Aplastados por el acero
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Aplastados por el acero

COMPARTIR

···
Opinión

Aplastados por el acero

14/02/2018
Actualización 14/02/2018 - 10:26

El mercado mundial del acero está saturado y se disputa con intensidad. El excedente de oferta que hay en Asia y la lentitud con que se recupera la economía en las naciones desarrolladas, tienen a todos metidos en una lucha por despejar sus inventarios.

Los que lo fabrican en México también sufren. La abundancia de metal barato impide el crecimiento de sus ventas foráneas, mientras que las domésticas enfrentan las prácticas desleales de los que eluden, mediante triangulación, las sanciones. El planchón para laminar, que aquí se cotiza a razón de 400 dólares la tonelada, lo envían China o Corea del Sur en 25 por ciento menos, casi a valor de chatarra.

Los industriales locales están continuamente exigiendo al gobierno que se cierre la frontera al acero elaborado con subsidio o vendido a tasas anormalmente bajas. En la actualidad aplicamos impuestos compensatorios a China, Corea del Sur, Taiwán, India, Rusia, Ucrania, Rumania, Kazajstán, Brasil, España, Portugal, Alemania, Francia, Reino Unido y Estados Unidos.

El problema es que si se subsidian nuestras exportaciones o se le pone una carga elevada a las de los otros, suben los precios internos y se afecta a toda la cadena de producción. Es decir, se vuelven menos competitivos los materiales de construcción y gran parte de lo que colocamos en otras latitudes: coches, camionetas, estufas, lavadoras y refrigeradores. Si eso pasa, al rato empezarían a llegar del Oriente, muy rebajados, esos vehículos y aparatos.

Casi lo mismo sucede en Estados Unidos, porque es el primer comprador mundial de esa valiosa aleación (seguido de lejos por Alemania y Corea del Sur). Son clientes principalmente de Canadá (18 por ciento de sus adquisiciones), Brasil (13 por ciento), Corea del Sur (10 por ciento), Turquía (9.0 por ciento) y México (9.0 por ciento). Por más de una década han experimentado un intercambio deficitario. El 27 por ciento de su demanda se abastece desde el exterior. Adicionalmente, son muy dependientes de ciertos proveedores: en semiterminados (lingotes, planchas, bloques), de Brasil (50 por ciento); en plano (lámina, tira, placa), de Canadá (30 por ciento); en largo (barras, rieles, varilla, vigas), de Turquía (29 por ciento); en tubería, de Corea del Sur (29 por ciento); en inoxidable, de Taiwán (13 por ciento).

En Estados Unidos el sector es uno de los más protegidos. Están vigentes más de doscientas medidas antidumping y cargas resarcitorias. En lugar de aumentar su productividad, las grandes corporaciones han promovido barreras a la competencia. Como consecuencia, sus precios son los más altos del mundo. Por eso y por los menores costos laborales, sale mejor producir automóviles en México.

La decadencia de la siderurgia estadounidense viene de años atrás, cuando había poca necesidad de modernizarse porque no tenían rivales. Progresivamente las empresas fueron cerrando o se consolidaron, dando lugar a un oligopolio que abusa de los consumidores y estorba a los nuevos entrantes. En el este y el medio oeste de la Unión Americana muchas poblaciones que fueron muy prósperas, hoy están abandonadas. En esas regiones, que hoy se identifican como 'el cinturón del óxido', vive el segmento del electorado que fue clave para el triunfo de Donald Trump. A ellos les prometió cerrar el acceso a los artículos extranjeros “que los desangran”.

Apoyándose en la nefasta Ley de la Expansión del Comercio de 1962 (que le da al presidente la facultad de limitar la introducción de bienes o sujetarla a gabelas), le ordenó al Departamento de Comercio que realizara un estudio sobre las implicaciones que para la seguridad nacional tienen el acero y el aluminio. Hace dos semanas Wilbur Ross, secretario de Comercio, entregó el reporte, que aún no se ha publicado, pero que se puede adelantar, dirá que esos elementos son esenciales para construir tanques, barcos, aviones y misiles, por lo que se debe dar preferencia a lo nacional.

Si Trump, que tiene noventa días para tomar una decisión, decreta tarifas elevadas, todo lo fabricado con dicho componente será más caro y miles de trabajadores de otras ramas perderán su empleo; los mercados globales se desordenarán aún más. Eso mismo pasó en 2002, cuando George W. Bush puso tarifas de 30 por ciento.

Ayer Trump reiteró lo anunciado en Davos: colgará aranceles 'recíprocos' a las importaciones, como lo acaba de hacer con las lavadoras y los paneles solares. La guerra comercial ya empezó y nuestra única esperanza es que Estados Unidos se enfoque más en 'castigar' a sus socios asiáticos que a nosotros.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.