Opinión

Actuar siempre como si nos vieran

10 julio 2013 5:52

 
 
 
 
Baltasar Gracián (1601-1658), en su Arte de la prudencia (Planeta), “reúne varias de las características e ideas que hoy identificamos con lo moderno —dice José Ignacio Díez Fernández en la introducción—: el axioma de que el mundo es hostil, el pragmatismo, la adaptabilidad, la exploración de las leyes de la seducción, la valoración del fragmentismo y la sugerencia, el prestigioso uso del ingenio, la democratización de la moral, la exaltación del individuo, la autonomía del comportamiento con respecto a las creencias religiosas y un gran interés por la realidad”.
 
Dice Díez Fernández que, “aunque es inevitable buscar un hilo conductor que armonice los contenidos de los distintos aforismos, conviene no olvidar que el libro puede ser leído (y hoy aún más) de forma discontinua, buscando en cada sentencia la sabiduría aplicable a situaciones concretas, a cada caso”. Los 300 aforismos acaso poseen una premisa de suyo pesimista: “Se acepta sin discusión que el mundo es un enemigo al que debe enfrentarse el lector. Por ello el conocimiento que se precisa —dice Díez Fernández— debe ser eminentemente práctico, un saber que permita sobrevivir”.
 
 
Los clásicos, finalmente, siempre son contemporáneos. Gracián, hoy, sería sin duda un perfecto asesor de políticos sin cultura, que es decir la mayoría... si bien su asesoría sería prácticamente inútil, pues este manual de la prudencia graciana es completamente antípoda de los usos y costumbres de los políticos. Sería ahora Gracián un asesor emérito por su prestigio intelectual (a quien habría que escuchar con prudencia pero, precisamente por prudencia política, no hacer paradójicamente caso), tal como lo fue Fernando Benítez, por ejemplo, siempre asesorando al orbe oficialista. A continuación, unos cuantos aforismos —la cifra entre paréntesis es la que le corresponde en la numeración original— con el respectivo comentario del propio Gracián (acaso el padre, sin saberlo, o el iniciador, sin preverlo, de los futuros alentadores autoayudólogos, aunque evidentemente sin su faceta manida o moralista, que en este terreno Gracián podría asemejarse más a un fabulista que a un encaminador de vidas), continuamente atinado en sus palabras, sumamente prudente en sus teorías, atingente en su discurso admirable, pero ignorado en la práctica:
 
 
(2) Carácter e inteligencia: los dos polos para lucir las cualidades; uno sin otro es media buena suerte. No basta ser inteligente, se precisa la predisposición del carácter. La mala suerte del necio es errar la vocación en el estado, la ocupación, la vecindad y los amigos.
 
 
(4) El saber y el valor contribuyen conjuntamente a la grandeza. Hacen al hombre inmortal porque ellos lo son. Tanto es uno cuanto sabe, y el sabio todo lo puede. Un hombre sin conocimientos es un mundo a oscuras. Es necesario tener ojos y manos; es decir, juicio y fortaleza. Sin valor es estéril la sabiduría.
 
 
(9) Eludir los defectos de su nación. El agua participa de las cualidades, buenas o malas, de los lechos por donde pasa, y el hombre participa de las del clima del lugar donde nace. Unos más que otros están en deuda con sus patrias, pues les tocó allí un cielo más favorable. Ninguna nación se escapa de algún defecto innato, incluso la más culta, defecto que censuran los Estados vecinos como cautela o como consuelo. Corregir, o por lo menos disimular, estos defectos es un triunfo; con ello se consigue el plausible crédito de único entre los suyos, pues siempre se estima más lo que menos se espera. Hay también defectos de familia, de estado, de ocupación y de edad; si coinciden todos en un sujeto, y no se previenen con prudencia, crean un monstruo intolerable.
 
 
(12) Naturaleza y arte, materia y elaboración. No hay belleza sin ayuda, ni perfección que no parezca bárbara sin la participación del arte: socorre lo malo y perfecciona lo bueno. Comúnmente la naturaleza nos deja cuando menos lo esperamos: acojámonos al arte. El mejor natural es inculto sin el arte, y les falta la mitad a las perfecciones si les falta la cultura. Todo hombre parece tosco sin el arte. Es necesario pulirse para alcanzar la perfección.
 
