Opinión

Adicción: jinete del Apocalipsis

Fernando Curiel

Para Marcela, Mike y Alberto Brevísimo, lector, es el espacio que la palabra “adicción” ocupa en el diccionario de nuestra lengua. Apenas: ser un cristiano dominado por el hábito, ora de las drogas tóxicas, ya por el juego.

Alcoholismo, drogadicción, ludopatía.

Pudieron haber elegido, los doctos señores académicos, en vez de “dominado”, “poseído”. Y esto sin ninguna invocación diabólica. Sólo semántica.

Asimismo se consigna el otro sentido admitido de la palabra, a saber: adicción a algo o a alguien. Con lo que se traslada la aplicación, del campo tóxico, al, digamos, político (de acuerdo, con lo suyo de toxicidad).

Así como en los treinta del pasado siglo prosperó una adicción callista (a la que puso remedio Cárdenas el genuino), hoy por hoy cunde una adicción pejeísta. Cuestión de fanatismo en ambos casos.
Ahora bien: rasgo sobresaliente de nuestro presente, baldío, al garete, es la adicción general a las noticias de vidas famosas descalabradas, rotas, catastróficas. Y si asoma la cola del trago, la coca, la heroína, más que mejor.

Morbo público que hermana al más remoto poblado de Antofagasta y a Ciudad Netzahualcóyotl, a los paseantes de la Quinta Avenida de Nueva York y a los “socialités” de Antara, a tejanos y a franchutes.

¿Adoración de fan que, en realidad, empolla, atesora un resentimiento, un afán de venganza presto a florecer? A lo mejor. No te fíes, Cyrus, para citar el último grito pospop; ni tú Shakira, para no ignorar a nuestras divas; de tus incondicionales admiradores. Con tu efigie tatuada en un brazo, esperan, pacientes, a que te derrumbes.

Estos días, la atención pública se solaza, ceba, en dos autodestrucciones en pleno Olimpo. Y no me refiero a los patéticos desfiguros de Lucero y Cristian. Hablo de pesos pesados.

Philipe Seymour Hoffman.

Portentoso actor. Dueño de los sets cinematográficos y los tablados teatrales. Reencarnación, la más perfecta, del camaleónico Truman Capote (capaz de escribir, con la misma mano, Desayuno en Tiffany y A sangre fría). En la línea de Orson Welles y Marlon Brando. 40 años de edad. Una temprana adicción a la heroína vencida heroicamente. 22 años de sobriedad. Un matrimonio estable: días, meses, años, hasta sumar tres lustros. Igual número de hijos. Mimado por los Dioses.
Pero (puntos suspensivos).

Súbito abandono, desaliño, soledad. En vez de Sweet Home, vocinglero, el silencio de una lóbrego departamento neoyorkino. En vez de la Alfombra Roja (nuevo Paraíso), los callejones malolientes donde reina, torvo, cruel, sin conmiseración, intercambiable, eslabón de la cadena, el “dealer”.

Matrimonio al hoyo. Separación. Consumo que compite consigo mismo. Compromisos de trabajo cumplidos a medio gas, la mente en otro lado, el oscuro de la luna.

Blanco de paparazzis. Hoffman, la barba crecida, la ropa arrugada, una gorra astrosa, comiendo solo en un “fast food” de mala muerte. Hoffman derrumbado, alcoholizado, dormido durante un vuelo local. Hoffman retirando 200 dólares cada diez minutos de un cajero automático.

Cabalgadura.

La provisión para el viaje definitivo. Decenas de dosis. Encierro. Uno o dos recados por el celular, aunque no llamadas de auxilio. Ese SOS por millones conocido. Un pinchazo, otro, otro, otro, otro. Lo encuentran ya muerto, el brazo derecho lanceado por una jeringa.

Ian Thorpe.

Superestrella de la natación australiana. Si nació en 1962, anda (perdido) en sus 32 años. 5 medallas de oro 5 en la Olimpiada de Atenas. A los 21 años. Alto, guapo, modelo natural en calzones o con ropa deportiva. Un Ronaldo. Se le llama Torpedo

Pero (puntos suspensivos).

Las aguas en las que sigue zambulléndose, nadando, mudan de naturaleza y color. El negro lodoso de una depresión inopinada y voraz, el tornasol del alcohol por el que escapa a la depresión (lodo, pero lodo mental, la llamo Styron).

La policía, supongo que de Sidney, recién lo encontró una noche vagando por las calles, sucio, moda Hoffman; no muy cierto de su identidad, ni de dónde procedía, ni a donde se dirigía. Aunque rumbo tuvo esa noche: la reclusión en una clínica para adictos extremos.
Seguiremos informando.

¿Qué saben de estos infiernos, cambios brutales de la Diosa Fortuna, los políticos en la banca, el frívolo Jorge Castañeda, el alto empleado del imperio Ernesto Zedillo (¡vaya ambición en la vida!), por citar dos ejemplos, que propugnan el libre consumo de “Juanita”, “La Grifa”, “La Verde”? Así nomás, a secas, sin concomitantes políticas y orientaciones públicas, empleo para los ejércitos de jóvenes.

¡Me lleva! ¿Por qué no actuaron cuando pudieron?

¿Demagogia? ¿Estar otra vez en el candelero?

Positivo. Positivo. ¿Piensan que así volverán a la cancha? Niguas.

Así, pues, los señores doctos académicos necesitan revisar el trabajo hecho. Ahondar, con sus implicaciones terminológicas, en la adicción. Jinete seductor del Apocalipsis.

¿O por qué no, de plano, un específico diccionario? Churro, toque, piedra, flopper, mona (en diferentes sabores), oro blanco, pomo, pomito, chupe, churrito, anfentaminas, solventes…

Sí, un académico diccionario de adicciones. Realidad pura, tremenda, que se expande como la humedad.

Incluso podría interesarle a la posorfila Editorial Siglo XXI.