Opinión

Aclarando cifras

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Ingresos tributarios como porcentaje del PIB

El final del sueño fue 1982. Hasta entonces, los mexicanos seguían creyendo que el régimen de la Revolución cumpliría sus promesas, desde tierras para todos hasta Cadillac a la puerta. En realidad, el régimen se hundía desde 1965, cuando el crecimiento económico empezó a reducirse notoriamente y la única forma de evitar que la población lo notara fue endeudarnos. En los siguientes tres sexenios, la deuda pasó de 10 a 50 por ciento del PIB, que en el entorno internacional de entonces era impagable.

Pero si desde 1965 había problemas, los mexicanos no los percibían. Era una época en la que la información era escasa y controlada por el gobierno; una época de fronteras cerradas, sin acceso a infinidad de bienes que sólo se conocían en el extranjero. Lo que sí se notaba era una transformación social y política: crecían las invasiones de tierras urbanas, las ciudades perdidas, pero también las protestas contra el gobierno, que en 1968 y 1971 se transformaron en tragedias. Y luego el sexenio de Echeverría, a quien nadie quería, y el de López Portillo que, por comparación, inició su gobierno con fanfarrias y lo terminó con chiflidos y mentadas.

En realidad, la economía mexicana fue un fracaso durante todo el siglo XX. O para ser más exacto, desde que se fue Porfirio. Recuperar el ingreso por habitante que teníamos en ese 1911 exigió casi 30 años. Es hasta 1939 que volvemos a ese nivel. El crecimiento económico por habitante, de 1911 a 1939, fue exactamente cero. Fueron 28 años. Tal vez por eso pudimos crecer los siguientes 25, porque veníamos atrasados. Nada raro, hay que recordar que algo parecido ocurrió con buena parte del mundo: la posguerra parecía milagrosa, porque se olvidaba el estancamiento de la entreguerra. Así, cuando calculamos el ritmo de crecimiento de México desde 1911 hasta 1965, ya no da ese mítico 3.0 por ciento por habitante, sino poco menos de la mitad.

Visto de esta forma, los tres períodos del régimen de la Revolución: ascenso y consolidación (1911-1965), decadencia (1965-1986) y derrumbe y transformación (1986-2015), no son tan diferentes. En el primero crecimos 1.4 por ciento por habitante al año, en el segundo 1.8 por ciento y en el tercero 1.9 por ciento. Y eso sin corregir por el endeudamiento, porque entonces la última época, en la que pagamos buena parte de ella, resulta mejor que cualquiera de las dos anteriores, por mucho.

Es así que el famoso milagro económico mexicano no existió nunca. Si crecimos entre 1940 y 1965 fue en buena medida compensando las tres décadas perdidas anteriores. Si del 65 en adelante no cayó el ritmo, fue porque nos endeudamos. Si a partir de 1982 hubo que aguantar, fue para pagar la demencia previa. A partir de 1986 empezó el intento de corregir el rumbo, que ha tenido altas y bajas, pero que prácticamente ha terminado. En 30 años, se estabilizó la economía, se democratizó la política, fue creciendo la voz de todos los mexicanos.

En el proceso, crecieron los poderes fácticos: gobernadores, sindicatos, monopolios, y el crimen organizado. Estamos en proceso de acabar con ellos, con gran costo. El sistema anticorrupción puede ser muy útil, y hay que presionar para que salga.

Pero afirmar que hubo épocas mejores en el pasado de México no tiene sentido, ni es verdad. Lo que sí ha ocurrido, desde 1982, es que cada intento de avanzar provoca grandes reacciones, y las dificultades van agotando a la población. Si ese cansancio se hace inmanejable antes de que terminemos el proceso, será una gran tragedia. Pero hoy nadie lo sabe.

Twitter: @macariomx

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