 
(16) Saber con recta intención garantiza la abundancia de aciertos. Un buen entendimiento casado con una mala voluntad fue siempre una violación monstruosa. La intención malévola es un veneno de las perfecciones y, ayudada del saber, daña con mayor sutileza. ¡Desafortunada eminencia la que se emplea en la ruindad! Es una ciencia sin seso, una doble locura.
 
 
(28) No ser vulgar en nada. No serlo en el gusto. ¡Qué gran sabio aquel a quien no le gustaba que sus cosas agradaran a muchos! Los hartazgos de aplauso popular no satisfacen a los discretos. Algunos son como camaleones de la popularidad de tal manera que su placer no está en las suavísimas brisas de Apolo, sino en el aliento vulgar [“antiguamente —aclara con prudencia Díez Fernández— se creía que el camaleón se alimentaba de aire”]. Tampoco ser vulgar en el entendimiento. No se debe disfrutar con los milagros del vulgo, pues son simplemente “espantaignorantes”: el vulgo admira la necedad común y rechaza el consejo excelente.
 
 
(33) Saber apartarse. Es una gran lección de la vida el saber negar, pero lo es mayor el negarse uno mismo, tanto en los negocios como en el trato personal. Hay ocupaciones extrañas que son polillas del tiempo precioso. Peor es ocuparse de lo inútil que no hacer nada. Para ser prudente no basta no ser entrometido: hay que procurar que no te entrometan. No se puede ser tan de los otros que uno no sea de sí mismo. Incluso de los amigos no se debe abusar, ni querer más de ellos de lo que den. La demasía es vicio, y mucho más en el trato. Con esta moderación prudente se conserva mejor la estima y el agrado de todos, porque no se desgasta la preciosísima dignidad. Se debe mantener la libertad en la apasionada inclinación por lo selecto y no pecar nunca contra el propio buen gusto.
 
 
(50) Nunca perderse el respeto a sí mismo. Es mejor que ni siquiera se familiarice consigo mismo a solas. Su misma entereza debe ser la norma propia de su rectitud. Es mejor que deba más a la severidad de su opinión que a todas las normas externas. Que deje de hacer lo indecente más por el temor de su propia cordura que por el rigor de la autoridad ajena. Si llega a temerse no necesitará del imaginario ayo de Séneca [“su propia conciencia”, aclara el editor].
 
 
(69) No rendirse a los malos humores. El gran hombre nunca se sujeta a las variaciones anímicas. Es una lección de prudencia la reflexión sobre sí mismo, conocer su verdadera disposición y prevenirla e incluso desviarse hacia el otro extremo para hallar el equilibrio del buen sentido entre la naturaleza y el arte. Conocerse es empezar a corregirse. Hay monstruos de la impertinencia que siempre están de algún humor y los afectos varían con ellos; eternamente arrastrados por esta grosera destemplanza se arriesgan de modo contradictorio. Y no sólo corrompe la voluntad este exceso, sino alcanza al juicio, y altera la voluntad y el entendimiento.
 
 
(95) Saber mantener la expectativa: alimentarla siempre. Hay que prometer más y mucho. La mejor acción debe ser hacer un envite de gran cantidad. No se tiene que echar todo el resto en la primera buena jugada. Es una gran treta saber moderarse en las fuerzas, en el saber, e ir adelantando el triunfo.
 
 
(100) El hombre desengañado, que conoce los errores y engaños de la vida: es sabio virtuoso y filósofo del mundo. Serlo, pero no parecerlo y mucho menos hacer ostentación. La filosofía moral está desacreditada, aunque es la mayor ocupación de los sabios. La ciencia de los prudentes vive desautorizada. Séneca la introdujo en Roma y luego se conservó en los palacios. Hoy se considera impertinente, pero siempre el desengaño fue pasto de la prudencia y delicia de la entereza.
 
 
(133) Antes loco con todos que cuerdo a solas, dicen los políticos. Si todos son locos, no perderá con ninguno. Y si la cordura está sola, será tenida por locura. Por eso importa mucho seguir la corriente. A veces la mayor sabiduría es no saber o fingir no saber. Hay que vivir con los otros, y los ignorantes son mayoría. Para vivir aislado hay que ser casi divino o casi una bestia. Pero yo moderaría el aforismo diciendo: antes cuerdo con la mayoría que loco a solas. Algunos quieren estar solos en las quimeras.
 
