Opinión

¡Actúa como piensas…!,
o acabarás pensando como actúas

 
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Límites del pensamiento. (Shuterstock)

Pobre del hombre que se deja llevar sólo por sus apetitos, por sus sentimientos o por sus pasiones, y que no se puede “gobernar” a sí mismo. La prueba de calidad de un buen director es esa capacidad de mandarse y, obviamente, obedecerse a sí mismo, por eso nuestras abuelas nos decían “para saber mandar hay que saber obedecer”.

Quizá lo decían más con la idea de que les obedeciéramos, pero en el fondo estaban diciendo una “verdad de a kilo”: no sirve para mandar quien es incapaz de mandarse a sí mismo. No sirve para mandar quien no es capaz (con ejemplo, no con palabras) de demostrar que el también sabe obedecer.., y obedecerse.

Pensar es un acto que tiene que ver, principalmente, con la inteligencia; actuar es más bien un acto de la voluntad, Y ambos atributos son necesarios en un buen director. La inteligencia (y sus inseparables aliadas, la astucia y la sagacidad) le sirven para hacer un buen diagnóstico, para entender bien la realidad y para decidir —elegir— el objetivo a lograr, cómo alcanzarlo, qué competencias o habilidades serán necesarias…, En otras palabras, le sirve para decidir (formular) la estrategia.

La voluntad debe ser guiada por la inteligencia, porque si sólo es dirigida por los apetitos, pasiones o sentimientos, puede llevarnos a hacer cosas inadecuadas. En broma decimos a veces que no hay nada peor que un estúpido con iniciativa, es decir, alguien que no posee o no usa su inteligencia y en cambio tiene y usa mucha voluntad para emprender.

La inteligencia “sola”, la de uno solo, no basta; Mucho cuidado con la inteligencia que no “rinde” cuentas, no olvidemos que somos muy malos jueces de nosotros mismos, tendemos a justificarnos, a no ver nuestros defectos o limitaciones y a confiar demasiado en nuestro buen juicio.
No olvidemos que una de las características o requisitos para ser un buen director es saber escuchar, que no es lo mismo que oír; el ruido se oye, la buena música se escucha con atención.

Ya lo decía el mentor del emperador romano Adriano: “si no sabes escuchar, no sabes, no sirves para dirigir”. Escuchar implica tomar en cuenta —mismo si se rechaza— la opinión del otro, de quien se escucha. De ahí la importancia de los consejos, en sus dos acepciones: como dictámenes u opiniones que se escuchan para ver si hacemos o dejamos de hacer algo y también como un grupo de personas que nos ayudan a resolver un asunto.

¿Cómo validar nuestras decisiones, nuestros diagnósticos? Fernando el Católico, rey de Aragón, era un soberano que gobernó en la época en la que este modelo era “realmente” el de un rey y no una figura simbólica que no toma decisiones de gobierno, sino simplemente representa a su país como “cabeza” del Estado (pensemos en la actual reina de Inglaterra o en el Rey de España).

Fernando tenía autoridad y ha sido considerado como un dirigente bueno y ejemplar, y, sorprende saber, que instituyó un Consejo que le ayudaba a tomar decisiones y que, aunque fuera informalmente, por el poder que detentaba, le hacía “rendir cuentas”. Buen ejemplo de un gobernante que sabe que dos cabezas piensan más que una y así utiliza la inteligencia de otros, que seguramente sabían o veían cosas que él no, para mejorar la calidad de sus decisiones.

Y, si la inteligencia no “piensa” bien, éticamente; es decir, si no se basa en buenos valores y principios, el resultado puede ser desastroso. El famoso empresario e inversionista estadounidense, Warren Buffet, presidente del Consejo en Berkshire Hathaway, afirma al respecto: “alguien dijo que para contratar hay que buscar tres cosas: integridad, es decir, valores como la honestidad; inteligencia y voluntad. Si no hay integridad, las otras dos acabarán contigo y si lo piensas en verdad, es decir, si contratas a alguien sin integridad, mejor que sea tonto y flojo”.

Así, por lo menos, se minimizarán los delitos que su falta de integridad le impulsará a cometer, aunque su falta de inteligencia y de voluntad provocará que esos mismos delitos estén mal planeados o que ni siquiera se lleven a cabo.

Si se actúa como se piensa dejamos que nuestras acciones estén inspiradas en nuestros principios, es decir, reflejamos en nuestros actos nuestros valores. Por el contrario, si se actúa sin pensar, nos pareceremos más a los animales, que ante cualquier estímulo reaccionan como reflejo inmediato, sin pensar (sin integrar, dirían algunos) una respuesta.

Si, es mejor actuar como pensamos, es decir, poniendo en práctica nuestros principios, en vez de pensar como actuamos, si así lo hacemos acabaremos teniendo principios que serán fruto de reacciones espontáneas (“a bote pronto”) de lo que sucede alrededor y acabaremos teniendo principios producto de caprichos, sentimientos o apetitos inmediatos…

* El autor es profesor del Área de Política de Empresa (Estrategia y Dirección) en el Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE) y Director de Programas In-Company en la misma institución.

Correo: cruiz@ipade.mx

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