Opinión

Adonde yo soy tú somos nosotros (Octavio Paz)

Entre otros comentarios vertidos en internet acerca del intento fallido de 15 hondureños, migrantes mutilados, de entrevistarse con el presidente Enrique Peña Nieto, encuentro este de Edgar Alvarado (y lo reproduzco tal cual):

“Es realmente cómico, o sea que si yo me voy de ilegal a los EU y me caigo de un tren a donde voy de polizón y me amputan una pierna, por eso soy un soldado y exigiré ver a Obama, estas personas sabían del peligro de montarse en la bestia, no vengan con su cuento de víctimas, sólo falta que le pidan a peña nieto una jubilación por eso, carajo, que le exijan al gobierno de su país, esto ya se pasa de la raya.”

También referidas a migrantes hondureños, encuentro estas palabras, firmadas por Mirna Rivas:

“Que barbaridad que gente mas necia prefieren quedar mutilados o muertos regresen para honduras y se ponen a trabajar.”

Desde luego, estas personas tienen derecho a sus ideas y a la libertad de expresarlas.

Me parece, sin embargo, que estas opiniones no tienen memoria y que revelan un abismo de lejanía respecto de la indefensión, la vulnerabilidad y los derechos humanos, además de replicar estereotipos xenofóbicos que debieran estar superados.

Olvidan, por ejemplo, que la condición humana de las personas está por encima de nacionalidades y documentos migratorios. Las fronteras y las banderas, tan necesarias para fijar una patria, abrazar el sentimiento de pertenencia y trabajar por el terruño, han causado un inmenso caudal de sufrimiento y discriminación cuando conducen al extremo de negar, excluir y condenar a “los otros”.

Olvidan también que cada año cientos de miles de mexicanos intentan llegar a Estados Unidos y que, en promedio anual, mueren alrededor de 400 en la franja fronteriza. Mueren de hipotermia, deshidratación y hambre en desiertos y montañas, sin más delito que el de aspirar a una mejor calidad de vida.

Olvidan que como mexicanos nos sentimos agraviados por las políticas migratorias de Estados Unidos, que excluyen, acosan y persiguen a los indocumentados.

Olvidan que es por los mismos anhelos y necesidades que cada año unos 100 mil centroamericanos se internan en México con la intención de llegar a Estados Unidos.

Olvidan que estos migrantes son como los nuestros, semejantes todos, ávidos de trabajo y de mejores ingresos, con el hambre de sus hijos en las sienes, con la angustia de sus padres en el corazón, con la ilusión de lograr en otra tierra lo que la suya les ha negado.

Qué bueno, Edgar, Mirna, que no tengan necesidad de ir, indocumentados, clandestinos, a otro país. Lo celebro. Pero esta circunstancia no puede convertirnos en ciegos ni adormecer nuestra conciencia.

Los derechos y los anhelos de los otros también son nuestros, como lo son sus alegrías, logros, dificultades y tragedias, pues cada vez que se defiende al otro se gana espacio para todos.

Las libertades de que hoy gozamos y los derechos que hoy nos son reconocidos son resultado de quienes pensaron generosamente y no de quienes condenaron lo ajeno simplemente porque no quisieron comprenderlo.