Opinión

Ahora Siria

10 febrero 2014 4:11 Última actualización 09 septiembre 2013 5:2

 Gerardo René Herrera Huízar
 
 
Tras la caída del muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, la geopolítica mundial dio un vuelco radical, el mundo bipolar característico de la segunda mitad del siglo XX llegaba a su fin y con él los tradicionales enemigos del imperialismo occidental. Los Estados Unidos se erigieron, en apariencia, como la indiscutible potencia predominante a nivel global, pero la ausencia de la “amenaza” en que se basaron los equilibrios mundiales durante las cuatro décadas anteriores obligó a un replanteamiento de los objetivos, estrategias y modos de acción ante los nuevos escenarios.
 
 
Casi inmediatamente, el adversario cambió de rostro, el shafka se transmutó en turbante y el riesgo de la devastación nuclear instantánea fue sustituido por el acecho silencioso y permanente de potenciales atentados aislados que pudieran ser perpetrados por  miembros de malvadas organizaciones fanáticas en cualquier momento y en cualquier lugar. El nuevo e indispensable enemigo sustituto, tomó forma e imagen.
 
 
La justificación para la acción armada la proveyeron antiguos aliados: la invasión iraquí a Kuwait, primero, acompañada de una campaña mediática basada en el supuesto desarrollo de armas de destrucción masiva por parte de Irak y el ataque aéreo a las torres gemelas en Nueva York, después.  Ambos hechos han sido puestos en tela de juicio en cuanto a su veracidad e intencionalidad, fortaleciéndose la versión de que fueron eventos fabricados para obtener una razón suficiente que justificara la intervención en el Oriente Medio.
 
 
Dados los antecedentes y el creciente escepticismo, tanto en la sociedad norteamericana como a nivel mundial, no extraña la postura mostrada, incluso por aliados de los Estados Unidos, contraria a la intervención armada contra Siria, que se promueve, como si fuera una campaña electoral, desde la misma casa blanca, señalando que será una intervención limitada, sin tropas terrestres, con el único objeto de evitar que el, ahora terrible, presidente de ese país vuelva a masacrar a su población con armas químicas.
 
 
El hecho es que, a pesar de las bondades manifestadas de una acción armada limitada de este tipo, la sociedad estadounidense ha expresado su rechazo y en la comunidad internacional se percibe incredulidad sobre los argumentos expuestos. La postura más definida, en contra de las intenciones bélicas del gobierno norteamericano ha sido la del presidente ruso Vladimir Putin, quien ha exigido pruebas irrefutables sobre el supuesto empleo de armas químicas contra el pueblo sirio, así como la aprobación, en todo caso, por parte de las Naciones Unidas, de la intervención armada. De no ser así, toda acción militar será considerada por Rusia como una agresión, por lo tanto ilegal.
 
 
La negativa rusa a las pretensiones de Washington va acompañada también de advertencias contundentes que incluyen el apoyo militar a Siria, esto eleva el tono y hace recordar los tiempos de la guerra fría. La reminiscencia de Corea, Vietnam y Afganistán se hace presente. Si ante las invasiones de los Bush en la región, la posición de Moscú fue irrelevante y se pasó incluso sobre la desaprobación de la ONU en una abierta expresión de arrogancia y poderío absoluto, hoy ante la crisis siria, Rusia reasume un papel protagónico en el tablero mundial y se ubica como  fiel de balanza, como lo fue hasta antes de la Perestroika, en el equilibrio militar y político, frente a los Estados Unidos y sus aliados.
 
 
La posición del presidente ruso es firme y clara, y será un factor determinante en los sucesos futuros del medio oriente.
 
 
El oso no estaba muerto. Tal vez un poco adormecido.
 
grhhuizar@gmail.com