Opinión

Administración por ocurrencias

10 febrero 2014 4:29 Última actualización 21 octubre 2013 5:2

 
Gerardo René Herrera Huízar

Muy diversas son las formas de ejercer una administración. La historia de esta ciencia en permanente evolución es plena de ejemplos exitosos, tanto como de rotundos fracasos, ya sea en estados autoritarios o en democracias consolidadas. Desde el cameralismo hasta las burocracias weberianas, sólo para ubicarnos en la modernidad, la administración pública se ha erigido como un andamiaje indispensable para la organización de la vida en comunidad y para la dirección eficiente de los negocios del estado.
 

Las técnicas, las herramientas y los procedimientos, a lo largo del tiempo han requerido de una especialización profunda de sus cuadros y una profesionalización cada vez más esmerada en función de la creciente complejidad que ofrece el mundo a los estados, a los gobiernos y a las sociedades. Así se han diseñado innovadoras metodologías que paulatinamente han ido ocupando su espacio en cada época: administración por programas; por objetivos; por presupuestos…Se han adoptado modelos gerenciales más flexibles y horizontales, que más pronto que tarde son remplazados por otros más novedosos y prometedores, que han dado resultados o son el último grito de la moda en otras latitudes.
 

Pero en el “ánimo innovador” que ha caracterizado a las administraciones públicas de nuestro país durante las últimas décadas, se ha venido desarrollando un nuevo modelo de cuño muy mexicano: “La Administración por Ocurrencias” (APO por sus siglas en castellano), con un esquema vanguardista y enteramente flexible, de constante innovación y permanente aprendizaje.
 

El modelo facilita la renovación de cuadros con ideas frescas, que se superponen a la vetusta experiencia de la administración previa. Permite iniciar constantemente procesos de ensayo-error en busca de la mejora continua. Resulta ideal para imprimir el sello personal y transformar la imagen institucional. Permite prescindir de cualquier lastre ideológico, político o administrativo del pasado. Exime del pesado fardo de reunir un perfil específico para un puesto determinado. Facilita el aprovechamiento de las capacidades multifuncionales de los colaboradores. Otorga la facilidad de reunir nuevamente a los amigos de la infancia y la juventud en un ambiente de cordialidad, haciendo más cálido el cumplimiento de las abrumadoras responsabilidades públicas. Permite acoplarse a las exigencias del momento sin quedar restringidos a molestos cumplimientos de metas, objetivos y tiempos.
 

Desde luego, como toda creación humana, el innovador modelo mexicano (APO) muestra algunas “ventanas de oportunidad” que parecen no resultar relevantes ante sus potencialidades, por ejemplo, no garantiza la gobernanza, esto es la dirección eficaz de la vida en comunidad y la atención eficiente de demandas sociales. Limita la generación de capital humano y la profesionalización de cuadros para tareas especializadas. Restringe la continuidad de programas y proyectos de largo plazo y lastra la competitividad, además que torna más compleja la rendición de cuentas y la transparencia en el ejercicio de las arduas funciones públicas.
 

El desarrollo del modelo, bajo un sistema de botín, por otra parte, ha resultado de gran utilidad práctica para la generación de negocios altamente rentables y productivos en diversos niveles de la administración. Los eventuales efectos nocivos que algunos de ellos hayan tenido sobre la población o el erario (desastres, endeudamientos, desvíos, crímenes y violencia asociada), pueden considerarse efectos colaterales, siempre presentes en la evolución social.
 

Dejemos los atavismos administrativos, olvidemos la responsabilidad social, impulsemos la renovación generacional constante, ajustemos la normatividad a la circunstancia, ignoremos principios y valores desusados, dejemos de pensar en un futuro sustentable basado en inútiles proyectos estratégicos, vivamos el aquí y el hoy. ¡innovemos! Algo se nos ocurrirá.