Opinión

Agravamos los problemas al confundir causa
y efecto

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grecia

Hace una semana que un querido amigo empezó a sentir un fuerte dolor en el pecho, decidió inyectarse un potente analgésico que eliminó el dolor, y al día siguiente acabó en la sala de urgencias del hospital en el que aún convalece. El dolor tiene una función importante, nos indica que algo está mal. Al eliminarlo corremos el riesgo de ignorar lo que lo ocasionó y vernos forzados a tomar medidas más extremas para resolverlo.

Atacar la consecuencia y no la causa es una práctica común y nociva. La colosal inyección de liquidez que han hecho los bancos centrales de Estados Unidos, Reino Unido, Japón, Suiza y Europa, entre otros, funciona igual que un analgésico. Pero resulta peligroso si durante su adormecedor efecto se evaden los motivos estructurales que causaron la crisis.

En Europa éstos están intactos. Estamos en la siguiente fase de la crisis griega porque poco se hizo en los últimos años para resolver problemas de fondo: primero, que es ínfima la competitividad internacional griega; segundo, que los programas de beneficencia social europea son insostenibles con una población que ha envejecido; tercero, que mucha de la prosperidad alemana proviene de generar superávit comerciales enormes (llegaron a tener un superávit de cuenta corriente de casi 10 por ciento del PIB en 2012), es decir, que le exportan su desempleo al resto de la Eurozona.

En Estados Unidos se sigue sin enfrentar el problema de un sistema financiero con intermediarios excesivamente grandes; una regulación obtusa, carísima e inútil; un sistema de educación pública obsoleto que impide movilidad social y promueve dogmatismo; salud pública rehén de aseguradoras, litigantes y farmacéuticas; y alarmante crecimiento de pensiones públicas no fondeadas.

China también muestra problemas estructurales serios. Además de ser una dictadura que solapa corrupción generalizada, su modelo de crecimiento se basa en la fantasía de obra pública inútil, y enfrentan una burbuja crediticia colosal. Japón tiene endeudamiento que equivale a 2.5 veces el tamaño de su economía. El mundo se niega a enfrentar sus crisis estructurales, y como mi amigo, prefiere eliminar el dolor aunque eso agrave el problema.

México, evidentemente, no está exento del mismo pecado. Enfrentamos el problema de pobreza repartiéndole dinero –sin proyecto alguno– a los pobres, generando dependencia y fomentando una cultura de política clientelar. En un país con preocupante falta de movilidad social, toleramos actitudes racistas y tenemos un sistema de educación pública paupérrimo, en el que proveemos a los estudiantes con tabletas electrónicas a ser usadas en salones donde “enseñan” maestros analfabetas. Permitimos que el poder del SNTE y la CNTE crezca, y dejamos en manos de estos sátrapas al activo más importante que tiene cualquier nación: su niñez.

Cuando la CNTE toma la ciudad de México como rehén de sus espurias demandas, Osorio Chong y la administración peñista ceden entregándoles control sobre el presupuesto, en una claudicación que se contrapone a la esencia de la reforma educativa. El gobierno de México acepta pagarle a aviadores con nuestro dinero, con tal de que levanten su bloqueo de las dos avenidas más importantes de la ciudad. Al hacerlo, garantizan que otros recurrirán a prácticas iguales, buscando soluciones iguales, tengan o no derecho a recursos.

Se hace una reforma fiscal puramente con fines recaudatorios, sin buscar aumentar el tamaño de la base o aumentar la competitividad, sabiendo que eso equivale a incrementarle la presión del agua a una tubería llena de hoyos, donde habrá colosal desperdicio, y abrimos la llave de un gasto público estéril que carece de planeación alguna.

Consentimos corrupción generalizada. El año pasado, el gobierno generó un déficit fiscal enorme (4.2 por ciento del PIB), sentando peligrosos precedentes. La deuda pública en México, prométase lo que se prometa, crecerá rápidamente este sexenio, y su costo se volverá una pesada carga cuando las tasas de interés internacionales regresen a niveles normales. Peor aún, rompimos una disciplina fiscal aprendida a punta de dolorosas crisis, sabiendo que al hacerlo se sienta un precedente que absolvería a un presidente populista que llegara al poder. Ahora, un López Obrador podrá decir que no fue él quien rompió con la disciplina, además de que tendría peligroso acceso a la imprenta del Banco Central.

Peleamos contra violencia y narcotráfico sin fortalecer el Estado de derecho, e incluso proponemos legalizar drogas, sin antes enfrentar las causas de debilidad social, económica y en el núcleo familiar que sientan una peligrosa base que fomenta peligrosas adicciones. Una y otra vez, escuchamos quejas sobre la enorme polarización del ingreso en México (y en el resto del mundo), pero seguimos sin invertir en desarrollar el capital humano de nuestro país. Desperdiciamos enorme potencial al permitir no sólo la marginación de la mayoría de nuestra población, sino incluso la discriminación por temas de género.
Los recursos –y el tiempo– son limitados y por ello urge atacar causas o las consecuencias se agravarán.

Twitter: @jorgesuarezv

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