Asesores ignorados
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Asesores ignorados

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Asesores ignorados

11/04/2018

En 1946 el presidente Harry Truman y el Congreso diferían en la forma de pasar de una economía de guerra a una en expansión. Sin respetar la facultad del Ejecutivo de organizar el gobierno de acuerdo con su propio criterio, en una decisión sin precedente, los legisladores crearon el Consejo de Asesores Económicos (dentro de la Oficina de la Presidencia).

Integrado por tres economistas prestigiados, ratificados por el Senado, el organismo tiene como única función analizar tendencias, elaborar proyecciones y hacer recomendaciones fundadas en evidencia empírica, para que el presidente tome decisiones informadas. Con un staff de apenas 15 personas, académicos en su año sabático o ya retirados, el Consejo se ha caracterizado por su imparcialidad política, por su perspectiva de largo plazo y por no meterse en las controversias que dividen a los de su profesión.

Ha sido presidido por personajes notables: Allan Greenspan (con Gerald Ford), Charles Schultze (con Jimmy Carter), Martin Feldstein (con Ronald Reagan), Michael J. Baskin (con George H. W. Bush), Laura, Tyson, Joseph Stiglitz, Janet Yellen (con Bill Clinton), Ben Bernake (con George W. Bush), Alan Krueger (con Barack Obama). Sus integrantes actuales son Thomas Phillipson (de la Universidad de Chicago), Richard Burkhausen (profesor emérito de la Universidad Cornell) y el presidente, Kevin Hasset (economista principal del American Enterprise Institute, el think tank de los empresarios). Ninguno de los tres se identifica con las ideas del presidente Donald Trump, como lo muestra su Reporte Económico al presidente de este año. De hecho, la crítica más fundamentada a su política comercial está en el capítulo cinco de ese documento.

¿Qué le dicen?

“La existencia de tratados no predice el equilibrio comercial... Los flujos mercantiles están determinados principalmente por la solidez de los fundamentos... Las decisiones que tratan de afectar la balanza comercial sin considerar la cuenta corriente, difícilmente tendrán éxito en el largo plazo... La sustentabilidad de la posición externa del país depende de la fuente del déficit... Para sostener el déficit de cuenta corriente, se debe tener la capacidad de captar inversiones que compensen la depreciación de la moneda, que hace que los productos comprados fuera sean más caros aquí y los exportados sean más asequibles en los mercados foráneos... Un importante mecanismo correctivo para los desequilibrios persistentes en la cuenta corriente es el ajuste en las tasas de cambio...”

O sea: el problema no es el déficit por sí mismo, sino los desbalances macroeconómicos que lo provocan, como el fuerte crecimiento que estimula el consumo, el ahorro insuficiente y el presupuesto descubierto; los tratados no son culpables (Canadá y Singapur son superavitarios, mientras que México y Corea del Sur son deficitarios) y por eso es absurdo eliminarlos o mutilarlos; el déficit comercial puede sostenerse si se atrae capital extranjero para ayudar a financiar las importaciones; hay que cuidar la política monetaria.

“Históricamente el intercambio internacional ha producido incrementos netos en productividad, niveles de vida y desarrollo... Nuevos mercados no sólo proveen a las firmas domésticas con más clientes potenciales y la oportunidad de construir economías de escala. También ofrecen la posibilidad de adquirir insumos a menor costo y mejorar su competitividad. Los compradores se benefician porque la competencia con las importaciones forja la innovación y permite la diferenciación de los bienes y servicios, presionando a la baja su importe... Los acuerdos comerciales permiten a las naciones comprometerse en un enfoque de suma positiva...”

O sea: no hay que despreciar los beneficios de las importaciones, como materias primas baratas para las empresas y precios atractivos y mayor selección para los consumidores; los acuerdos generan incentivos positivos para mejorar la eficiencia y los términos de intercambio, para facilitar la liberalización del comercio multilateral y para fijar reglas básicas para proteger la propiedad intelectual, los derechos laborales y el medio ambiente.

“Enfocarse únicamente en las mercancías desdeña la ventaja comparativa que Estados Unidos tiene en servicios... Hay grandes posibilidades de venderlos a países que no tienen nuestros niveles de entrenamiento y experiencia... El cambio tecnológico abre nuevas fronteras al comercio de servicios, que están asociados a un aumento del empleo y del ingreso per cápita...”

O sea: la economía de Estados Unidos ya no es de manufactura, sino de servicios; debe orientarse a eso.

Señor Trump: no sea necio; hágale caso a sus asesores.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.