Lío de vacas
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Lío de vacas

12/09/2018

En el tema de la leche y sus derivados, las diferencias entre Canadá y Estados Unidos son tan profundas que han puesto en riesgo la continuación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Hace décadas, para enfrentar la frecuente caída de precios por sobreoferta, que llevaba a la ruina a los granjeros, Canadá decidió protegerlos a costa de enfocarse a la clientela doméstica. Por eso alcanzan casi los mismos rendimientos año tras año; adquieren sólo pequeños volúmenes para mantener equilibrada la balanza comercial y exportan selectivamente. Con todo, están atados a los compradores de su frontera sur, porque la leche fresca no viaja bien a través del Pacífico y el bajo margen que tiene un cartón de huevos no permite absorber los fletes.

Por medio de Juntas de Mercadeo, el gobierno impone topes de producción, mantiene los hatos acotados a 80 cabezas y fija los precios, que permanecen altos y estables. Regula también la comercialización entre provincias. La importación la limita por medio de barreras sanitarias, así como cuotas y tarifas prohibitivas (de 200 a 314 por ciento) para lo que las exceda.

Este sistema, que igualmente se aplica al huevo y al pollo, ha durado porque pone felices a los productores, que ganan más y gozan de mejor nivel de vida que sus contrapartes de otras latitudes. Y le gusta a Ottawa, ya que no hay que otorgarles subsidios, como casi en todas partes. Lo extraño es que los consumidores, a los que les sale más cara la mantequilla, los quesos y los yogures y que no disponen de una gran variedad de marcas, también lo apoyan. Se explica porque en gran parte, son una sociedad rural, cohesionada y muy nacionalista.

Sin importar que en esta industria Canadá trae de Estados Unidos tres veces más de lo que les lleva; no obstante que les compra el 10 por ciento de su consumo y ellos apenas el 3 por ciento del suyo; a pesar de ser un mercado más pequeño que el mexicano o el de California, Washington los quiere forzar a abrirse completamente.

Pretende que supriman paulatinamente, en un plazo de diez años, los cupos, las tasas y la oferta dirigida. Lo hace porque sus estancieros venden con pérdida y el año pasado tuvieron que tirar cien millones de galones por las coladeras.

Con el propósito de diversificarse Canadá ha cedido tímidamente en recientes negociaciones. Mediante permisos, permite la entrada de lácteos provenientes de Asia y de Europa, restringida respectivamente al 3.25 por ciento y el 1.5 por ciento de su mercado.

Muchos piensan que el país podría abandonar el proteccionismo como lo hizo Australia en el 2000. Superaron la rigidez, la ineficiencia y los incentivos perversos del control estatal, ajustaron sus inversiones a las señales del mercado, ampliaron las unidades de producción y mejoraron la productividad. No les fue mal.

La realidad es que para el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, hacer grandes concesiones es políticamente imposible. Los seis partidos con representación en la Casa de los Comunes defienden el esquema. Habrá elecciones en Quebec en octubre y federales el año próximo. Liberales y conservadores tratan de mostrarse cercanos a la gente visitando los establos y prometiendo que nada va a cambiar. Adicionalmente, no hay capacidad fiscal para compensar a los posibles afectados.

Los empresarios pecuarios tienen un gran peso político y un alto prestigio social. En los gobiernos provinciales y en los ministerios abundan los ganaderos retirados. Por eso el sector no formó parte ni del CUSTA en 1989 ni del TLCAN en 1993.

Trudeau sería tachado de traidor si acepta cualquier cosa que afecte a sus paisanos. De hecho, ya hay candidatos que están llamando a la nacionalización de las empresas estadounidenses, ante el trato indigno que les ha infligido el presidente Donald Trump.

La presión que está ejerciendo -al imponerle aranceles al acero, aluminio y vehículos- intenta que por lo menos se comprometa el 10 por ciento del consumo canadiense antes de las votaciones de noviembre, ya que ello le ayudaría a ganar en lugares como Wisconsin, Michigan, Ohio y Pennsylvania.

Lo irónico del asunto es que, para escándalo de los conservadores (que lo llaman “artificio soviético”), los rancheros de esos territorios presionan a sus gobernadores para que establezcan un mecanismo de administración de oferta como el de sus vecinos del norte. No se ve fácil que lo logren porque tendría que adoptarse nacionalmente para hacerlo funcional.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.