Opinión

Agresiones a periodistas: matar sin costo abarata la vida


 
Tan sólo en 2012 se reportó la desaparición de 2 periodistas y 7 fueron asesinados en México, en tanto que 8 medios fueron atacados en sus instalaciones.
 
Agresión y advertencia, amenaza y represión, amago y venganza.
 
En años recientes, la cuenta de periodistas asesinados y desaparecidos ha rebasado el centenar. Demasiado como para pensar en hechos aislados. La agresión a medios y periodistas es ya una práctica. Lo habitual hace mella en el ánimo y tiende a disminuir el asombro. Acostumbrarse inhabilita.
 
Durante el sexenio de Vicente Fox, cuando asomaba apenas la ruta de violencia hacia los periodistas en el siglo que comenzaba, la tragedia se pasó por alto. En la administración de Felipe Calderón, esta violencia se combatió con algunas declaraciones de correcta indignación y medidas inocuas. Nada detuvo las agresiones.
 
Más bien se premiaron con el trofeo que en esos años se convirtió en la forma de cerrar el ciclo del delito: la impunidad.
 
Hoy siguen impunes los homicidas. Matar sin costo abarata la vida.
 
Hoy continúan en libertad los que ordenaron y los que ejecutaron, los que se incomodaron por alguna publicación y los que impusieron silencio de sangre a los que tenían información y posibilidades de difundirla.
 
La inutilidad de la Fiscalía Especial de Atención a Delitos contra la Libertad de Expresión es tan larga como el retórico nombre.
 
En otro tiempo múltiples voces exigían la creación de una fiscalía especializada. Ya se crearon 2 y nada ha cambiado. Sin resultados ninguna explicación procede. Ni siquiera hay vigor en la exposición de los pretextos. La apatía dicta inacción. Oficinas y sillones son cómodos y suficientes. Para qué investigar si siempre habrá un cúmulo de razones para explicar la parálisis.
 
Algo similar ocurre con el Mecanismo de Protección a Periodistas y Defensores de Derechos Humanos. No se ha encontrado la fórmula para ofrecer protección eficaz.
 
Ni protección ni justicia. Sólo un gran vacío.
 
La violencia puede seguir apagando voces. Y cuando las voces se apagan, la población pierde. El derecho a la información como enunciado solamente. El Estado garantizará el derecho a la información, reza el texto constitucional desde hace más de 35 años. El texto está bien allí, como firma que suscribe la intención y no el compromiso.
 
Mientras la impunidad prevalezca, y en el caso de las agresiones a periodistas se ha convertido en realidad inalterada, seguirán las amenazas, las represalias y los homicidios. Y seguirán ganando terreno la censura y la autocensura.
 
Como el derecho a la información, la libertad de expresión se convertirá en un conjunto de palabras sin sentido, aunque su sonoridad invite a las autoridades a pronunciarlas con voz bíblica.
 
En el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto la mano armada que asesina a periodistas ya dio su primer golpe, mientras que la violencia que balea instalaciones de medios ya actuó de manera reiterada.
 
Que no se acomode esta tragedia en la conciencia de los nuevos responsables.