Newton y el TLCAN
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Newton y el TLCAN

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Newton y el TLCAN

09/05/2018

Isaac Newton estaba obsesionado por comprender porque la luna orbitaba alrededor de la tierra. Una tarde de verano de 1686, mientras cavilaba sobre la mecánica del universo bajo la sombra de un árbol, vio desprenderse una manzana y le asaltó la idea de que si las frutas siempre caían perpendicularmente al suelo, algo debería jalarlas hacia el centro de la tierra. De la observación empírica pasó al razonamiento inductivo y concluyó que existe una fuerza de gravedad que actúa entre todas las cosas del universo, que cualquier par de objetos se tiran entre sí. Con esa base, determinó que los planetas se atraen de acuerdo a su masa y a la distancia entre sus centros: lo hacen más fuertemente cuanto más masa tienen y cuanto menos distancia los separa.

Un siglo después, un gran conocedor de la obra de Newton, Adam Smith, se empeñaba en entender las causas de la riqueza de las naciones. Consideraba absurdo el mercantilismo en boga, que por mantener un estricto equilibrio de la cuenta corriente limitaba las importaciones. No sólo enemistaba a los pueblos, sino también les impedía crecer más. Le inquietaba que Gran Bretaña hiciera tan pocos negocios con Francia, el país más próximo y con caudales similares. En cambio, británicos y franceses monopolizaban los tratos con sus respectivas colonias. Se habían impuesto mútuamente tantas restricciones que prácticamente no intercambiaban nada y el contrabando había cundido. El comercio legal entre Gran Bretaña y sus dependencias americanas era de dos millones, 400 mil libras, mientras que con Francia apenas llegaba a las 236 mil libras. Ello a pesar de que en esos territorios sólo vivían tres millones de consumidores de bajo poder adquisitivo. En cambio, en Francia había 24 millones de habitantes mucho más acomodados.

Smith llamó la atención sobre el daño que hacían esas limitaciones, comparando el volumen de transacciones bilaterales que se podía alcanzar si se eliminaban. Señaló que el valor del comercio guardaba una relación positiva con el tamaño de la población y con la separación a la que estaban sus posibles clientes o proveedores. Indicó que los estados vecinos con similar nivel económico son socios naturales y pueden crear mayor riqueza y volverse mejores clientes entre sí. Tienen oportunidad de comprar y vender más productos y de mayor importe. Les conviene más también porque el costo, el tiempo y los peligros del traslado son menores.

Demostró también que importando se podía generar tanto capital como exportando y que los vínculos que con ello se producen fomentan la paz.

La intuición de Adam Smith se ha querido contraponer a las teorías de David Ricardo. Las ventajas comparativas y la dotación relativa de factores (materias primas abundantes o mano de obra barata) ciertamente explican el comercio entre países con poca atracción gravitacional: con niveles de desarrollo muy distintos y lejanos entre sí. Pero lo que Smith propone es que de la otra forma se genera más rendimiento. También se ha sugerido que el abatimiento de los costes de transporte, la tecnología y el incremento del comercio de servicios intangibles le restan importancia a la cercanía. Se soslaya que junto con ella vienen muy frecuentemente otros elementos, como cultura o sistema jurídico similares. De hecho, la proximidad favorece también la inversión, el turismo, la migración y la diseminación de las ideas.

¿Diversificar?

Esa es la lógica de los pactos regionales y, dentro de ellos, del intento de igualar la capacidad productiva de sus participantes. Así ha sucedido en la Comunidad Europea y así debería pasar en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Ante las dificultades para renegociarlo, se comenta que México ha firmado acuerdos con muchos países y no estaría mal aprovecharlos para diversificarnos. Hay que hacerlo, pero la realidad limita nuestras opciones. El costo de mover cereales o lácteos a través de nuestra frontera norte es infinitamente menor que lo que pagamos por traerlos de Sudamérica o de Australia. El mercado chino es gigantesco pero no es fácil venderles y en muchos rubros son nuestros competidores. En todo caso, lo que nos debe preocupar es la creación de mayor prosperidad y para ello nuestra mejor carta sigue siendo el TLCAN. Por eso hay que luchar por conservarlo y mejorarlo.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.