Opinión

Alcoholismo y metafísica

El duro policía neoyorquino retirado Matt Scudder (Liam Neeson) resuelve un crimen a medio camino entre la lógica del justiciero que ya perdió la fe en la ley, y las ambigüedades morales de estar al servicio de mafiosos de barrio. Al final, su vida, al igual que su carrera y la contundencia del relato, dan todos juntos Un paseo por las tumbas (2014, Scott Frank) a ritmo de los doce pasos que sigue cada ex alcohólico, como si el thriller mismo en algún momento deba renunciar al vicio que acabó con Scudder, tal cual el escritor Lawrence Block lo alude a lo largo de 17 novelas en las que aparece como ser marginal convertido a la religión de la justicia que sólo su mano aplica.

Frank, pues, hace un resumen bastante conciso de Scudder caído en desgracia, quien sigue escrupulosamente los doce pasos para mantenerse sobrio tanto del alcohol como de la violencia. Pero Frank aligera la novela y le quita la sevicia demasiado descriptiva de Block para transformarla en un thriller, en efecto, ex alcohólico, con sus huecos en la lógica del relato, sus personajes fantasmales que aparecen y actúan como en delirio de cantina, y una deliberada lentitud que antes que concentrar la fuerza del relato simplemente confirma que es una adaptación a la deriva; que renuncia a su duro tono literario para volverse un moralista film que ama la violencia sin profundizar en el sentido de la muerte y la venganza, ni mucho menos en la amarga lucidez de la ultraconsciente sobriedad, como en el original literario, que resulta un martirio para Scudder.

El thriller ex alcohólico sigue las pistas correctas pero a un ritmo más pausado de lo normal, como si dar los pasos físicos sin cumplir los emocionales le resultara tan complejo y difícil como resolver el crimen sin investigarlo a fondo y temiendo en algún momento mancharse de sangre. O de alcohol. Que para este momento es lo mismo.
Ora bien, el duro policía neoyorquino Ralph Sarchie (Eric Bana) resuelve crímenes siguiendo su afilado instinto entre la lógica del oficial que cree que la justicia está al alcance de su placa, y la de su infalible olfato, sin saber que rezará Líbranos del mal (2014, Scott Derrickson), puesto que lo que enfrenta no es otro que Satán en persona, tal cual queda de manifiesto en las memorias que inspiran al film: el archivo del genuino detective Sarchie, quien las escribió en colaboración con Lisa Collier Cool.

Derrickson repite la fórmula que probara con El exorcismo de Emily Rose (2005): al igual que este film, Líbranos del mal es un supuesto caso de la vida real. En Emily Rose era el juicio contra un sacerdote acusado de negligencia criminal debido a que practicó mal el exorcismo del título. Y ahora es la vida de Sarchie, quien al igual que Scudder, se vuelve radar humano que detecta el mal más primitivo que existe -o sea, el mal sin razón ni motivo, el mal por diversión-, intuyendo que un caso de abuso doméstico es otra cosa, al principio inexplicable, hasta que se encuentra con el ex drogadicto convertido en alivianado y alcohólico noctívago padre Mendoza (Edgar Ramírez).

El mal queda de manifiesto en el tono “realista”, en el estilo de superficies aceradas, en la atmósfera de claroscuros llenos de maldad omnipresente y habitados por personajes hipervitales, con un Sarchie crudo y duro y un Mendoza que confiesa sus pecados a la menor provocación; con, además, el pareja de Sarchie, el juguetón cuico rompe hocicos con adrenalina al tope y cuchillos a granel Butler (Joel McHale), y la esposa de Sarchie, Jen (Olivia Munn) temerosa de un mal intangible; todo esto, pues, es un “realismo” que pretende responder los interrogantes que propone.

El coctel realista es el de un thriller metafísico que explica didácticamente los cinco pasos a seguir en un exorcismo. Pero si Derrickson parecía convencido con Emily Rose, ahora es inseguro haciendo un policial semi-paranoico que oscila entre el tremendismo gratuito y el ridículo que se contiene un segundo antes de la carcajada involuntaria.

Film que banaliza el mal, aporta sin embargo una imagen contundente para una imaginación que se cree la anécdota de principio a fin confirmando que nada existe más allá del maquillaje, como si el diablo que se creería omnipresente en todo el film apenas fuera simple utilería.
Derrickson hizo un film que prometió toparse con Satán cara a cara. Y éste sólo resultó accesorio de un policial en el fondo convencional. Frank, en cambio, no fue más lejos de dar un simple paseo por el panteón a pesar de tener al diablo enfrente (“la gente le teme a las cosas equivocadas”).