Presidencia polarizante
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Presidencia polarizante

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Presidencia polarizante

01/08/2018

En dos artículos anteriores comenté sobre algunos efectos que la aparición de nuevos medios de comunicación tuvo sobre la presidencia de Estados Unidos. La prensa, al principio partidista, exigía gran capacidad argumentativa. La radio permitió entrar a la intimidad de los hogares. Al hacerlo, se tenían que reconocer las necesidades de la gente y ofrecerle ayudas concretas. La televisión requirió que los políticos 'actuaran' sus presentaciones para ser creíbles. Era necesario que se notaran molestos por los problemas de los ciudadanos, preocupados por resolverlos y optimistas sobre el futuro.

La forma de mediación determina el estilo de comunicar. Cada época tuvo sus medios y cada medio sus pautas. Los presidentes que aprendieron a jugar con las nuevas reglas fueron los que trascendieron. Se recuerdan los artículos de James Madison pero no los de John Adams. Son memorables las charlas de Franklin Roosevelt y no los discursos radiales de Calvin Coolidge. Dwight Eisenhower salía en la televisión de uniforme, sentado en una mesa, y con gran seriedad en el rostro se echaba rollos de una hora. John F. Kennedy en cambio, dominaba el lenguaje no verbal y era tan apuesto como cualquier galán de Hollywood. Mientras que Jimmy Carter pronunciaba sermones bien intencionados pero aburridos, Ronald Reagan siempre tenía atrás escenarios bonitos, que lucían mucho en la televisión a color y era buenísimo para contar historias que conectaban con la realidad de los ciudadanos.

Las redes sociales son muy recientes. Bill Clinton aprovechó bien la televisión por cable (aún se lo recuerda tocando saxofón en MTV) pero sólo hizo públicos dos emails durante su gobierno.

Barack Obama articulaba muy bien sus ideas y las expresaba claramente, con voz calmada y segura, pero sus programas sabatinos de televisión no despertaban emoción; parecían conferencias universitarias. Un poco mejor estaban sus videos en YouTube; alguno obtuvo miles de visitas en pocas horas. Su cuenta de Instagram era muy convencional y su chat en Reddit (#AskMeAnything) se llenó pronto de preguntas triviales (su receta favorita de salmón glaseado). Aunque juntó hasta 55 millones de seguidores en Twitter, lo uso principalmente para reclutar voluntarios, conseguir donaciones, difundir sus políticas o promover legislación. O para enviar telegramas masivos (“Ser padre ha sido mi trabajo más difícil. Felicidades en el Día del Padre”).

Donald Trump no tiene motivación alguna en agradar a la prensa escrita; la acusa de parcial y poco profesional. Ellos le corresponden resaltando sus insuficiencias y exagerando sus errores. Tampoco en el radio: el programa de los sábados a veces pasa en viernes cada tres semanas. De la televisión sólo le seduce Fox News.

Se comunica casi exclusivamente por Twitter. Como él lo practica, no es para exponer ideas y razonar. Sirve para crear conversación: hablar de lo que no se sabe, tergiversar los hechos, decir mentiras descaradas y barbaridades para que alguien se moleste y lo insulte y muchos otros, desde el anonimato, les contesten de la misma forma. Estigmatizar y fomentar el odio hacia los que lo critican, amenazarlos incluso, desata la polémica y la lleva a extremos.

Usar así el Twitter polariza, es decir, atrae sólo a los que piensan igual. Se convierte en una cámara de eco en la que nada más se escuchan ellos mismos. Sólo retuitea contenidos que coinciden con sus opiniones; no interesa lo que no las reafirme. Innecesariamente se ahondan las divisiones y se prolongan los enfrentamientos.

A Trump no le interesa convencer a quienes tienen otras ideas, razonar la superioridad de las suyas. Lo que busca es mantener congregada a la tribu; alimentar con simplismos maniqueos, bombas retóricas y juicios moralizantes a su propia grey. Sólo trabaja para su base, para sus partidarios fanatizados.

En otra época los políticos querían transmitir un mensaje de unidad, dar la seguridad que todos cabían bajo el mismo techo (big tent). Eran clásicas las fotografías de grupo en las que había representantes de cada sector social. Hombro con hombro miraban sonrientes a la cámara personajes estereotipados de diferentes sexos, edades y razas: un obrero, un policía, un granjero, una enfermera, un chofer, una estudiante, un militar, una ama de casa, un bombero, un doctor, una maestra, un piloto de avión, un pastor, una ejecutiva... Ahora es lo contrario: la política, como la entiende Trump, es confrontación y exclusión.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.