Opinión

Aguantar y no ceder

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PRI. (Cuartoscuro)

Los números, de la semana pasada, de Parametría–El Financiero: PRI, 32 por ciento; PAN, 26 por ciento; PRD, 13 por ciento; Partido Verde 11 por ciento; y Morena, 9 por ciento, están en los mismos rangos de la encuesta de hace un mes.

Lo primero que vuelve a sorprender es que el PRI conserve esa intención de voto, pese a la baja popularidad del presidente de la República, Ayotzinapa, los conflictos de interés, los efectos de la reforma fiscal y, por supuesto, el insuficiente crecimiento económico.

La contradicción es flagrante, pero real: la inconformidad con la gestión del gobierno coexiste con una intención de voto por el PRI, que no rompe el piso del 30 por ciento. ¿Existe una explicación racional para esto o se trata de una suerte de delirio colectivo? Difícil decirlo.

El PRI parece haber tocado su punto de resistencia y se ha convertido en un partido teflón. Todo se le resbala. No sólo eso. Si las tendencias actuales persisten, la alianza PRI-Verde romperá el patrón vigente: el partido en el gobierno no alcanza, desde hace 18 años, la mayoría absoluta en la cámara de diputados en los comicios intermedios.

Porque el 32 por ciento del PRI sumado al 11 por ciento del Verde, mediante la alianza en 244 distritos, le otorgarían, sin duda alguna, la mayoría absoluta a la coalición en la cámara de diputados.

Este es el núcleo de la estrategia que se ha trazado Los Pinos, a partir de una doble consideración: a) ningún partido, ni siquiera el PRI con los recursos y la maquinaria electoral de que dispone, puede alcanzar por sí solo la mayoría absoluta; b) el pacto con el Verde –a quien está apoyando abiertamente– es capital porque es una organización que tiene margen para seguir creciendo.

La alianza, en consecuencia, llegó para quedarse más allá de la elección intermedia. El mejor ejemplo de esa voluntad de largo plazo es la forma en que se repartieron los 244 distritos: 188 para el PRI y 56 para el Verde. De manera tal, que al final de la jornada electoral del 7 de junio, pase lo que pase, los verdes tendrán la mayor votación y bancada de su historia.

Los incentivos para mantener esa convergencia hacia el 2018 están a la vista: el PRI estaría en mejores condiciones para mantenerse en el poder, y el Verde aseguraría el apoyo de Los Pinos, durante el resto del sexenio, para consolidar su crecimiento.

Sobra decir que dentro de 3 años, la mancuerna sería mortal para una izquierda dividida. Lo que, desde ahora, podría tener un efecto favorable para los objetivos de López Obrador. Porque en el imaginario de todas las fuerzas de izquierda estará la certeza de que o se unen o se hunden.

Para el PAN, el panorama se complica irremediablemente porque el repunte que ha tenido en los últimos meses no le garantiza convertirse en la primera fuerza política, y porque hacia el 2018 no se vislumbra con qué otra formación podría tejer una alianza.

Para el proceso de reforma, en lo que se refiere a transparencia, combate a la corrupción, impunidad y construcción de un Estado de derecho, la victoria de la coalición podría tener un efecto negativo.

La reacción del ganador será suponer que la inconformidad social ha quedado atrás y que los cambios no son indispensables. Equivaldría a parafrasear la famosa sentencia de Nietzsche: “lo que no te mata, te fortalece”, bajo la forma: “el que aguanta y no cede, gana”.

Ante semejante reacción, se podrán hacer largas argumentaciones: la inconformidad sigue latente, tarde o temprano se expresará, la elección presidencial –con mayor participación– será el punto de quiebre, etcétera, etcétera.

Pero la experiencia reciente muestra que la actual administración tiene un temple más bien conservador.

El método utilizado para enfrentar los problemas ha sido cerrar expedientes y darles carpetazo (Ayotzinapa, el conflicto de interés) o negar la existencia de los mismos (los efectos negativos de la reforma fiscal y los indices de violencia e inseguridad).

En dos palabras, aguantar y no ceder.

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