Opinión

África, el continente olvidado en la política exterior mexicana

Mauricio de Maria y Campos

En memoria de Rafael Izquierdo y Víctor Alfonso Maldonado, dos brillantes economistas internacionalistas que fallecieron la semana pasada. Apenas cinco meses después del inicio de su segundo mandato, el porcentaje de ciudadanos que desaprueba la gestión del presidente estadounidense Barack Obama ya superaba a la proporción de quienes la aprueban. Junio fue el primer mes en que la opinión mayoritaria fue, consistentemente, el rechazo, lo que se ha profundizado en la primera mitad de julio.

Al día de ayer, 49.4 por ciento de los estadounidenses desaprobaban la gestión del demócrata, mientras que 45.8 por ciento la aprobaban de acuerdo con el portal Real Clear Politics (RCP), que calcula un promedio de todas las encuestas públicas a nivel nacional.

No es una sorpresa tras la acumulación de varios escándalos recientes, como la admisión, por parte del Servicio de Administración Tributaria (IRS), de que había empleado criterios políticos para investigar evasiones de impuestos, concentrándose en grupos conservadores relacionados con el Tea Party. Y, particularmente, tras la revelación de los programas de vigilancia empleados por la Agencia de Seguridad Nacional (NSA).

Estos últimos han generado reacciones adversas no solo en Estados Unidos, sino también a nivel internacional, después de publicarse que las misiones diplomáticas de varios países en Washington y la ONU habían sido objeto de espionaje. En Alemania se reportó el inicio de investigaciones judiciales sobre las prácticas, y funcionarios de los países involucrados han pedido explicaciones.

A ello hay que sumar las tensiones diplomáticas que ha generado el paradero de Edward Snowden, ex empleado de la NSA responsable de filtrar la información sobre los métodos de vigilancia de la agencia.

Es previsible que esto empeore conforme salgan a la luz más detalles sobre dichas prácticas. Una caída en su popularidad a nivel internacional seguramente no está entre las prioridades de Obama, pero el declive que registran las encuestas en su país sí le representa un problema serio.

Con un ambiente político tan polarizado en Estados Unidos, el demócrata ha apostado al apoyo popular de algunas de sus propuestas clave para lograr su aprobación en el Congreso. Pero una opinión pública que no le favorece representa un contratiempo más para esta estrategia.

De acuerdo con datos de Gallup, que ha realizado encuestas sobre el apoyo al presidente desde 1937, si la presidencia de Obama concluyera hoy su porcentaje promedio de aprobación sería de 49.0 por ciento, por debajo del 49.4 por ciento de George W. Bush. De los trece presidentes que han ocupado el cargo desde que dicha empresa mide esta variable, solo Harry S. Truman (1945-1953, con 45.4 por ciento), Gerald Ford (1974-1977, con 47.2 por ciento) y James Carter (1977-1981, con 45.5 por ciento) tendrían promedios por debajo del que hasta ahora registra Obama.

Un comparativo más profundo de estos datos merecería un análisis por separado. Pero ayudan a poner en perspectiva histórica la popularidad del actual presidente estadounidense.

El problema para Obama es que la gran apuesta de su segundo periodo como presidente, la reforma migratoria, está en manos de una Cámara de Representantes dominada por un dividido Partido Republicano, que además no está dispuesto a dejar que el presidente tome el crédito de su hipotética aprobación.

Algo debe cambiar en la agenda presidencial y en la estrategia con que se han manejado los escándalos del IRS y la NSA, si Barack Obama pretende frenar la caída en su popularidad. No pensando en que pudiera convertirse en un presidente más impopular que George W. Bush, sino teniendo presente que una opinión pública mayoritariamente en su contra es lo último que necesita a la hora de negociar con los republicanos.