 
(157) No engañarse sobre la condición de las personas, que es el peor y más fácil engaño. Más vale ser engañado en el precio que en la mercancía. No hay cosa que más necesite una mirada en el interior. Hay diferencia entre entender las cosas y conocer a las personas. Es elevada filosofía entender los caracteres y distinguir los humores de los hombres. Tan necesario como haber estudiado los libros es conocer la condición de las personas.
 
 
(181) Sin mentir, no decir todas las verdades. No hay cosa que necesite más cuidado que la verdad, pues es sangrarse el corazón. Tan necesario es saberla decir como saberla callar. Con una sola mentira se pierde toda la reputación de rectitud. Al engañado se tiene por falto de juicio y al engañador por falso, que es peor. No se pueden decir todas las verdades: unas porque me afectan a mí y otras a los demás.
 
 
(204) Hay que comenzar lo fácil como si fuera difícil y lo difícil como si fuera fácil, para no confiarse ni desanimarse. Sólo hay que dar algo por hecho para que no se haga; el esfuerzo allana el camino imposible. En los trances más difíciles no hay que pensar sino actuar. La visión del peligro provoca la parálisis.
 
 
(236) Convertir los premios en deudas de gratitud. Los grandes políticos lo hacen. Conceder los favores antes de conocer los méritos es una prueba de nobleza de ánimo. Anticipar el premio tiene dos ventajas: al darlo con rapidez acrecienta la deuda de gratitud y la deuda se convierte en obligación. Así se invierten sutilmente las obligaciones: la de dar el premio se transforma en la obligación de corresponder con gratitud. Esto sólo afecta a los hombres honrados. Con los viles, adelantar los honorarios es más un freno que un acicate.
 
 
(237) No compartir secretos con el superior. Uno creerá repartir peras y serán piedras. Muchos perecieron por ser confidentes: corrieron el riesgo de acabar como las cucharas de corteza de pan. Compartir un secreto no es un favor del príncipe, sino una carga. Muchos rompen el espejo porque les recuerda su fealdad; no pueden ver a quien vio su intimidad; no es bien visto quien vio algo desfavorable. A nadie se puede mantener muy endeudado y mucho menos al poderoso. Es mejor que sea por lo que uno ha hecho que por lo recibido. Sobre todo son muy peligrosas las confianzas de la amistad. Quien cuenta a otro los secretos se hace su esclavo. Con los soberanos es una violencia que no puede durar: quieren recuperar su libertad perdida y pasarán por encima de todo, incluso de la justicia. Los secretos: ni oírlos ni decirlos.
 
 
(240) Saber aparentar ignorancia. A veces el más sabio emplea esta carta. Hay ocasiones tales que lo más sabio es demostrar no saber. No se debe ignorar, pero sí fingir que se ignora. Importa poco ser sabio con los necios o cuerdo con los locos: hay que hablar a cada uno en su propio lenguaje. El necio no es el que finge necedad sino quien la padece. Es necedad la simulada. ¡Hasta aquí llega la astucia! Para ser estimado, el único medio es vestir la piel de asno.
 
 
(279) No responder a quien nos contradice. Hay que distinguir si es por astucia o por torpeza. No siempre es obstinación, sino a veces artimaña. Cuidado para no comprometerse en una, ni caer en otra. Los espías le sacan mucho partido. Contra esta ganzúa de nuestra intimidad la mejor defensa es cerrar por dentro con la llave del silencio.
 
 
(295) No presumir, sino hacer. Se fingen muy ocupados los que no tienen en qué. Lo convierten todo en misterio sin ninguna gracia: son camaleones que se alimentan de aplausos, provocando mucha risa. Si la vanidad siempre causó enfado, aquí risa: las hormiguitas del honor van mendigando hechos. El sabio no debe hacer ostentación ni de sus más importantes cualidades: hay que contentarse con hacer y dejar para otros el hablar. Que haga cosas, pero que no las pregone. No hay que alquilar una pluma de oro para que escriba sucias mentiras que nadie cree. Mejor es aspirar a ser un héroe que aspirar únicamente a parecerlo.
 
 
(297) Actuar siempre como si nos vieran. El prudente considera que le miran o que le mirarán. Sabe que las paredes oyen y que lo mal hecho acaba saliendo a la luz. Aunque esté solo, actúa como si todo el mundo le viera, porque sabe que todo se sabrá. Mira ya como testigos a los que, cuando se enteren, lo serán después. Quien desea que todos le vean no se preocupa de que desde fuera le puedan observar en su casa.