Opinión

A un cuarto de siglo de la caída del muro

Quizá este texto debió haberse escrito hace una semana, para que hubiera estado más cercana su publicación al día 9 de noviembre. En esta fecha, como se sabe, se cumplieron 25 años del que se conoce como el día en que “cayó el muro de Berlín”. En sentido estricto esta barda de ignominia no se derrumbó físicamente ese día o los que le siguieron.

Pero fue algo peor, naturalmente peor para quienes lo construyeron, que no para los que por casi tres décadas lo padecieron, lo sufrieron, para quienes fue un oprobioso instrumento de maldad y tortura, de sometimiento y esclavitud. Ahora, a la distancia de un cuarto de siglo y océano Atlántico de por medio, ese muro, su caída, su atroz significado y todo cuanto representó para millones de personas, a nosotros nada, o casi nada, nos dice. Pero nos ayuda a reflexionar.

Por una de esas extrañas coincidencias que a veces la vida ofrece, me tocó estar en Berlín precisamente el día jueves 9 de noviembre de 1989 y hasta el domingo 12. Fue una experiencia inolvidable, de esas que permanecen en el recuerdo para siempre y se tienen presente como si ayer hubieran sucedido.

Dos o tres meses antes, la Fundación Konrad Adenauer invitó a seis mexicanos a visitar distintas ciudades de la entonces República Federal Alemana, para conocer el funcionamiento en la realidad de la economía social de mercado. Para ello la mencionada Fundación organizó entrevistas con funcionarios públicos de ese país, académicos, periodistas especializados en la materia, parlamentarios y dirigentes empresariales y sindicales. Entrevistas todas sumamente interesantes, que se complementaron adecuadamente con otras actividades, como visitas a museos, sitios de interés y funciones de ópera, entre otros.

Con el rigor que los caracteriza, los alemanes de la Fundación Adenauer elaboraron la agenda de la visita, cuya duración fue de quince días, si mal no recuerdo, con señalamiento preciso de cada actividad a desarrollar en cada una de las jornadas, horarios, personas a entrevistar, ubicación exacta de los lugares a visitar y datos completos de toda la logística. La invitación se hizo a tres políticos, uno por cada uno de los tres principales partidos y a tres personas de la academia y la administración pública de alto nivel. A mí me tocó por Acción Nacional, en ese entonces diputado federal.

Cuando varias semanas antes conocimos el programa de la visita, jamás nos imaginamos que el día de la llegada a Berlín procedentes de Bonn, el 9 de noviembre de 1989, iba a ser exactamente el día en que después de más de 28 años los berlineses del Este podrían pasar casi sin mayores restricciones a Berlín Oeste. Aunque fue algo indescriptible, traté sin embargo de describir la experiencia lo mejor que pude en varios textos que entonces publiqué, con todo de lo que tomé nota, que no fue poco, pues ese día, a diferencia de los otros tres paisanos que temprano se fueron a dormir, pues prácticamente me amaneció en las calles de aquella ciudad enloquecida de júbilo y participando de éste.

Pero algo entonces se quedó en el tintero. Cuando nuestro guía de la Fundación, de nombre Hans Wise, cuando Hans nos acercó lo más que pudo al Muro a la altura del Bundestag, vimos numerosas cruces con los nombres y la edad de quienes por ahí murieron y la fecha en que fallecieron en su intento por huir del “paraíso”. Me llamó poderosamente la atención ver que muchas cruces correspondían a jóvenes que apenas en mayo anterior ¡hacía menos de medio año! habían encontrado ahí la muerte en su afán por encontrar la libertad.

Me parecía increíble aquello, que en pleno siglo XX y en una nación considerada altamente civilizada, se dieron esos hechos de impresionante salvajismo y barbarie. Pensé entonces que en México el autoritarismo, después del 68 y del 71 que parecían ser la excepción, tenía otros métodos menos primitivos y menos crueles, entre otros la cooptación por ejemplo, para obtener los mismos resultados. Pero después de Tlatlaya y Ayotzinapa, en los que la delincuencia organizada se conecta con lo peor del sistema político, queda la convicción de que en materia de convivencia social hemos retrocedido siglos.