Opinión

Ahmed Shuja Pasha y el informe Ben Laden


 
 
La semana pasada el gobierno de Pakistán dio a conocer su reporte sobre la incursión de comandos estadounidenses en Abbottabad de mayo de 2011, que se saldó con lo que podría considerarse el mayor éxito en la arena internacional de Barack Obama, el asesinato de Osama ben Laden. Como era de esperarse, el reporte es un descomunal carpetazo, que pretende hacernos creer que la presencia del hombre más buscado del mundo pasó inadvertida en su territorio para uno de los países más autoritarios y militarizados.
 
 
Empecemos por lo obvio: Ben Laden, al igual que el Talibán afgano, no se explicaría sin la ayuda de la Inteligencia Interservicios (ISI) de Pakistán, que junto a la CIA y Arabia Saudita engendraron en los años ochenta la guerrilla islamista que propinó a Moscú una grave derrota en 1989. A partir de ese año, sin embargo, Ben Laden y El Kaida (La Base) se convirtieron en la nueva bestia negra de Washington. El multimillonario saudí rechazó la presencia de las tropas aliadas en su país con el pretexto de la guerra por Kuwait con el Irak de Sadam Husein en 1991; en el fondo, a lo que se oponía era al fortalecimiento de la hegemonía estadounidense-israelí en Oriente Medio.
 
 
Por su lado, Pakistán no renunció al apoyo de El Kaida y del extremismo wahabí --muy útiles para su propia pugna con India, el rival atómico--, hasta el 11-S, cuando empezó a efectuar verdaderos malabares para justificarse ante las exigencias norteamericanas de liquidar la retaguardia estratégica de Ben Laden. Pero como si fuera el guión de una mala película de Hollywood, el informe citado arriba achaca a la 'negligencia e incompetencia colectiva' de la ISI y de las todopoderosas fuerzas armadas el hecho de que Ben Laden lograra ocultarse durante casi 6 años en una casa a sólo cien metros de algunas de las academias castrenses más prestigiosas de Pakistán.
 
 
Ayuda
 
 
El documento de 336 páginas, reseñado por El Yazira, no descarta incluso que algunos funcionarios del espionaje hayan actuado por su cuenta para respaldar a Ben Laden, “dado el tiempo de su permanencia y los cambios de residencia que hizo con su familia”. La investigación recoge el testimonio de Ahmed Shuya Pasha, entonces titular de la ISI, quien por supuesto se lava las manos y “advierte” que “somos un Estado fracasado, aún cuando todavía no lo somos”.
 
 
También aparecen los detalles pintorescos, como el sombrero vaquero que usaba Ben Laden para no ser descubierto por los satélites y los drones del Pentágono. Washington, parece confirmar sin querer, siempre supo dónde se hallaba su “enemigo número uno”. La ISI, en cambio, “cerró el libro” desde 2005 al darlo por muerto o considerar que todavía combatía en el vecino Afganistán. A fin de cuentas, como le gustaba decir al dictador Pervez Musharraf, uno de sus viejos protectores, “nadie lo ha visto” y “no sabemos donde está”.