Opinión

Adversarios

La democracia no es un sistema político que sirve para eliminar conflictos, sino para procesarlos. Por eso es el mejor sistema político que conocemos. Los seres humanos pensamos diferente, salvo cuando la comunidad o el poder sin límites lo impide. Fuera de esos dos casos extremos, no existe posibilidad alguna de lograr que toda la sociedad esté de acuerdo en un conjunto de valores, decisiones, planes, o la forma de pensamiento o acción común que usted imagine. Sabemos esto con certeza desde hace poco más de medio siglo, cuando Kenneth Arrow demostró que una sociedad formada por personas mínimamente racionales es incapaz de construir ese conjunto deseable para todos.

Como pensamos distinto, hay que encontrar alguna forma de procesar esas diferencias. Durante la mayor parte de la historia humana, la forma era más sencilla: el que tenía fuerza imponía a los demás sus ideas y decisiones, hasta su muerte o hasta que alguien con más fuerza lo sustituía. Hace muy poco tiempo que experimentamos con otra forma, que consiste en seleccionar un pequeño grupo de personas para que deliberen y decidan, y a otra para que coordine la aplicación de esas decisiones. Para resolver disputas, hay otro grupo de personas que siguen un proceso diferente de selección. Esos son los tres poderes que usted conoce, y este sistema es la democracia liberal, o representativa, que ahora existe en muchos países.

Este sistema exige que podamos discutir los temas, tomar decisiones, y avanzar a otras discusiones. Pero eso se hace imposible si un grupo considera que los que piensan diferente son sus enemigos, traidores a la patria, merecedores de escarnio, castigo y desprecio.

A últimas fechas esto se ha generalizado. En el norte del país circularon volantes con fotos de los diputados y senadores que habían votado a favor de la reforma fiscal, es decir, de igualar el IVA en frontera con el resto del país, acusándolos de eso, de traidores. Hubo incluso agresiones físicas a estos representantes. Ahora algo similar se hace con la reforma de telecomunicaciones, y no dudo que pasará algo similar con la energética, porque desde hace tiempo quienes no están de acuerdo con ella acusan a los que sí de traidores a la patria.

Tal vez a algunos políticos, comentaristas y opinadores se les haga fácil acusar a sus adversarios de enemigos y traidores, pero cometen un error mayúsculo. Primero, porque el sustento de la democracia es el respeto al adversario, que permite el diálogo. Segundo, porque de la polarización no surge el consenso, sino la discordia, que puede convertirse súbitamente en violencia.

Decidir que es importante financiar adecuadamente al Estado, que se requiere cambiar el modelo energético del país, que deben liberarse las telecomunicaciones, que el sistema educativo no funciona, debe hacerse en un marco de respeto general. Si calificamos de traidores a quienes perciben diferente el tema fiscal, energético, de competencia o educativo, negamos el diálogo, la negociación, y al final, la democracia. Es decir, apostamos por un modelo autoritario. Eso no es nada extraño en un país que, en 204 años de existencia, no suma dos décadas de democracia, pero que no sorprenda no implica que no debamos evidenciarlo.

Pensamos diferente, sin ser traidores, vendidos, resentidos o tontos. Pensamos diferente porque somos humanos. Aceptémonos como iguales. Es el primer paso.