Opinión

A un año de la muerte de Mandela, las lecciones

La semana pasada se rindió homenaje a Mandela, a un año de su muerte, recordándose en Sudáfrica su contribución a los derechos humanos, a la transición de su país del apartheid a la democracia, y al establecimiento de un gobierno de justicia y de derecho, tras una larga vida llena de retos, crisis y oportunidades.

Para entender a Nelson Mandela, destaqué en una pared de la magnífica exposición sobre su legado en el Museo de la Tolerancia de la ciudad de México, tres rasgos que le otorgan una dimensión particular, difícil de encontrar aún entre otros grandes luchadores sociales y estadistas del siglo XX:

1º Nelson Mandela ejerció a lo largo de su vida un permanente liderazgo moral, predicando con el ejemplo. De esta manera inspiró a su pueblo y fue sumando a un número creciente de adeptos -incluso a los que primero lo criticaron y combatieron- gracias a un testimonio permanente de justicia, perseverancia y sacrificio personal por un ideal compartido por sectores crecientes de la sociedad. Dejó siempre claro que la Sudáfrica democrática –una persona, un voto- y el fin de la discriminación racial estaban por arriba de cualquier beneficio o interés personal. Fueron muchas las tentaciones de beneficio personal que enfrentó durante sus 27 años de prisión; nunca sucumbió.

2º Mandela aprendió y practicó siempre el arte de negociar y conciliar intereses, escuchando a todas las partes para convencerlos de que era en el interés común donde se llegaba a acuerdos y pactos. Lo hizo entre sus compañeros de etnia y de partido y con otros grupos no blancos que tenían intereses o visiones divergentes; pero lo logró también a base de principios, firmeza y cordialidad con sus rivales y enemigos dentro y fuera de Sudáfrica. No fue un santo: para lograr lo que logró, según sus biógrafos, tuvo que tener algo de ángel y algo de Maquiavelo. Pero siempre escuchó y reconoció la realidad para lograr sus fines últimos: una nueva constitución, elecciones democráticas y una nación incluyente.

3º Madiba fue capaz de emprender la construcción de una nueva sociedad comprometida con el cambio y de realizar sus sueños y los de la población mayoritaria de su país. Lo hizo, como luchador social, utilizando con creatividad y arrojo los estrechos espacios que le ofrecía un orden legal discriminatorio e injusto; lo logró como presidente, con símbolos (himno nacional en cuatro idiomas, nueva bandera, deportes compartidos), pero también creando leyes, instituciones y programas de crecimiento con inclusión social e instrumentos de política pública (empoderamiento negro por la vía educativa y financiera). En este proceso mostró un gran pragmatismo y flexibilidad con amigos y rivales. Llegó incluso a dominar el arte de perdonar y promover la reconciliación entre víctimas y victimarios, incluyendo la creación de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

Todas las naciones pasan por momentos de la verdad que exigen respuestas contundentes a crisis de Estado.

México se encuentra hoy en una encrucijada de poder político y económico y de confianza que demanda acuerdos compartidos de toda la sociedad, pero también de acciones ejemplares frente a la crisis múltiple que vivimos. Se piden respuestas que convenzan e inspiren a toda la sociedad frente a:

1º La crisis económica nacional, tras 30 años de estancamiento del PIB y la inversión, el deterioro del empleo formal y del salario real, la inconformidad con reforma recientes y ahora la dramática caída de los ingresos petroleros -una tercera parte del presupuesto nacional.

2º La crisis de violencia, inseguridad, corrupción, impunidad y malestar social, acumulada por décadas y exacerbada por Ayotzinapa, Tlatlaya, la "casa blanca", la cancelación del tren rápido a Querétaro y tantas corruptelas y actos de violencia, que brotan cada día y siguen impunes, desatando los demonios internos y las condenas en México y el mundo.

Las respuestas hasta hoy del Ejecutivo federal -incluyendo el decálogo del presidente-, los gobernadores y los presidentes municipales, así como los poderes Legislativo y Judicial, y los partidos políticos, no han conseguido aplacar la rabia, ni convencido a la población del país; sobre todo a los jóvenes, que desean superar un pasado y un presente reprobables y emprender un futuro estimulante.

La ciudadanía pide respuestas creíbles, contundentes y esperanzadoras de su gobierno y no las obtiene. En reuniones entre académicos, empresarios y miembros de la sociedad civil de todas edades, queda claro que la solución no se espera de los partidos políticos. Éstos tienen poca credibilidad y son parte del problema. La ciudadanía organizada tiene que formular propuestas y gobierno y partidos debe escucharlas y romper la parálisis con acciones democráticas efectivas, no con discursos o represión.

México clama reforma de Estado, reconstrucción institucional, visiones de largo plazo y buen gobierno; pero, sobre todo, la aplicación del régimen vigente de derecho -con todas sus limitaciones-: el fin de la impunidad y el castigo ejemplar de los infractores más obvios, caiga quien caiga. Ello exige valor, voluntad política, autocritica, liderazgo moral y disposición a escuchar y lograr acuerdos con la sociedad agraviada. Ello exige cambios en los gobernantes y resultados.

México no es la Sudáfrica de hace 25 años, ni tenemos un Mandela en el horizonte nacional; pero algo se podría aprender de su ejemplo, antes de que anochezca.

* El autor es presidente del Centro Tepoztlán Víctor Urquidi AC y exembajador de México en Sudáfrica.