Opinión

¿A dónde va este
México nuestro?

 
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Macron

Con inusitada frecuencia he leído y escuchado en estos días que se busca al 'Macron mexicano'. En otras palabras, se ha hecho del presidente de Francia un valor emblemático del que nosotros mexicanos carecemos y parece que ambicionamos.

Pues bien, el pasado lunes 22 de mayo Beatriz Delvaux publica un artículo en El País que distribuye EL FINANCIERO intitulado 'La forja de Macron', muy semejante al documental que en Netflix se puede encontrar como 'Emmanuel Macron, ascenso al poder'.

En ambos trabajos se da algo sorprendente. Para empezar la principal bandera de Macron es En Marche. El equivalente mexicano sería Mover a México y, lo inusitado del candidato, hoy presidente de Francia, es que le da un peso decisivo a sus reformas: la educativa, la social, modernizar la economía, hacer un new deal europeo, atraer inversiones en Francia. ¡Cuánta semejanza! Alguien pudiera decir que Enrique Peña fue plagiado. Obviamente no es el caso pero, yo me pregunto, si las ideas y proyectos son buenos, ¿qué fue lo que pasó?

Las diferencias entre ambos son profundas. De entrada, la formación; el galo es un devorador de textos políticos, históricos, filosóficos, novelas y poesía. Luego vienen los apoyos; los asesores de Macron son probados pensadores de viejo cuño como Jaques Attali y también los hay jóvenes como Marcel.

No olvidemos el entorno geopolítico. Francia tiene un brillante historial político inmenso rodeado de observadores de, al menos, 23 exigentes naciones concurrentes que obligan a formar un gabinete eficiente y honesto; cuando fallan por lo que a nosotros nos parecerían pequeños detalles, inmediatamente se les exige la renuncia, por más cerca que estuvieron años atrás o en campaña con el hoy presidente ( en sólo un mes, dos miembros del gabinete se fueron a casa).

¿Qué nos pasó cuando pudimos haber transitado hacía mejores destinos?

Nos ocurrió que cuando el funcionario, el soldado, el magistrado, el cura, el sabio, son dominados por el espíritu de ganancia, la sociedad se deteriora y puede llegar al colapso. Adam Smith, al igual que David Hume y en cierta forma hasta Montesquieu, como la mayoría de los enciclopedistas y fisiócratas decían “…en el espíritu del abuso, las sociedades se encogen, se desprecia a la instrucción, sobrevienen las aberraciones convertidas en errores constantes, fallas de conciencia y zigzagueo en el camino”.

Es cierto, el ansia de acumulación es un mal amo. Debemos decir sí a la economía de mercado pero no a la sociedad en el mercado. Cuando esto último ocurre, se degrada la información, se obstruye la justicia, se deforma la educación, la ciencia y al arte. Se nos olvidó reforzar y modernizar el Estado y defender el servicio público.

Hemos pasado de la historia grande a las historias noveladas. Luego pues, vivimos diariamente en las anécdotas de barbarie, escarnio y difamación, hasta llegar al mundo de las fábulas. Brincamos del sustantivo al adjetivo. Aquí estamos inmersos, semiahogados. Es cierto, vivimos cambios, pero los cambios no son necesariamente progreso.

Para fortuna nuestra vivimos en un país con inmensos recursos de espontaneidad, sensibilidad, creatividad. Esta magnífica sabiduría es lo que nos sostiene, lo que nos da el grado de civilización… todavía.

Entre nuestros dirigentes tenemos una gran variedad de improvisados, algunos hasta con un pequeño oficio: no porque se sepa hacer zapatos se es apto para gobernar. Descartes, administrador de la revolución Copérnico-galileana redacta El discurso del método en donde pretende convencer de que si hay pensamiento, éste es capaz de abstraer, someter el mundo al análisis y volverlo inteligible.

Soñaba que el mundo podía ser sometido por la capacidad de actuar, que serviría de hilo conductor a los pensadores de la ilustración para así permitir el desarrollo científico y tecnológico y esto definir el origen de las civilizaciones modernas. Esta grieta es la que nos separa de la actual dirigencia francesa. No hay Macron sin ello, aunque haya semejanzas en las propuestas.

No hemos sabido construir una sociedad de ciudadanos, nos regateamos todo, hasta lo indispensable. El ejercicio de la ciudadanía supone garantías contra la deshonestidad, contra la miseria y la ignorancia.

No sabemos que antes que el orden público, está el orden civil. Junto con el principio del debate permanente y la laicidad, está la República, concepto y realidad que desconocemos, por eso ignoramos hacia dónde vamos.

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