Opinión

Ahora todo es culpa de Muamar Kadhafi


 
Ya lo señalabamos el viernes: Libia, que llegó a disfrutar del mejor ingreso por persona de África, es ahora caldo de cultivo del islamismo militante y campo propicio para las aventuras militares de un Pentágono al que muy poco le afecta el famoso shutdown, que van de las playas de Trípoli a las miserables aldeas somalíes en la costa del Océano Índico.
 
 
Pese a las bravatas del canciller John Kerry, que no disimulan el efecto interno que se intenta dar a la captura de Nazih Abdul Hamed el Rukai, mejor conocido como Abu Anas el Liby, la operación de los SEAL, la CIA y la FBI en Trípoli del sábado habla más de un atrasado ajuste de cuentas con los presuntos responsables de los mortíferos atentados contra las embajadas norteamericanas en Nairobi y Dar el Salam ––que marcaron con 224 víctimas el surgimiento global de Al Qaeda–– hace 15 años, que de un esfuerzo por evitar que el extremismo eche raíces en el país del Magreb.
 
 
De 49 años y nacido en Trípoli, El Libi se unió a Al Qaeda en Sudán durante los años noventa y más tarde obtuvo asilo político en Gran Bretaña. aunque fiscales estadounidenses lo acusaron en 2000 y se ofreció una recompensa de 5 millones de dólares por su cabeza. Tras la caída del régimen de Muamar Kadhafi en 2011, El Libi regresó a su país y, sin embargo, aclara The New York Times, no habría tenido ninguna participación en el ataque al consulado en Bengazi del año pasado, que costó la vida al embajador Christopher Stevens y a otros tres norteamericanos.
 
 
Moderno
 
 
Como quiera que sea, lo que resulta inverosímil es que ahora que Libia se sumerge en las pugnas tribales y Washington ni siquiera le informa de sus incursiones, se busque culpar de todos los males al linchado Kadhafi. Ahí está, por ejemplo, apunta Asia Times, el caso de Ian Martin, ex secretario general de Amnistía Internacional y enviado especial de Naciones Unidas al propio Trípoli, Nepal y Timor Este, afirmando que los problemas se deben a que el antiguo dirigente “dejó a Libia ausente de casi todas las instituciones de la gobernabilidad moderna”.
 
 
Ni que decir de un tal Stephen Hollingshead, “analista de riesgo político” y creador de la Fundación Amigos de Libia, quien en un diario financiado por la cancillería de Kerry, The Libya Herald, asentó que “cuando el gobierno se derrumbó en Irak y Afganistán, la gente se preguntó con las manos en los bolsillos si los estadounidenses restablecerían los servicios básicos. En Libia la gente hizo las cosas por sí misma; hay un espíritu muy fuerte de la iniciativa individual al estilo norteamericano”. Así no lo ve Abdul Bassit Harun, uno de los comandantes de las milicias “aliadas” de EU en la guerra, quien después del asalto del sábado concluyó que “el Estado libio simplemente no existe”.