Opinión

Agosto y los toros

  
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Toros

El octavo mes del año es en España el mes de mayor actividad taurina en la península. Existe un viejo dicho que reza: “el torero que no torea el 15 de agosto en España, es que no es torero”. Día de fiesta nacional y, por ende, día de toros.

Pero la actividad taurina del verano empieza desde julio. Los toreros y sus cuadrillas recorren miles de kilómetros de norte a sur, de este a oeste, incluso cruzando las fronteras hacia Portugal y Francia; una especie de caravana artística que llega a cada localidad a brindar su arte, a jugarse la vida con valor, celebrándola, retando a la muerte. Aunque este aspecto confunde a muchos hoy en día -somos menos los que hoy lo entendemos, admiramos y valoramos-, eso no quiere decir que debemos renunciar a ello, simplemente porque es nuestro derecho a vivir bajo los valores que decidamos para nosotros y para nuestros hijos; nadie tiene derecho a decidir sobre nosotros, nadie tiene la calidad moral para exigirnos renunciar a nuestra pasión, que además es parte de nuestra vida, de la forma de entenderla, gozarla e incluso de sufrirla.

La semana pasada en la Feria de Santander se dieron algunos hechos que me hacen reflexionar sobre el momento de la fiesta, la intransigencia de algunos que se creen más civilizados, y la necesidad de evitar por todos los medios que nos prohíban la tauromaquia.

A principios de semana, el maestro Enrique Ponce en su temporada número 26 como profesional, dictó cátedra en el ruedo de Cuatro Caminos; la brisa del cantábrico fue digna acompañante de una obra llena de maestría, elegancia y valor. Al valenciano hay que admirarle su profesionalismo, así como su dedicación en cuerpo y alma a su quehacer, valores que, tomados de la tauromaquia y aplicados a la vida, hacen del hombre un mejor ser humano, capaz de amar la naturaleza, respetar a sus semejantes y nunca buscar el camino fácil, que en el toro no lo hay. Ojalá y muchos políticos adoptaran estos valores y no se enriquecieran en seis años de manera grotesca, y no sólo políticos de puestos elevados, ahora ya cualquier burócrata intenta enriquecerse en poco tiempo a costa de robar, para decirlo claro. En el toro como en la vida de la gente decente y honorable, el dinero se gana con el esfuerzo diario, se convive con el fracaso, nada viene de manera sencilla, y es sólo con tesón, disciplina y valor para enfrentar cada circunstancia de la vida como se triunfa.

El jueves pasado en una tarde de clima maravilloso, con un cielo azul que enamoraba y un entorno que exaltaba la grandeza del hombre, se jugaron la vida ante seis toros, tres maestros: un joven veterano como El Juli, un gran torero como Miguel Ángel Perera, y un jovencísimo y superdotado torero del Perú, Andrés Roca Rey. Tres ejemplos de disciplina y máximo sacrificio para alcanzar un sueño, tres personalidades distintas que brindaron una tarde llena de emociones e hicieron vibrar a las más de 10 mil personas que llenaron el coso santanderino. Afuera del mismo, antes del festejo, 14 antitaurinos —sí, 14, porque me di a la tarea de contarlos— protestaban con la mirada perdida, con ojos de una furia que llamaba más a la pena de sus vidas que a la búsqueda de una lucha que de origen es contraria a la libertad de sus semejantes. A media corrida de toros, casi al unísono todo el público entonó un clásico cántico cántabro, lo que erizó la piel al sentir la emoción de un grupo de seres humanos unidos ante un espectáculo que defienden y defenderán con lo que haga falta; una celebración a la vida, a sus tradiciones y a su origen, elementos fundamentales en cualquier sociedad con valores. Los tres toreros y los seis toros nos llevaron por el camino de la emoción, del valor y del arte en una tarde inolvidable.

Lo que son las cosas, el sábado en la última corrida de la feria, se tenía programado a Manuel Escribano, aquel torero sevillano del que hace apenas unas semanas escribí después de que recibiera una tremenda cornada en el mismo triángulo de escarpa; la vida se le iba en cada gota de sangre, y si no es por la voluntad de Dios y las manos milagrosas de los médicos, hubiese pagado con su existencia la gloria de ser torero. Lidiaría toros del mismo hierro que casi le arranca la vida, Adolfo Martín... Lo que son las cosas. En abril prácticamente otro toro de la misma procedencia, le consolidó en la élite del toreo, “Cobradiezmos”, del hierro de Victorino Martín, que fue indultado en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. Tarde cumbre de Manuel. Este sábado no tuvo el cuerpo listo para reaparecer y fue sustituido por otro sevillano, Manuel de Jesús El Cid, quien junto a Miguel Ángel Perera y Alejandro Talavante completarían el cartel. Tarde gris, lluviosa, que la verdad no invitaba a los toros. Abrió plaza “Madroñito”, un precioso cárdeno claro que desde su salida mostró cualidades y bravura. El Cid, especialista en este encaste, lo supo ver y fue creando una faena justa, bien pensada y de mucha entrega para lograr una obra en la que toro y torero fueron protagonistas de la inigualable emoción del toreo. Tandas por ambos lados, de trazo recto y muleta muy baja, con el toro embistiendo muy humillado (esto quiere decir con la cabeza muy baja); la emoción fue creciendo hasta que el público comenzó a solicitar el indulto del toro. Un premio a la vida obtenido por la máxima expresión de la bravura. Un simbolismo enorme ante la presencia afuera de la plaza de los mismos 14 protestones de triste estampa.

El juez de plaza otorgó el máximo premio a la bravura del toro, la vida como recompensa a la esencia de su especie y del arte al que da sustento. Emoción al reconfirmar que la tauromaquia tiene vida, que su esencia, tradición y valor es mucho mayor a la moda en la que el ser humano intenta ser más humano queriendo ser animal y despreciando o ignorando a sus semejantes.

Regresó “Madroñito” al campo bravo a vivir como un rey.

Entre el tercer y cuarto toro, brincaron dos tipos de chamagosa presencia al ruedo, se despojaron de unas hediondas camisetas y protestaron contra la tauromaquia, corrieron como liebres asustadas hasta que cayeron al suelo por su evidente estado y una lamentable descoordinación, fueron sacados del coso con respeto y sin violencia, intentaron defenderse, pero su forma física y estado salubre eran evidentes. Nos enteramos que eran holandeses. Con respeto a sus paisanos, ¡qué caramba entenderán estos dos idiotas de la cultura española, de la tauromaquia y de la forma de ver la vida de quienes la amamos! Una cosa es ser tolerantes, pero creo que hay límites, y los taurinos hemos llegado a ese punto.


Twitter: @rafaelcue

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