Opinión

'Ad portas' una nueva etapa de la acumulación de capital en México

Las casi totalmente aprobadas y seguramente pronto promulgadas nuevas leyes secundarias referentes al petróleo y la electricidad, son una buena oportunidad para pensar qué nueva trayectoria adoptará el capitalismo mexicano, como resultado de estas importantes reformas legales.

Sin duda el asunto trasciende el tema de los energéticos y de lo jurídico-político. En efecto, la matriz estatal de explotación de los recursos petrolíferos pasará a un esquema de privatización fundamental, con un componente de propiedad estatal menor y subsidiario, muy distinto del actual monopolio estatal. Algo muy semejante ocurrirá con la electricidad que, a diferencia de la industria petrolera, ya había avanzado en un proceso de privatización desde hace por lo menos dos décadas.

La privatización de un bien significa, entre otras cosas, un nuevo esquema de distribución, apropiación e inversión de rentas. La renta petrolera, antes pública, aunque en mucho apropiada por privados desde el Estado o los aparatos sociales como los sindicatos, pasará ahora, directamente, al beneficio privado, sobre todo corporativo. No sólo nacional sino, de modo muy significado, a corporaciones multinacionales.

Como los propios nuevos ordenamientos jurídicos lo contemplan, en breve serán parte del escenario British Petroleum, Texaco, Esso y muchas más, extrayendo, refinando y vendiendo petrolíferos en nuestras ciudades y demás territorios. Pasaremos de un mercado monopólico a otro oligopólico. Sin duda, será otro escenario vis-à-vis del que hemos estado acostumbrado las generaciones postrevolucionarias del siglo XX y lo que va del actual. Ya se instaurarán museos que reflejen esas diferencias en lo visual y en otros ámbitos.

A partir de ahora se forjará otra mentalidad “mexicana” respecto de lo que fue una manera de construir y pensar a un país y la transformación de pensarlo y saberlo ahora globalizado, hasta en lo energético. El último bastión del nacionalismo que finalmente cederá su espacio a la globalidad y a sus agentes.

Pero como mencioné anteriormente, el tema va más allá de lo sectorial. Estas nuevas reglas, en un espacio tan crucial como la riqueza energética, por su monto, significarán una etapa de acumulación más amplia, dentro y fuera de la economía de México. Hace mucho que nos acompaña una inequitativa distribución del ingreso y de la riqueza. Estas nuevas reglas harán, muy seguramente, más amplia la brecha. Y el petróleo mexicano contribuirá al ya de por si crecido volumen de ganancias de las multinacionales petroleras y las involucradas en la venta de electricidad. Pero la mayor acumulación de ganancias se hará no sólo por medio de precios aumentados a los consumidores, aunque la propaganda gubernamental ofrezca lo opuesto. También habrá una nueva exacción de recursos a los ciudadanos porque el Estado mexicano tendrá que resarcir, de alguna manera, los recursos que ya no recibirá, particularmente de Pemex.

Se trata, a mi juicio, de una nueva vuelta de tuerca a la desigualdad. Los actores, políticos y partidos comprometidos con esta transformación, son los nuevos arquitectos de una desigualdad aumentada.

Para ser justos, habrá que señalar que existirán algunos beneficios. Examinemos algunos posibles. Esta apertura al capital multinacional y nacional de la industria de los energéticos significará algún nivel de nueva inversión. Incluso, no sería extraño que en aquellos espacios en donde ya se sabe que existen grandes yacimientos, importantes recursos se hagan presentes con sus consecuentes impactos económicos en proveedores, y creación de empleos. Pero, conociendo las prácticas de estas empresas, no será una novedad observar que los puestos mejor pagados serán para personal extranjero y los que se ofrezcan a los nacionales estarán restringidos a niveles de educación que corresponden a deciles de ingreso privilegiados o acomodados. El grueso de la población, la más necesitada de nuevos impulsos económicos, verá transitar por enfrente de su vista lo que los políticos prometieron pero que no les beneficia. Esto, en México, es cuenta corriente.

De esta manera, las reformas que hoy atestiguamos son parte de un largo historial que inició en los ochenta con el ajuste estructural y que ha prometido las perlas de la virgen y ha producido pepitas de oro para manos privilegiadas, de antaño o recicladas.

Las reformas estructurales si bien no agudizan el escenario de poco crecimiento y desigualdad que se ha tenido, sí lo perpetúan; es decir, las reformas han sido el “arte” de reformar sin cambiar.

Los que hoy gobiernan son los más agudos de los últimos treinta años. Los anteriores desmantelaron un modelo. Estos agudizaron el que fue impuesto para lograr las mejores victorias para usufructuarios seculares, hoy modernizados, y le dejan menos espacios a los que también siempre la historia los ha hecho llegar tarde a la repartición. La diferencia es que ahora ya no hay nada que repartir. Todo ya está asignado.

El autor es catedrático de la Facultad de Economía–UNAM.

Correo: semerena@unam.mx