Opinión

Ahora Ebrard,
¿mañana quién?

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Marcelo Ebrard Casaubón

Este sexenio inició mucho antes de la cita electoral de 2012. Su verdadero arranque lo marcó la decisión de perdonar a Humberto Moreira. En algo que sólo puede ser interpretado como un acuerdo de impunidad, los desgastados panistas del gobierno federal y los priistas que parecían destinados a ganar decidieron que la megadeuda que el exgobernador dejó en Coahuila no fuera perseguida con todas las de la ley.

Luego, con el triunfo electoral de Enrique Peña Nieto, la cúpula del PRD se acercó al ganador y entre las tres fuerzas políticas principales definieron el Pacto por México, convenio cuya agenda de cambios estructurales incluía un propósito: que todo cambie pero que para nosotros, los partidos signantes, todo quede igual.

El error, pues, ya no era sólo vivir lejos del presupuesto, sino quedar fuera del acuerdo que garantizaba que se tiene capacidad de negociar, que se ha ganado el derecho a ser parte de los convidados a participar en la política.

La hipótesis anterior tiene en Andrés Manuel López Obrador la excepción que la confirma. Los tres mandamases –a pesar de todo el PRD lo sigue siendo– de este modelo calculan que el tabasqueño no crecerá de nuevo. Incluso, como PAN y PRI no tienen muchas oportunidades en el Distrito Federal, esos partidos pueden darse el lujo de dejar que la izquierda juegue a la suma cero en la capital en cada elección. El J-7 habría corroborado eso.

Pero salvo AMLO, nadie está exento de pagar por el pecado de desafiar a la élite gobernante. Como lo ilustra perfectamente Marcelo Ebrard, cuyo caso es muy grave por razones que van mucho más allá del personaje en cuestión.

Hemos regresado el reloj y está de nuevo en casa el modelo del perseguido político. Como en otras cosas, los panistas no tuvieron éxito a la hora de emprender persecuciones políticas (alguien dirá que hasta en eso los blanquiazules “fueron torpes”). Así que luego del megafiasco del desafuero contra López Obrador (con Fox), y aunque Manuel Espino, Nahum Acosta o los del llamado michoacanazo digan otra cosa (con Calderón), México pudo transitar dos sexenios sin perseguidos políticos*. Hasta Ebrard.

El caso del exjefe de gobierno huele, camina y hace como… perseguido político. El gobierno federal ha empleado contra él recursos legales y políticos que está lejos de utilizar con gobernadores como Javier Duarte y César Duarte, o con los exgorbernadores tamaulipecos Eugenio Hernández y Tomás Yarrington, por mencionar apenas un puñado de nombres que también ameritarían investigaciones. Y de Montiel (no se rían) ni hablar.

Que el PRI-gobierno sea incapaz de comprender que su vendetta contra Ebrard sólo le restará aún más credibilidad es entendible: su ADN es ese, no lo pueden evitar.

Pero que el PAN y el PRD hayan decidido permitir que se sacrifique de este modo al exjefe de gobierno es un tremendo error, uno esencial. Esos partidos nacieron, precisamente, para combatir las conductas autoritarias que hoy no sólo toleran sino que incluso fomentan. Bien muchach@s, se convirtieron en lo que detestaban.

Incluso si concedemos que Marcelo debe varias explicaciones sobre diversos temas, la cuestión no es si Ebrard es o no inocente, sino que al permitir una aplicación discrecional de la ley estaremos caminando en el sentido contrario a la del Estado de derecho.

Entonces sólo será cuestión de tiempo para que un nuevo adversario, de esos que no comulgan en la actual mesa del poder, sea perseguido. ¿Quién sigue?

*(Los Pinos contra Aristegui en 2011 merece análisis aparte).

Twitter:
@SalCamarena

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