la deserción de sus miembros tradicionales. Hay también gremios, como el de mantenimiento de edificios, en los que antes predominaba la población de color y hoy tienen una fuerte presencia los centroamericanos. Esto lo ha usado Trump para azuzar a los negros contra ellos.

Otro sector importante es el de los que consideran injusto que uno de cada tres receptores del seguro de desempleo y de otros beneficios sociales sea un recién llegado. O que se destinen fondos públicos para educar o curar a personas que no han pagado impuestos toda su vida. Piensan que van cuando ya está la mesa puesta (free ride) y que deberían de ganárselo de alguna forma, como sirviendo obligatoriamente en las Fuerzas Armadas. Esta corriente es muy fuerte en lugares como California, el estado en el que se pagan las contribuciones más altas, o el condado de Miami-Dade y el barrio de Corona, en Nueva York, en donde más de 90 por ciento de los alumnos de las escuelas públicas son inmigrantes o hijos de inmigrante.

Hay quienes se dejan llevar por la prensa sensacionalista, que exagera los crímenes de las pandillas salvadoreñas y destaca que los que entran furtivamente, luego cometen robo de identidad para afiliarse al Seguro Social, engañan a sus patrones, causan accidentes conduciendo sin licencia ni seguro o roban en los supermercados. Los ven como un peligro para sus comunidades. Consideran normal que, para mantener la ley y el orden, se expulse a los que entran sin visa o exceden el tiempo autorizado en la misma, a los que trabajan o estudian sin autorización. Aquí se incluyen aquellos que siguieron todo el largo proceso para ser admitidos como residentes y no les parece que otros se lo salten.

Por último, y afortunadamente son los menos, están los racistas y los xenófobos, que ven a los fuereños como hordas invasoras que van a destruir sus valores y su forma de vida. No entienden la dinámica social y carecen de compasión.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.