Opinión

A más, más

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil pensó en una tormenta perfecta. Los normalistas de Ayotzinapa y los maestros de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación habían incendiado el Palacio de Gobierno de Chilpancingo.

Gil lo leyó en su periódico Reforma. Mientras las llamas consumían la sede del Ejecutivo de Guerrero en Cocula, ciudad contigua a Iguala, eran detenidos (ah, la voz pasiva) el alcalde priista César Miguel Peñalosa y un grupo de policías municipales sospechosos de participar en el secuestro y desaparición de los normalistas. Si Gamés entiende algo, cosa improbable, de ese pantano saldrán más y más sorpresas oscuras, espectros de la corrupción, espantajos del crimen organizado (lo que se llama prosa de denuncia).

Aquello fue un asalto en toda la forma: brigadas armadas de tubos y estructuras metálicas, bombas caseras, enfrentamientos con policías antimotines (es un decir). Un empleado del Palacio de Gobierno dijo: “esto estuvo de la chingada, pero afortunadamente, a todos los trabajadores se les permitió salir, y a los que no, tuvieron que enfrentase a golpes con los normalistas”.

Gil ya entendió, está claro: los que pudieron salir, salieron, y los que no, no; por lo mismo, para salir tuvieron que enfrentarse a madrazos con los normalistas. Mientras más leía en sus periódicos la crónica de los hechos de Chilpancingo, Gamés afianzaba la certeza de que esa tarde no hubo muertos sólo por obra de la fortuna.

Michoacán

Mientras las llamas reducían a cenizas el despacho del gobernador (es un decir) Aguirre, los normalistas de Michoacán secuestraron 35 camiones para dirigirse a Guerrero y fortalecer la protesta por los desaparecidos. No la menos escandalosa de las noticias fue que los secuestradores de camiones serían escoltados por la Policía Federal en su camino a Chilpancingo: “Iremos con ellos, los escoltaremos y estaremos en coordinación con la Policía Federal para que los escolten estado por estado”, declaró Carlos Hugo Castellanos, secretario de Seguridad Pública de Michoacán.

El alma se le fue a los pies a Gamés. El secretario de Seguridad escoltará a los normalistas que se robaron 35 camiones. Por eso estamos como estamos. Nadie pide, por cierto, furibundas represiones, pero caracho, que la policía avale el secuestro y el robo, ¿no es un poco demasiado?

Alfredo del Castillo, comisionado federal para la seguridad en Michoacán, dijo que ni pex, que así es la onda allá en tierra purépecha y que ni le muevan. No lo dijo así, pero como si lo hubiera dicho: “entendemos o comprendemos que mucho de esto tiene su origen en un estado vecino, entonces tenemos que ser muy cuidadosos en ese sentido”. Ah, la claridad; ah, la cautela; ah, las avestruces.

El secuestro de los autobuses provocó que se suspendiera el tránsito de los camiones de Morelia hacia distintos puntos del estado. También se canceló el servicio a Ixtapa Zihuatanejo y Lázaro Cárdenas. El líder de la Cámara Nacional de Autotransportes reportó 35 camiones secuestrados: “los tienen en las escuelas”. Con la pena, ustedes esperan con infinita paciencia a que los normalistas les devuelva sus camiones cuando les dé su regalada gana. ¿Cómo la ven? Sin albur.

El revés de la trama

Gil ya no siente lo tupido sino lo duro (no empiecen), o como se diga: los desaparecidos de Ayotzinapa; el narcogobierno de Iguala y, al parecer, Chilpancingo; la renuncia inminente del gobernador Aguirre (¿o pensarán sostener al hombre de paja?); los normalistas en pie de guerra incendiando, bloqueando, robando; la Asamblea del Politécnico en paro indefinido (¿no les digo?); la UNAM en apoyo del movimiento del Poli; Liópez pidiendo la renuncia del presidente Peña Nieto; Michoacán en calma chicha (así se dice); la CNTE en pie de guerra. ¡Canastos!

La máxima de Descartes espetó dentro del ático de las frases célebres: “Divide las dificultades que examinas en tantas partes como sea posible para su mejor solución”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX