Opinión

¿A qué obedece tan alto número de partidos?

De manera contundente, el reconocido teórico de la política Giovanni Sartori ha afirmado que la democracia forzosamente necesita de partidos políticos. Es decir, sin partidos la democracia es imposible. Obviamente se refiere Sartori a la democracia política, la madre de todas las demás, si es que efectivamente hay otras. Pues como se sabe, de un tiempo a la fecha se han acuñado numerosas otras acepciones, matices o apodos del concepto original, como democracia social, económica, educativa, deportiva, etc.

Como es de suponer, si esos partidos políticos no son auténticos, es decir, que cumplan una serie de razonables exigencias, vaya, hasta de mero sentido común, entonces la democracia está en peligro. En otras palabras, un atrofiado, débil, ineficaz o desprestigiado sistema de partidos políticos no puede generar una democracia bien consolidada y robusta. De ser el caso, eventualmente de nada o muy poco sirve transitar de un régimen autoritario a otro de corte democrático, si los partidos que la alientan no lo son en la realidad.

En nuestro país los partidos están en desprestigio rampante. Los ciudadanos los ven mal. Un primer problema es su número. Es un dato que no ayuda. En el ámbito federal ya tenemos diez. Parece un número excesivo. Hay que agregar los de carácter local. En Coahuila en el último proceso sumaron siete. Ahora quedan seis. Para hacer un gran total de dieciséis. ¿Hay un número ideal? Al parecer no, si bien de acuerdo con la teoría de Maurice Duverger el número de partidos depende del régimen electoral. En el caso de un sistema de mayorías la tendencia es hacia el bipartidismo, y en otro de representación proporcional su tendencia es hacia el multipartidismo.

¿Pero qué pasa cuando el sistema es mixto, como el de México? Desde el ángulo de la Cámara de Diputados, el sistema es en sus tres quintas partes es mayoritario, pues de un total de 500 miembros que la integran son 300 los que se eligen por mayoría relativa en otros tantos distritos electorales uninominales; y en sus dos quintas partes restantes es de representación proporcional, toda vez que hay 200 diputados que se eligen por esta vía del ya mencionado total de 500.

En el caso del Senado, su conformación tiene tres vertientes, pues 64 de los 128 miembros que lo forman son electos por el sistema de mayoría relativa, 32 por el método llamado de primera minoría y otros 32 por el principio de representación proporcional, hay quienes sostienen que en sentido estricto la mitad de sus componentes, son conforme al sistema mayoritario y el otro cincuenta por ciento de acuerdo al proporcional, toda vez que el senador de primera minoría que por cada estado federativo se designa, más se parece en su procedimiento electivo al de representación proporcional que al principio mayoritario.

En fin, en el sistema mixto que tenemos con las proporciones señalados para cada una de las dos cámaras federales, ¿cuál debería ser el resultado en cuanto al número de partidos que tal mixtura arroje? Sin considerar la actual fórmula de conformación por lo que hace al Senado, que Sartori no consideró al elaborar su teoría, éste apunta que el sistema mexicano de partidos, por lo que hace a su número, podría andar entre cuatro y seis. En consecuencia, los diez de hoy existen, conforme a la teoría sartoriana, son demasiados.

En este punto el sistema mexicano de partidos está distorsionado como consecuencia, probablemente, del generoso financiamiento público establecido por la ley en favor de éstos. Que es a su vez una de las cuestiones que más irritan a los ciudadanos. Molestan a los votantes las cantidades tan elevadas de recursos públicos que se destinan a los partidos.

Es cierto que la elevación del umbral de dos a tres por ciento de la votación total que como requisito para conservar el registro como partido se ha establecido en la reciente reforma política, tendrá sin duda un efecto de poda en el número de partidos a partir de la siguiente elección federal, pero sería conveniente ir pensando ya en medidas adicionales para detener el crecimiento, sin duda artificial, que de un tiempo a la fecha registra en nuestro país el número de partidos políticos.