Opinión

Al margen de la letra: Poder y maldad

10 febrero 2014 5:20 Última actualización 09 julio 2013 5:22

 
 
Juan Domingo Argüelles
 
1. México es el Paraíso (y el Infierno) del abuso de poder, el influyentismo, la impunidad y la complicidad. Basta que un poderoso (de la ideología que sea) se proponga beneficiarse o dañar a alguien para que todos sus validos contribuyan a que logre su objetivo.
 

2. México es, también, el Paraíso (y el Infierno) de la hipocresía, el cinismo, la mentira y la simulación. Ministros, jueces, diputados, senadores, presidentes, secretarios de Estado, gobernadores, altos funcionarios y autoridades en general son los primeros en incumplir las leyes que, inflexiblemente, obligan a cumplir a los ciudadanos de a pie.
 

3. Hijos de funcionarios, cónyuges, amantes, hermanos de políticos, parientes de diputados y senadores, amigos y compadres de los poderosos gozan, con ostentación y prepotencia, las porciones de impunidad, influyentismo y abuso de poder que les toca por ser íntimos de los poderosos.
 

4. Y luego están los que, por simpatía ideológica, identificación partidista o cobardía, defienden a los que encarnan el poder, los justifican y 'aduladores y convenencieros' les rinden pleitesía; se cuadran ante ellos (¡sí, señor!, ¡cómo no, señor!, ¡lo que usted diga, señor ministro!, ¡en este mismo instante lo resolvemos, señor diputado!, ¡usted sólo ordene, señor gobernador!, etcétera) y están dispuestos a hacer lo que sea (injusticia incluida) para complacer y bienquistarse con estos malhechores. Bien lo dijo Stephen Vizinczey: “Los cobardes son peligrosos”.
 
5. No hay modo de resolver nada en México, ningún problema esencial, mientras nuestra cultura siga siendo la de la impunidad, la del abuso de poder, la del influyentismo y la de la complicidad de quienes en lugar de cumplir la ley, y aplicarla, la pervierten en su beneficio y según sean sus intereses particulares.
 
6. Todos los discursos de los políticos y los altos funcionarios y de los “legisladores” son demagogia pura y ofensiva, en tanto ellos mismos practiquen o consientan la impunidad y el abuso. Ejemplos sobran: incluso entre las autoridades de derechos humanos hay quienes protegen a los culpables y no a los ofendidos; incluso entre las funcionarias de los derechos de la mujer se guarda silencio ante los abusos cometidos por el poder masculino o bien, lo que es peor, las autoridades mujeres (juezas, abogadas, funcionarias en general) se ponen del lado de los hombres abusadores con poder, con puestos públicos de relevancia o con prestigio político y académico): las cobardes son peligrosas. (En México, ¡hasta los hijos violadores de mujeres son justificados por sus madres!)
 
7. Este país no tendrá redención, por mucho que se hable de cambio, democracia, justicia, equidad, etcétera, mientras perduren fondo y forma del abuso de poder; mientras un Señor Ministro (¡sí, señor, cómo no!) encarcele a la madre de sus hijos, imponiéndole todo su poder, sus influencias, su peso categórico en la política (¡de izquierda!), y mientras todos a su alrededor, diligentes, genuflexos, agachados (incluidas las mujeres de la autoridad) se inclinen ante este poder nefasto y agraviante.
 
8. La psicología ha demostrado que la maldad y la estupidez están entre las cosas más equitativamente repartidas entre los seres humanos; no así la bondad ni la inteligencia. Se puede ser un Premio Nobel y a la vez un estúpido dañino; se puede ser un gran jurisconsulto, y a la vez un pervertido; se puede ser un profesor muy capaz y a la vez un acosador sexual; se puede ser un escritor muy sensible y, a la vez, un mal bicho. Lo peor de todo es que la gente no encuentre en ello incongruencia.
 
9. Doble cara, doble moral. Se puede alcanzar incluso la santidad por medio de la tarea santificada de desollar infieles. ¡Tal es la historia de las cruzadas!
 
10. En un programa de radio un abogado y ministro tiene la desfachatez de decir que, de acuerdo con la ley, él hubiera procedido del mismo modo que el ministro que encarceló a la madre de sus hijos, y, como de paso, afirma que la ley no siempre es justa. Y lo dice alguien que debería velar por la justicia pero que, en lugar de esto, se pavonea con aberraciones leguleyas. ¿Cómo confiar así en la autoridad?
 

11. Somos un país donde campea el cinismo del poder que todo lo avasalla, todo, incluso la inteligencia o la poca inteligencia que podían tener los cínicos que detentan el poder. Lo cierto es que la mayoría de los ciudadanos no confía en absoluto en los políticos ni en las autoridades. Pero éstos ni se dan por enterados.
 

No puede haber mayor tontería que la del político que dice que no hay que desprestigiar la política. ¿Desprestigiarla? Que les pregunten a los peatones si creen que la política mexicana tiene algún prestigio.