Opinión

Abandonar la terapia


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Terapia

El momento ideal para dejar una terapia es difícil de calcular para el paciente y también para el terapeuta. He escuchado decenas de relatos de amigos y familiares que tienen la sensación de haberse quedado en terapia más tiempo del necesario, porque dejó de serles útil, porque regresaban obsesivamente al motivo de consulta original, como si no hubieran avanzado ni un centímetro desde el primer día que buscaron ayuda. Porque se aburrían de su incapacidad para resolver sus problemas solos, porque las preguntas, las interpretaciones o cualquier tipo de intervención del terapeuta perdía fuerza y brillo con el paso de los meses.

Hablar del final de la terapia es algo que sólo se hace en contextos profesionales de terapeutas. Se analizan los tiempos promedio que requiere una terapia, dependiendo del problema específico del que se trate. Por ejemplo, los trastornos de la personalidad son difíciles de manejar y los cambios son lentos; los adolescentes en general, mejoran de una depresión leve o moderada en unas cuantas semanas; cuadros de celos regresan una y otra vez en algunos pacientes y en otros remiten.

La teoría psicoanalítica interpreta el abandono de la terapia como una resistencia del paciente a seguir analizando su vida psíquica. Un intento por olvidar lo que duele, una huida cuando no hay disposición para profundizar más allá de un síntoma concreto. Mucha gente sólo quiere dejar de sufrir en el menor tiempo posible.

Durante 15 años he presenciado la partida de muchos pacientes. A veces soy yo quien ha dicho que es momento de cerrar un proceso, porque la terapia no avanza más o después de que un paciente rompe las reglas y los límites básicos de la relación terapéutica. Pero lo más frecuente es que algunos dejen de venir, manifestando su decepción porque creyeron que en terapia recibirían un plan de vida detallado, consejos y orientaciones pedagógicas sobre cómo resolver su problema y un recetario para vivir mejor. Estos pacientes se decepcionan solos, porque yo no prometo transformaciones mágicas en unas cuantas semanas, ni nunca. Siempre les explico que una terapia debe durar por lo menos 6 meses, con una frecuencia de una vez a la semana y que los cambios son una corresponsabilidad, imposibles si el paciente viene con la mitad del corazón. O si viene a que yo le “saque” con preguntas las cosas que no sabe o no puede contar por sí mismo. Esto lo esperan a pesar de saber que las sesiones deben iniciarlas ellos, haciéndose cargo de lo que quieren hablar.

Hay pacientes que siempre llegan sintiéndose incómodos, diciendo que no tienen nada que contar, sumergidos en la contradicción de querer ayuda sin estar dispuestos a recibirla.

La terapia no es para todas las personas. La confrontación y la exploración libre del mundo interior, tampoco. Es imposible que un paciente mejore si no tiene la voluntad de hacerlo, si no confía en la cura mediante la palabra (que es la esencia de la psicoterapia) y si no puede entender que el cambio es un proceso azaroso y volátil, que ocurre en oleadas que avanzan y retroceden, que se vuelve posible una vez que se ha establecido una relación de colaboración y confianza con su terapeuta, y después de que ha pasado un tiempo razonable.

En mi consultorio casi siempre son los pacientes quienes se dan de alta. No soy buena para retenerlos contra su voluntad ni para hacerlos sufrir semanas y semanas para que reconsideren la decisión de dejar un proceso inconcluso. Entiendo que quizás se van porque no hice bien mi trabajo; tal vez dije las palabras incorrectas o no supe hacerlos sentir escuchados, o mi personalidad no produjo un vínculo positivo.

También sé que mucha gente viene a terapia con una expectativa fantasiosa, generada por la industria de la autoayuda y por terapeutas o talleristas charlatanes que ofrecen manuales de felicidad y cambio inmediato. Algunos quieren que el terapeuta les quite la carga de tomar sus propias decisiones y no soportan darse cuenta de que la compulsión a repetir lo que duele es difícil de desactivar. Entonces ejercen su derecho a desertar de la terapia.

Nadie disfruta enfrentar el dolor y hay conversaciones que pueden volverse incómodas antes de convertirse en terapéuticas. Probablemente sólo debería venir a terapia quien esté dispuesto a confiar, a hablar con libertad, a explorar con paciencia territorios desconocidos y a combatir el deseo infantil de que alguien más resuelva lo que no ha podido resolver por sí mismo. Quizá la terapia solamente funciona para personas con un grado suficiente de valentía. Y con autonomía emocional suficiente para tener claro que el terapeuta sólo es un facilitador de reflexión y conversación; un acompañante profesional y compasivo en la ardua guerra que es conocerse, aceptarse e intentar hacer cambios realistas y sostenibles en el tiempo, que vuelvan de la existencia un lugar menos angustiante y más disfrutable.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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