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07/11/2018
Actualización 07/11/2018 - 14:14

Tradicionalmente las elecciones intermedias en Estados Unidos son aburridas. La mayoría de los legisladores locales y federales y los gobernadores se reeligen y desde el inicio de las primarias se ve quienes van a ganar. Votan menos ciudadanos que en las presidenciales y son los más ligados a los partidos. En las de este año hubo sin embargo diferencias que vale la pena resaltar.

Gasto excesivo. Grupos de interés y movimientos sociales extendieron cheques sin parar. Es consecuencia de una legislación confusa y obsoleta de los setenta, complicada en años recientes, cuando se permitió a los Comités de Acción Política (PAC) recibir donativos ilimitados. Teóricamente los PAC buscan aumentar la participación y no pueden sustentar directamente a un candidato. En la realidad, son la principal fuente de financiamiento de muchos. Este año los más beneficiados fueron los demócratas, ya que hay un gran interés por conquistar la mayoría de la Cámara de Representantes para poder hacer un contrapeso a las políticas del presidente Donald Trump.

Propaganda apabullante. Consecuencia de lo anterior ha sido el intenso bombardeo de mensajes que han recibido los votantes por todos los medios posibles. Los anuncios en la televisión abierta y por cable, antes escasos en los horarios preferentes, pasaron uno tras otro. El correo directo saturó los buzones y las visitas de promotores del voto se volvieron tan molestas que letreritos de “No prop” se pusieron en muchos portones. En varios Estados se promueven leyes que prohíban las llamadas automatizadas a teléfonos fijos y los mensajes de voz y texto al celular, a menos que hayan sido solicitados.

Contenido difuso. Normalmente habrían predominado los temas locales. En esta ocasión ambos partidos se fueron por los asuntos nacionales. Lo absurdo es que no se pueden identificar temas que hayan sido eje de las campañas. Los republicanos no pudieron vender la reducción de impuestos y el incremento de empleos, mientras que los demócratas no lograron centrar la atención pública en la reforma de salud.

Trump el protagonista. La tradición era que los presidentes declaraban su apoyo (endorsement) a unos pocos candidatos de su partido y asistían a contados mítines. Trump dio su respaldo a más de 300 y se pasó semanas recorriendo los estados y distritos más competidos. Además, deliberadamente convirtió esta elección en un referendo sobre su gobierno. Con ello levantó a varios prospectos que eran bastante malitos pero, sobre todo, con vistas a la reelección, consolidó su base en el sur y el occidente y siguió avanzando en el medio oeste. Los demócratas cayeron en el garlito y se distrajeron discutiendo los temas que les puso (como la inmigración ilegal o un supuesto recorte de impuestos). Al final, lo mencionaron más en sus anuncios que los republicanos en los suyos.

Polarización asimétrica. En la última década el Partido Republicano se volvió homogéneamente conservador y el Demócrata se hizo uniformemente liberal. Pero son más los “muy conservadores” en el primero que los “muy liberales” en el segundo. Es decir, aunque el electorado y el Congreso están divididos por mitades, la porción republicana tiene más cohesión e impacto. Esto ha provocado que los demócratas no se hayan puesto de acuerdo sobre qué camino seguir. Algunos piensan que deben transitar hacia la izquierda (aumentar el número de los “muy liberales”), en la línea de Elizabeth Warren y Bernie Sanders. De hecho en las primarias aparecieron muchos aspirantes provenientes de grupos radicales. Pero muy pocos pudieron desbancar a los que buscaban la renominación, más cercanos al establishment. Los únicos que consiguieron la candidatura fueron Andrew Gillum y Alexandria Ocasio-Cortez (aspirantes respectivamente, a la gubernatura de Florida y a una diputación federal por New York). Y eso le ha servido a Trump para acusar a los demócratas de “socialistas”.

Partidos debilitados. Por el lado de los republicanos no ha surgido nadie que pueda evitar la candidatura de Trump dentro de dos años. La figura divisiva del presidente ha alejado a muchos del partido, pero al mismo tiempo ha agrupado en torno a él a otros que no habían participado. Hay como veinte demócratas que quieren jugar en 2020; ninguno se ve fuerte. Bill Clinton, Joe Biden y Barack Obama van de salida: apenas pudieron poner en la boleta a algunos de sus seguidores. Hillary mejor no se mostró.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.