Opinión

Alberto Giacometti

 
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Alberto Giacometti. (www.flickr.com)

Todo lo que yo pueda hacer no será nada sino una pálida imagen de lo que veo y mi éxito estará siempre por debajo de mi fracaso, o tal vez el éxito siempre igualará al fracaso.
Alberto Giacometti

El próximo sábado se cumplirán 114 años del nacimiento del escultor suizo Alberto Giacometti. La mayoría de los lectores recordarán esas alargadas y delgadas figuras antropomorfas tan características, que aun vaciadas en bronce, retan la fragilidad no sólo del material sino del concepto de hombre mismo.

La importancia de Alberto Giacometti en el devenir del arte moderno y contemporáneo puede ser comparable con la de Marcel Duchamp, pues ambos comparten un gran interés por el acto de visión en la obra de arte, cómo y qué ve el espectador, qué piensa o percibe al ver una pieza artística; sólo que Duchamp investiga a través de objetos cotidianos y Giacometti todavía tenía fe en las disciplinas tradicionales, como la escultura.

Giacometti nació el 10 de octubre de 1901 en el pueblo suizo de Borgonovo, cerca de la frontera con Italia. De familia de artistas, se formó en academias y escuelas de arte de Suiza y París.

Historiadores y teóricos identifican dos momentos cruciales en la obra de Giacometti: el “surrealista” y el “existencialista”. A pesar de sí haber pertenecido al club de Salvador Dalí, André Bretón y Luis Buñuel, Giacometti nunca se definió como surrealista, y cuando lo expulsaron del movimiento en 1934 no le causó ningún inconveniente, su búsqueda artística iba más allá. Durante su “periodo surrealista”, la obra de Giacometti era onírica, abstracta y cargada de sexualidad, como Spoon Women (1926-27) abstracción de una forma femenina, Suspended Ball (1930) en la que una media luna incide en una esfera colgante que parece herida por el contacto; The Palace at 4 am (1932) una escultura que toca los límites con la maqueta, con el modelaje, escala y la idea de representación contra la mímesis, al igual que sus primeros modelos para plazas: Model for a Square (1930-31).

Pareciera que el formalismo de sus abstracciones geométricas no satisfacía la búsqueda del artista por una obra total, y a finales de la década de 1930 retornó el figurativismo de la imagen humana, pero no indagando en la anatomía, sino en la esencia de la existencia del hombre. En este periodo “existencialista” Giacometti construye figuras humanas tratando de utilizar el mínimo de material posible. Con sus icónicas figuras esqueléticas buscaba plasmar un ser humano que desaparecía, que se reducía a sus mínimos elementos sin caer en la geometría.

En otras palabras, investigaba la desmaterialización del arte sin dar la espalda al material, a la creación, sin renunciar al papel del artista como creador de objetos.

Standing Woman (1948) es apenas una línea suspendida, como chorreante; The Chariot (1950) y Walking Man (1960) son piezas en las que la forma humana es reconocible, pero a punto de desaparecer. En estas esculturas, el formalismo de sus elementos mínimos contiene la visión personal del artista sobre la esencia del ser humano: frágil, pequeño, que a cada paso se acerca a su desaparición, a su muerte. Por eso Alberto Giacometti es considerado un existencialista, aunque él tampoco se considerara uno.

En 1938 se publicó la novela filosófica La Náusea, de Jean Paul Sartre. El protagonista, Antoine Roquentin, narra los insulsos eventos de su cotidianidad; sus incesantes cuestionamientos introspectivos generan pensamientos densos sobre el nulo significado del ser, del hombre en el mundo. Poco a poco el protagonista comienza a percibir un malestar al vivir, una náusea de existir. “La realidad es un presente perpetuo. Presente, nada más que presente, las cosas son en su totalidad lo que parecen y detrás de ellas no hay nada”, enuncia Antoine Roquentin en un fragmento. El existencialismo de Sartre delata la desilusión europea ante el fracaso del proyecto moderno y el arte de Alberto Giacometti coincide en la zozobra de la vida moderna, del progreso y el futuro.

El ser humano construyó un mundo propio para poder sobrevivir en el mundo real. La obra de Alberto Giacometti nos muestra lo frágil y chiquito que es el hombre, incluso dentro del mundo que él mismo se ha creado.

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