Opinión

A diez años de la marcha blanca

El próximo 27 de junio se cumplirán diez años de una de las reacciones sociales pacíficas más importantes de nuestro país, no sólo por la trascendencia del tema que en el fondo expresó, sino también por la forma en que se llevó a cabo y por los casi dos millones que participamos comprometidamente en aquella ocasión. Me refiero a la megamarcha que se suscitó en el año 2004, mejor conocida como “La marcha blanca”.

Aquella megamarcha puso al descubierto el hartazgo de una sociedad ante los incontrolables robos, extorciones, secuestros, ejecuciones y, desde luego, corrupción e impunidad; todo ello como parte de lo que conformaba una rutina de vida, como algo normal y de lo que aparentemente teníamos la obligación de aceptar sin el menor resquicio de queja. La opacidad del gobierno en aquel momento para garantizarnos algo tan fundamental para la estabilidad y desarrollo del país como lo es la seguridad, parecía ser una política pública ya legitimada por nosotros, hasta que aquél 27 de junio de 2004 dijimos ¡basta!

Es claro que en un país en donde no es posible garantizar la seguridad, no es posible nada. Qué empresas querrían invertir ante la amenaza de ser vulneradas en su capital a consecuencia de la inseguridad. Cuántas otras dejarían de existir al no tener posibilidad ante tan atroz mal. Por supuesto que ninguna lo haría en respuesta a lo primero y serían las suficientes como para estancar la economía y cancelar la creación de empleos en respuesta a lo segundo. Al ser la inseguridad uno de los principales agresores de la economía, y esta última uno de los principales motores para el desarrollo, es entonces una preocupación de primerísimo orden para ser atendida con prontitud y eficacia.

Diez años transcurridos son tiempo más que suficiente para reflexionar en qué se ha avanzado y qué nos falta por hacer a todos. La inseguridad es una realidad que hoy ni sociedad ni gobierno, inclusive ni la comunidad internacional, niegan. No puede existir dentro de nuestras consideraciones ninguna otra alternativa más que la de afrontarla. Como sociedad, afrontarla cívicamente con respeto a los ordenamientos legales y autoridades; desde el policía de crucero o de nuestra colonia, hasta el más alto de los funcionarios. Asumir una verdadera cultura cívica implica adoptar una actitud de corresponsabilidad entre la ciudadanía y de ésta con las autoridades para la solución de problemáticas; de autorregulación en nuestras conductas asumiendo siempre el respeto por las normas que nos rigen, así como de nuestras autoridades; de privilegiar siempre el diálogo y la conciliación para la sana solución de conflictos, y no imponernos por la fuerza ya sea económica, política o física; de respeto por todo aquello que sea diferente a nuestras costumbres, condición social y económica, e inclusive preferencias sexuales, políticas o religiosas; sentirnos con pertenencia hacia nuestras colonias, ciudades y país en general y, por supuesto, siempre tener el sentido de colaboración para con los demás.

Es muy importante hacer de la denuncia un medio constante e irrestricto ante cualquier violación de las normas, desde la comisión de una falta administrativa por mínima que sea, hasta del más grave de los delitos. La denuncia es una eficaz herramienta que tenemos como ciudadanos ante la transgresión del orden público, es nuestro derecho y también obligación.

Por su parte, las autoridades tendrán, desde luego y fundamentalmente, que abatir la corrupción y la impunidad. No hay más opción que eso. Es cierto que hoy vemos muestras de voluntad por querer cambiar las cosas y de dar resultados tangibles. Hoy, nuestras autoridades proponen en la coordinación de esfuerzos entre los distintos niveles de gobierno, así como de todas aquellas autoridades implicadas en el tema, una respuesta inmediata para atender la preocupante situación en que nos encontramos, algo que no se había logrado en sexenios anteriores. A nivel de inteligencia como operativamente se han obtenido grandes avances, como lo sucedido en Michoacán o en Tamaulipas. Es cierto, falta mucho por hacer, pero hemos empezado con buenos resultados. Hoy hay más inteligencia y menos balas.

Finalmente, es necesario que absolutamente todos, sociedad y gobierno, pongamos de nuestra parte para mejorar las condiciones de vida en nuestro México. Haciendo lo anterior, estaríamos en el proceso de una revolución cultural, lo que nos permitiría cambiar de paradigmas de vida; pasar de una sociedad corrupta, impune y violenta, a una donde tengamos las mejores condiciones de vida. El ¡ya basta! debe ser permanente, empezando por nosotros mismos.

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