Opinión

Adiós Juan Carlos, ¿adiós a las monarquías?

El inesperado anuncio del rey Juan Carlos de abdicación al trono de España impactó al mundo, pese a que desde hacía más de un año corrían los rumores que así sería, como consecuencia de una serie de escándalos familiares por fraudes y evasión fiscal, enfermedades y extraños negocios que habían provocado que su imagen hasta entonces admirada, respetada, incluso venerada, viniera en picada. En enero, el mensaje que tenía fue claro: seis de cada 10 españoles, querían que dejara el trono. Juan Carlos buscó quedarse, pero este fin de semana, en una decisión unipersonal, según trascendió en la Casa Real, decidió irse. La pregunta es si al abdicar a favor de su hijo Felipe, salva a la monarquía española de morir.

La caída en la popularidad de Juan Carlos era imparable. Una encuesta de Sigma Dos, publicada en enero pasado por el periódico El Mundo, reveló que 62 por ciento de los españoles quería que dejara el trono, comparado con 44.7 por ciento que lo deseaba un año antes. Sólo 41.3 por ciento mantenía una buena opinión de él, un duro contraste frente al 76 por ciento que hablaba positivamente del rey un año antes. Su imagen arrastró a la Corona española, que se encuentra en estos momentos en su peor nivel de confiabilidad. La última medición del Centro de Investigación Sociológicas, realizada a mediados de abril, mostró que el nivel de confianza de los españoles en su monarquía era de 3.72 -de un máximo de 10-, que significaba una caída de 100 por ciento de acuerdo con el nivel en el que se encontraba en 1994.

El desplome de la aprobación del rey y de la Corona se conjuntó con la crisis política y económica que vive España desde 2008, que arrancó con 1.9 millones de desempleados y que para diciembre del año pasado llegó a 6.2 millones, y una pérdida de credibilidad de todas las instituciones. Juan Carlos y su familia contribuyeron al desmoronamiento de la Corona, con los escándalos de su yerno y su hija Cristina por presunta evasión fiscal y malversación de fondos, y su propia barahúnda con una vida privada de lujos y excesos, pero sobre todo, por un viaje de cacería a Botswana en 2012 que detonó la indignación.

Ese viaje fue subsidiado por el magnate sirio Mohamed Eyad Kayali, asesor del príncipe saudí Salman bin Abdulaziz, que participó activamente en el otorgamiento de un contrato por casi 10 mil millones de dólares para un tren bala. Nada se hubiera sabido de esta operación de no haberse lastimado el rey en ese safari, que le dio el tiro de gracia a su popularidad entre los españoles. La Casa Real insistió en que no recibió comisión alguna por esos contratos, pero la percepción sobre actos ilegítimos, si no ilegales, subsistió. Los negativos de Juan Carlos y la monarquía han ido creciendo, de acuerdo a como cambia la demografía de esa nación.

El 60 por ciento de los españoles nació después de la muerte del dictador Francisco Franco en 1975, y no tiene ninguna relación emocional, política o ideológica con el proceso de transición democrática española de finales de los 70, donde radican los principales activos históricos del rey. Las nuevas generaciones no ven los atributos del pasado, sino exigen los presentes. También están en la lógica de la rendición de cuentas, donde la monarquía española ha sido bastante opaca. El “tesoro nacional” que para muchos españoles significó Juan Carlos por casi cuatro décadas, no lo es más.

Tras el escándalo de Botswana y en medio de la crisis económica, el rey y el príncipe Felipe aceptaron reducir 7.0 por ciento el presupuesto de la Casa Real, estimado en 10 millones de dólares anuales, que es casi una cuarta parte de lo que pagan los contribuyentes ingleses por su monarquía, que comenzó a mostrar el agotamiento de la realeza. De hecho, la discusión sobre si las monarquías deben ser abolidas lleva más de una década, iniciado en el Reino Unido, el modelo de coronas, que mantiene aún el respaldo de poco más de 80 por ciento de los ingleses. El año pasado dos miembros de la realeza europea abdicaron, la reina Beatriz de Holanda y el rey Alberto II de Bélgica. Pero el debate no tomó fuerza, como está sucediendo en estos momentos por el retiro de Juan Carlos. La realidad europea es que si bien algunos no quieren a sus monarcas, como en Suecia, o se venía dando en España, sí quieren a la monarquía.

Quienes son partidarios de los monarcas, aseguran que garantizan la estabilidad política, el respeto por la tradición y el orgullo nacional, además de que son una atracción para turistas y llevan derrama económica a sus países. El caso de Juan Carlos, sin embargo, demuestra que ese argumento es endeble. Los republicanos, en cambio, consideran a los monarcas un anacronismo dentro de una sociedad democrática, por más que, como en España, sean monarquías constitucionales.

El año pasado Isaac Inkeles escribió en el Harvard International Review que las monarquías son dinero tirado a la basura. Pero además, sugirió, son una anomalía en el mundo moderno. No tienen ciudadanos, sino súbditos; nacen, viven y mueren en sus cargos, sin ganárselos ni tener que luchar por mantenerlos; son por nacimiento individuos superiores al resto, aunque lleguen a ser, como se ha visto en muchos casos, individual y profesionalmente inferiores a las mayorías. “Es totalmente anti-natural”, subrayó Inkeles. Tiene toda la razón. Las monarquías deberían abolirse.