Opinión

68, lo que nos falta por saber

 
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68. (estructurabach.blogspot.com)

El movimiento estudiantil de 1968, piedra fundacional de nuestra contrahecha democracia, se petrificó en un mito: el de la juventud idealista enfrentada –desventajosa y trágicamente–, a la autoridad. El mito demanda celebraciones rituales: cada 2 de octubre se organiza una marcha que varía de intensidad según la temperatura política del momento, y deviene en cervezas en los bares cercanos al Zócalo. Antes de que el mito se termine “desmoronando como si fuera un montón de piedras”, convendría hacer un último esfuerzo por dilucidar qué fue lo que pasó aquella noche.

¿Dónde quedaron las cintas que Servando González filmó con seis cámaras desde el Edificio Chihuahua, arriba de la Iglesia y desde el piso 19 del edificio de Relaciones Exteriores? Un individuo de aspecto militar pagó y se las llevó. ¿Dónde están? ¿Con cuántos miembros contaba el Escuadrón Olimpia? ¿Cuáles son los nombres de los miembros del Escuadrón que participaron aquella tarde? ¿Entre sus órdenes estaba dispararle al Ejército para que éste respondiera, quedando en medio la multitud? ¿Qué se recibió del exterior? Es ingenuo pensar, en uno de los momentos más calientes de la Guerra Fría, que los norteamericanos y los soviéticos no participaron, aunque fuera de modo tangencial, en el movimiento. ¿Cuántos muertos hubo –la cifra va de los 34 a los 325– y dónde quedaron sus cuerpos? Se dice que hubo heridos y víctimas entre los soldados. ¿Quiénes fueron?

Otro tipo de material, de gran interés, reposa en los archivos. Enrique Krauze tuvo acceso a las memorias de Gustavo Díaz Ordaz, hasta la fecha inéditas. El presidente estaba convencido de que el movimiento trataba de impedir las Olimpiadas y de que para ello llegaban recursos desde el exterior: “ya tienen sus centavitos, y los están gastando.” Para él, el bazucazo en la puerta de la Preparatoria “fue un cuento, lo mismo que los muertos y los heridos.” Para Díaz Ordaz, el movimiento estaba dirigido por “grupos comunistas internacionales, no hay la menor duda”. 

Cuando se entera de que Heberto Castillo da el Grito el 15 de septiembre en Ciudad Universitaria, escribe en sus memorias: es preciso “darles una pequeña demostración” (La presidencia imperial, Tusquets, 1997). Esa “demostración” llegaría el 2 de octubre. ¿Podremos algún día leer las memorias completas de Díaz Ordaz?

La lectura que hace Enrique Krauze de esas memorias es muy parecida, en sus conclusiones, a la que hace Federico Reyes Heroles en el retrato que traza de su padre (Orfandad, Alfaguara, 2015): “Reyes Heroles descubrió que el presidente no estaba informado o estaba mal informado. Las deformaciones venían de Bucareli y no eran casuales”.

Tanto las memorias de Díaz Ordaz como los archivos de Reyes Heroles que se encuentran en el Archivo Condumex muestran a un Echeverría manipulador de Díaz Ordaz. Reyes Heroles, por instrucciones del presidente, hizo acercamientos con el núcleo del Comité Nacional de Huelga. Dice en sus notas sobre el 2 de octubre que los negociadores “no sabían lo que se preparaba a unas horas, esa tarde. Tampoco lo sabía la Defensa”. Cuesta trabajo creer que no lo supiera la Defensa.

Reyes Heroles registra que había en el gabinete “quienes no querían una solución negociada” ¿Alguna vez conoceremos las posiciones del gabinete de Díaz Ordaz en torno a la represión en Tlatelolco? ¿Cuándo veremos las notas de Reyes Heroles sobre el 68 debidamente publicadas?

En Princeton y otros archivos se encuentra diseminada la copiosa correspondencia entre Octavio Paz y Carlos Fuentes. Paz veía (10 de agosto del 68) un “enfrentamiento entre dos tendencias dentro del sistema: una de mano fuerte y conservadora y otra más liberal y de izquierda”. Pensaba que terminaría por imponerse la tendencia liberal.

El 2 de octubre, desde Londres, Fuentes escribió con esperanza: “¿Somos testigos del nacimiento de una política horizontal, democrática?” Ese mismo día ocurriría la matanza. Dos días después, Fuentes interpreta la esencia de la represión: “la necesidad de sangre es demasiado honda, la certidumbre de que sólo la sangre alimenta al sol, a los astros, es demasiado profunda… La gran metáfora ha vuelto a encarnar”. El 8 de octubre, desde Delhi, Paz coincidía con Fuentes: “¡los ritos sangrientos del Gran Sacerdote en la Plaza de Tlatelolco! (¿No es esto terriblemente simbólico, mítico?)”.

Mítico quizá, pero sobre todo es un hecho histórico. El Archivo General de la Nación seguramente alberga documentos por descubrir. Películas por desenterrar. ¿Veremos, a su muerte, el legado histórico de Luis Echeverría? Archivos, cartas, memorias: un reto para jóvenes historiadores en busca del origen de nuestra democracia.

Twitter:@Fernandogr

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