Opinión

Afectos y afectaciones


El conductor de la televisión, afamado, envía un magnífico regalo al gobernador en turno de la entidad. No es cualquier obsequio. Puede ser incluso un carro del año. Con ello se está asegurando su propio futuro, pues el político lo tendrá siempre presente considerándolo en su presupuesto.
 
¿Alguien recuerda que, durante un altercado público, el Jetta que usaba la conductora Lilli Téllez era propiedad del gobierno sonorense, de donde ella es oriunda? ¿Alguien recuerda que, el pasado 18 de septiembre, el helicóptero desplomado que se usaba para una grabación de un video promocional para el reality de La Academia era propiedad del gobierno michoacano y no de TV Azteca? Raúl Velasco, ya fallecido, el locutor que manipulaba a los cantantes para llevarlos a los senderos del éxito o del fracaso, se enriqueció desproporcionadamente con los multiplicados dineros que le entregaban los distintos gobiernos de la República entera. Y de tener mínimas relaciones con las periodistas de su originario entorno pasó a entablar conversaciones profundas (que en él es un decir, por supuesto) con mujeres ahora de su enriquecido entorno. ¿Cuántas reporteras han tenido affaires con políticos y empresarios que les han completado (o mejorado) su salario? ¿No periodistas, ya hombres ya mujeres, en verdad se han enamorado (o creído subsistir en el enamoramiento) de estos hombres de alcurnia desvalorando —sin saberlo o sin quererlo— su oficio periodístico?
 
En una fiesta de subidos tonos y aromas, el jefe de información, el que controla a cada uno de los presentadores de los diferentes noticiarios de la empresa, se acerca a uno de los reporteros, que empieza a tener notoriedad en las pantallas, para sobarle, primero con discreción, la pierna; luego, ya de manera descarada, el faje podría decirse que es demasiado evidente, lo que perturba al reportero, que detiene, bruscamente, con severidad, al jefe, que no puede creer tal arrebato de defensa de un cuerpo que aún no es suyo. No contento con la muestra de su desprecio, el reportero le sorraja un puñetazo, lo que de plano desconcierta al poderoso funcionario de la empresa, que tiene guardado para el periodista el peor de sus destinos: el destierro total de las pantallas; es decir, le declara su inexistencia, y en estos días ya casi nadie se acuerda de aquella promesa periodística.
Asunto que me recuerda, a la vez, un caso parecido, aunque con otra connotación. En una reunión entre varios periodistas en una cantina de la ciudad brindaban por la salida a las calles de un nuevo diario. Sumaban una docena, cuando mucho. El coordinador de una sección estaba sentado junto a una reportera, de radiante físico, que él había contratado. La muchacha, si corregía algunos trazos de su sintaxis y se ponía a leer como era —es— obligatorio en la profesión podía aspirar al culmen periodístico. Después de la cuarta copa las voces se alzaban ruidosas. La alegría era contagiosa y las bebidas realzaban la belleza de la joven reportera, que en un gesto de gratitud rozó la pierna del coordinador, que contestó de igual modo, cosa que no hubiera hecho nunca pues en el acto la mujer se puso, incontenible, a llorar, lo que causó una obvia turbación en los festejantes. Por más que le preguntaban por los motivos de sus numerosas lágrimas, la reportera se mantuvo silenciosa. Pero no dejó de llorar durante el resto del convivio. No fue sino hasta muchos años después que el coordinador fue enterado de las razones de aquel aparentemente inexplicable suceso. El director del diario no había perdido su tiempo: ya había reparado en ella y, mediante un citatorio en su oficina a espaldas de los hacedores de la sección, la sedujo precipitadamente. Ella lloraba porque no quería traicionar tan pronto a su poderoso amante. Y, por supuesto, nadie debía saberlo.
 
El secreto era muy suyo
 
También he conocido al director de un diario que tenía de amantes a la mayoría de las bonitas reporteras de su empresa, a sabiendas de que cada una sabía los pormenores de los apasionamientos de sus respectivas compañeras. Y todas ellas saludaban con excesiva cortesía a la esposa del señor director, cuando llegaba a presentarse, ocasionalmente, en las instalaciones del rotativo. Cuando yo comenzaba en el oficio trabajé en una editorial cuya azotea era el mismísimo Paraíso, vedado obviamente para los empleados terrenales que allí laborábamos. Resulta que en ese sitio, una especie de penthouse con alberca incluida (¡y si nosotros lo ignorábamos, con mayor razón la gente que miraba al pasar el viejo edificio!), se "rodaban" las escenas de las fotonovelas casi porno que la empresa vendía por cientos de miles de ejemplares. Las habitaciones también servían posteriormente para el gozo personal del empresario editor con las vedettes que aceptaban, encantadas, un fabuloso pago extra para retozar con el adinerado aventurero. En esa redacción el subdirector llamaba a su guapa secretaria en privado para dictarle asuntos relacionados con la administración interna, que ella, atingente, llevaba con orden riguroso. Lo curioso es que siempre que salía de aquella oficina lo hacía de modo alterado. Con el tiempo supe que sólo se introducía a ese sitio para ser a la vez introducida en otros cabales y corpóreos organigramas.
 
Una periodista de cuerpo sinuoso consiguió trabajo en la zona informativa de la Subsecretaría de Seguridad. Ya llevaba dos frustradas pero intensas relaciones con periodistas, que eran los que circulaban en su derredor en los diarios en los que había trabajado. Ahora, continuando con el canon que reza que el amor nace en el centro del trabajo, aceptó, honrada, salir con un funcionario de alta estirpe encargado de no sé qué clase policiaca de la ciudad. Aunque lo negaba supuestamente para no cubrirse de desprestigio ante sus colegas, sus figurativas andanzas finalmente se convirtieron en costumbrista certeza: el amor se localiza irremediablemente en los pasillos comunes, no en las fronteras ideológicas ni, mucho menos, en el fondo de los corazones románticos.
 
Y así como se afanan ciertos periodistas en asegurar su futuro económico (¡no sabe usted cuántos informadores andan en la busca de afianzar sus confianzas con el político encumbrado!), para elevar su rango de vida, del mismo modo sus vidas se transforman maravillosamente si caminan del lado de mujeres hermosas o de hombres afamados y acaudalados, que ésos, y no otros, son los únicos y boyantes objetivos de quienes, ya extraviados en la mira periodística, aún viven de la vestidura periodística.
 
A veces, sí, enturbian los afectos e inobjetablemente se padecen las afectaciones.