Opinión

Abiertos y expuestos frente al mundo

 
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México

Estoy en Israel. Y, a la distancia, el país, mi país, me aparece, penosamente y pudiendo ser otra cosa: pequeño, lastimado y triste.
Me entero, aquí, que, a la más vieja usanza, el PRI no sólo hace de las suyas en Coahuila, sino que lo hace de la peor manera posible. De la manera más burda y más arcaica. Entre otros y al parecer: manoseo de paquetes electorales, presión sobre autoridades electorales, chanchullos en la contabilización de los votos.

¿Por qué? Porque puede. ¿Para qué’? No para “construirnos” un país a todos, sino para, diciéndose no sé cuáles mentiras, conservar el poder a toda costa y usarlo para seguir protegiendo sus intereses y, sobre todo de un tiempo a esta fecha, para evitar –cueste, literalmente, lo que cueste– correr el riesgo a ser sancionados (con la cárcel, por ejemplo) por la comisión de delitos y faltas a granel.

Mientras el PRI y buena parte de nuestra clase política hacen de las suyas, el mundo no se detiene. Los distintos países (dignos de tal nombre) siguen adelante viendo la manera de lidiar con los retos que enfrentan colectivamente. A nadie, fuera de nosotros y algunos pocos extranjeros, les produce algún interés, emoción o sobresalto lo que ocurra en la tierra de los volcanes.

A pesar del tamaño de su economía, de su geografía y de la fuerza de su cultura, México es, para el grueso del mundo y en el mejor de los casos: “beautiful beaches”. En el menos bonito, aunque por desgracia cada vez más extendido y frecuente: una mezcolanza –acongojante o nauseabunda, según el interlocutor– de violencia y corrupción. Con eso me encuentro, fuera de México sobre México, una vez más.

A través de sucesivos gobiernos, hemos gastado un montonal de dinero contratando servicios de publicidad y branding para “mejorar” nuestra imagen en el exterior. Desconozco cuánto en concreto ha gastado el país en ello, en qué mercados se han enfocado las acciones y qué tanto los servicios contratados eran los idóneos en términos de calidad y precio. Sería muy útil contar con datos precisos y confiables para evaluar los resultados de esa “inversión” y sus posibles determinantes (¿malas decisiones o tarea imposible?).

Más allá de ello, lo que observo fuera de México –en plan anecdótico, sí, pero recurrente– es que el rendimiento de toda esa “inversión” ha sido muy limitado o, de plano, nulo. Para el grueso de la gente con la que hablo en Israel, México es, en el mejor de los casos, playas bonitas y el Chicharito. Desafortunadamente, para la mayoría, nuestro país, aparece como un lugar, además de lejanísimo, como una película cargada de narco, corrupción y violencia.

¿Importa cómo nos ven en Israel o en otros países del mundo? ¿Importa, esto es, más allá de lo bien o, sobre todo mal en estos tiempos que corren, que nos haga sentir in situ a unos cuantos mexicanos?

No es determinante, no. Pero, interesa, pues afecta, a ras de tierra, entre otros: el número de potenciales inversionistas fuereños dispuestos a invertir su dinero en México: el volumen de turistas dispuestos a gastarse sus dólares en nuestras tierras (y playas); la disposición en otros mercados a consumir productos mexicanos; la cantidad y calidad de estudiantes extranjeros quisieran estudiar en México y de universidades extranjeras interesadas en contar con alumnos o con profesores mexicanos; las ganas de los de afuera para hacer tratos, establecer acuerdos y llevar a cabo transacciones en casi cualquier ámbito con contrapartes mexicanas.

No es menor todo ello, considerando la apuesta –fructífera en algunos sentidos para muchos mexicanos y enormemente beneficiosa para un puñado de estos (los más adinerados, los más vivales)– que hicimos como país hace ya más de 30 años de hacer de nuestra participación en la economía global la clave del crecimiento y el desarrollo del país todo.

Abrirnos al mundo ha tenido algunos efectos positivos importantes para el país en su conjunto. Abrirnos económicamente, sin embargo, nos ha dejado también más expuestos al escrutinio externo basado no en nuestros “usos y costumbres” de siempre, sino en lo que otros opinan de nosotros basado en estándares globales. En esto segundo nos ha ido aún peor que en lo de promover crecimiento dinámico e incluyente abriéndonos económicamente de par en par al mundo.

Ello en virtud de que, el haberle entrado a lo de ser juzgados y evaluados por estándares globales –honestidad mínima, transparencia en serio, democracia efectiva, acceso efectivo a derechos, entre muchos otros– en un contexto en el que éstos se violan cotidianamente (en mucho, porque no existen las condiciones institucionales y materiales para hacerlas valer de forma general y uniforme), ha contribuido a erosionar la legitimidad de todo estándar y toda norma.

Ahí estamos: abiertos y expuestos al mundo, incapaces de jugar bien el juego de estar sujetos a criterios que nos trascienden y, en el camino, minando día con día la posibilidad de apego a cualquier norma o estándar compartido capaz de organizarnos y darnos viabilidad a largo plazo.

Twitter: @BlancaHerediaR

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