Opinión

Aclaración

    
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Donald Trump

Ayer comparaba a Donald Trump con Calígula o Nerón, emperadores romanos del primer siglo de la era actual, que en el imaginario suelen asociarse con un carácter atrabiliario y con la decadencia. Sin embargo, esos emperadores distan mucho del fin de Roma. A pesar del indudable daño que causaron, no desapareció el imperio con ellos. Más aún, unas pocas décadas después hubo una secuencia de grandes emperadores que llevaron a Roma a su máxima extensión y poderío. Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio gobiernan Roma del año 98 al 180, y son posiblemente los más reconocidos emperadores después de Julio y Augusto. Si le interesa, la trilogía de Trajano, de Posteguillo, es muy buena, y Memorias de Adriano, de Yourcenar, es todo un clásico. Marco Aurelio es todavía recordado como el más culto y filósofo de los emperadores, pilar del estoicismo.

Es decir que no es fácil acabar con un imperio. Si Calígula y Nerón no fueron capaces de destruir Roma, gobernando cuatro y 14 años, respectivamente, sin contrapeso alguno, Trump no tiene esperanza alguna. Puede nombrar cónsul a su caballo o ponerle fuego a Washington, el pantano que dice odiar, y difícilmente logrará algo. Porque así como hoy Estados Unidos no tiene competidor en el liderato mundial, así tampoco Roma tenía a nadie enfrente en ese tiempo. Cien años después las cosas ya no eran iguales, y Cómodo sí abrió paso a la decadencia del imperio, que aún tardaría doscientos años en derrumbarse.

Uso el ejemplo de Roma porque no hay muchos más en la historia. En tiempos recientes, Reino Unido más bien cedió su lugar a Estados Unidos, porque su imperio era insostenible, y se trataba más de una herencia que de una derrota. Francia, en el siglo XVII, no llegó a alcanzar el nivel de Reino Unido en el XIX, o Estados Unidos en el XX y, sin duda, su caída se debe a una guerra, la de los Siete Años (1756-1763), la primera guerra mundial de verdad, en la que tuvo que ceder cualquier intento hegemónico frente a los británicos. La España de los Austrias no ganó una sola guerra en Europa.

Más atrás en el tiempo, o en otras latitudes, me cuesta mucho encontrar referencias comparables. Tal vez el extraño intento de Akenatón en Egipto, en el siglo XIV antes de nuestra era, pero no hay mucho comparable. Tres siglos después, la invasión de los pueblos del mar, la recomposición de todo el Mediterráneo tampoco es un tema de decadencia. No encuentro en los diversos momentos de los imperios musulmanes, indios o chinos, algo que pudiera comparar. El imperio Han en China, contemporáneo de la República e Imperio Romano (más o menos del 200 a.n.e, al 200 de n.e.), en su segunda etapa, se derrumba más bien debido a una revuelta contra los eunucos de la Corte. Dudo que sea comparable con Washington hoy en día. La decadencia de China en la última dinastía coincidió con la llegada de los europeos y con revueltas internas (Taiping, Boxer), así que tampoco me parece que sirva de referencia.

Lo mejor que podemos encontrar, entonces, parece ser ese momento en que Roma estuvo a punto de destrozarse internamente porque no había enemigo externo, y no había contrapesos internos. Nadie podía enfrentar al emperador, que era poco menos que divino (algunos eran de hecho dioses). Ésa parece ser la diferencia actual: Donald Trump puede ser similar a Calígula o Nerón, pero su voluntad no es omnipotente. Fuera de eso, grandes paralelos entre el Estados Unidos actual y la Roma del primer siglo: potencia económica y militar, ausencia de enemigos.

Todo esto para decirle que no, no estamos al borde de la decadencia estadounidense, como pudo haberse entendido ayer. A pesar de Trump.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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