Opinión

Al final, ahí está la esperanza

Al vendaval con que este año nos arrolló en el último trimestre, la necesidad de encontrar asideros que nos permitan terminar el año y, si fuera posible, encaramarse en la luz del venidero, sin duda está en la lectura. Tres han sido para mí los libros que a lo largo de 365 días me han dado la fuerza para continuar. El primero es una obra magistral de Rosa Montero: La ridícula idea de no volver a verte. La autora parte de un germen ínfimo, un huevecillo minúsculo, una frase, una imagen, una intuición que creció como zigoto… hasta llegar a convertirse en una criatura completa. Así nació el objeto del libro, la vida de Marie Curie, un personaje fascinante anómalo y romántico más grande que la vida. Una mujer polaca capaz de ganar dos premios Nobel, uno de física en 1903 junto con su marido, Pierre Curie y otro de química en 1911 en solitario.

Rosa Montero nos regala una narración en la que mezcla una evocación íntima en la que nos habla de la ciencia y la ignorancia; del dolor y de la fuerza esplendorosa de la pasión. Es un himno a la sabiduría de quienes logran aprender a vivir en plenitud; es una amplia, generosa lección para quienes se han amado intensamente en el pasado y en su lectura encuentran nuevos alientos para continuar venciendo los obstáculos que la vida siempre pone aquí y allá. Gracias Liliana, por este regalo.

El segundo es un trabajo de Gabriel Zaid, que tituló Dinero para la cultura. Este permanente dilema que sólo en muy pocos países ha sabido resolverse, nos ubica en una condición estrictamente humana: la cultura se realiza en la libertad creadora de personas que trabajan en forma independiente y prácticamente por su cuenta: en su estudio, consultorio, taller o casa. Zaid señala las fuentes del financiamiento: el sacrificio personal, la familia, los mecenas, el Estado y el mercado. No lo dice textualmente pero está implícito que para que florezca la cultura, son condiciones subjetivas las que permitirán la creación. Y serán premiados aquellos estados que sepan articular las posibilidades de su difusión. Véanse territorios como Italia, España, Francia. De este último, con casi 70 millones de turistas al año, más de la mitad llega a recorrer castillos, exposiciones, museos, galerías.

Su libro es un mosaico de expresiones en el que no deja ningún ángulo sin tocar: los premios, las conferencias, proyectos de ley, los empresarios, las instituciones, los medios, el poder, las regalías, los impuestos, los pintores.

El último libro al que hago alusión es de Mario Benedetti: Canciones del que no canta. El poeta transforma el dolor de la pérdida en creación y expresa su gusto por el amor, el erotismo, la soledad, los sueños y entre otros, nos habla de sus autores. “Cuando leí a Juan Rulfo crecí cuatro centímetros; cuando leí a Machado fue un milagro, con Vallejo pude soñar a gusto, con Onetti asimilé lo insólito y con Quiroga supe de tristezas” Y el vértigo de acompañar a Benedetti continúa página tras página: “…el bueno de Cortázar me convirtió en su cómplice; José Emilio Pacheco me dio mundo y su fuego, Juan Gelman el amor hecho tragedia, Marcel Proust las disculpas de la culpa, Neruda su muestrario de metáforas, García Márquez ya no sé cuántas cosas. Son los autores que metí en mi vida, éstos y muchos más uvas de otro viñedo y cuando me desarmo y los encuentro, brindo con ellos en copas de letras”.

¡Salud maestro!

Twitter: @RaulCremoux